Capítulo cuatro.
Tal vez sea porque desde pequeños se vieron cuidándose el uno al otro junto con su padre que tienen una estrecha relación.
Su madre había muerto al momento de dar a luz a los tres dejándolos solos con el hombre que amó hasta su último día, Federico se vió en una encrucijada con tres niños bajo su cuidado y sin la mujer que amaba a su lado.
Pero el sufrimiento de los cuatros había sido recompensado con Vittoria De Santis. Una mujer optimista, hogareña y alegre que hizo de la vida de los cuatro más fácil.
Leonardo tuvo resiliencia ante la mujer al comienzo, habían sido solo ellos cuatro y de repente una fulana estaba queriendo tomar un espacio que no le concierne pero que al final se había ganado.
Para ellos tres con el tiempo Vittoria se había convertido en la madre que perdieron al nacer, Lia la encontró encantadora y Lorenzo no pudo ni siquiera sentir algún sentimiento negativo hacia ella.
Y Leonardo, oh, Leonardo le debía tanto a aquella mujer. Siendo el mayor había llevado el peso de cuidar de sus hermanos cuando su padre se encontraba trabajando.
Por eso no podía pagarle con la moneda de fijarse en su sobrina, pese a lo hermosa y encantadora que ella fuese, Gabriela para él era la misma frase que tenía aquella mujer en su puerta.
Intocable.
Y mientras más analizaba la realidad, más quería rehuir de ella.
«¿Por qué Gabriela? De todas las mujeres hermosas que existen, ¿por qué posar mis ojos en la única mujer que no puedo tener?» Se dijo a sí mismo.
¿Pero, qué podía hacer? Tal vez no era un sentimiento fuerte, pero sin duda la atracción estaba ahí. Floreciendo poco a poco, pero a la vez tan fuerte que lo dejan completamente noqueado.
¿Qué tan maldito podría estar para fijarse en la persona que no debía de ni siquiera mirar a su dirección de esa manera suya? ¿Qué podía hacer para apagar la llama de algo apenas incendiándose?
¿Acaso él quería apagarla?
—¿Qué piensas de Gabriela?
Lorenzo había entrado a su habitación sin que él se diera cuenta, encontrándolo perdido en sus pensamientos mientras estaba parado en el balcón que cada habitación posee. A diferencia de los otros y de toda la casa, aquel balcón no tenía ninguna planta decorando el lugar.
La habitación de Leonardo era lo mismo que él, ordenada y correcta. Sin ningún rincón con ropa esparcida por ahí o envolturas de comida por otro.
La ropa sucia en el canasto de ropa sucia y la basura donde debe de estar.
—¿Qué debo de pensar de ella?
Aparte de lo espectacular que le resultaba.
—No lo sé, ¿tal vez cómo te cae? En mi opinión, la encuentro bastante tímida. Como un niño en su primer día de clases, asustadizo y nervioso.
Incluso así, seguía siendo hermosa. Toda tímida y asustada, ¿cómo juzgarla? De repente se encuentra viviendo con cinco personas desconocidas luego de haber estado toda su vida con sus padres nada más. Y sí, contaba a Vittoria porque, pese a que es su tía, nunca había visto a Vittoria hablando con ella por teléfono o teniendo visitas cortas a su lugar de vivienda.
Puede que sean tía y sobrina, sin embargo, no habían sido lo suficientemente cercanas a su parecer.
—Ella es... —hizo una pausa, como si intentara buscar la palabra correcta—. Refrescante.
Un ceño fruncido apareció en su frente ante las palabras de su copia.
—¿Refrescante? ¿Hablamos de una persona o una bebida?
Leonardo soltó un suspiro cansado, pese a que estaba en casa teniendo un domingo libre, no lo encontraba justo tener que desperdiciarlo en hablar con su hermano. No lo malinterpreten, Leonardo amaba a sus hermanos, no obstante, siempre aprecia un momento de soledad consigo mismo.
—¿Qué quieres escuchar, Enzo? Ella es refrescante, preciosa y servicial. Es como una rara piedra que encuentras en medio del caos, piensas que no tiene ningún valor hasta que miras más allá y te encuentras buscando más que su valor. Tal vez mucho más.
No lo podía creer. ¿Esas palabras tan... descriptivas habían salido de la boca de su hermano? ¿Aquel que cuando le preguntaba cómo lucía se limitaba a decir "bien"? ¿Era ese su mismo hermano?
—¿Has contraído algún virus en tu trabajo? ¿Sientes fiebre?
Hizo un paso atrás en cuanto Lorenzo colocó su mano en su frente buscando señal de alta temperatura, bufó un poco irritado.
—¿Si vas a burlarte de mi opinión entonces para qué la pides?
—Oh, no me burlo de tu opinión. Me sorprendo. Tú nunca habías hablado así respecto a...nadie. Ni siquiera a mí que soy lo que más amas.
—Lo último puede ser debatible.
—No, no puede —lo miró mal, queriendo hacer ver un poco de autoridad ante él con eso—. En fin, volviendo al tema anterior, sí, ella puede ser refrescante. Es divertido intentar saber de dónde es el acento que tiene, ¿lo has notado?
Suspiró, encontró la pregunta un tanto estúpida porque, ¿qué no había notado él de ella?
—Su acento es precioso.
Lorenzo hizo una mueca pensativa con los labios, sin dejar de mirar a su hermano como si no lo conociera en absoluto. Leonardo resopló, preguntándose qué pasaba por la cabeza estúpida de su hermano menor.
—Ahí está esa palabra de nuevo. Precioso. Nunca te había escuchado decirla antes.
—¿Me estás analizando?
—Lo hago, hermano mayor.
—Fuera de mi habitación ahora.
Carcajeó dando pasos hacia la salida importándole poco sentir la fulminante mirada de su hermano en la nuca. Estando en el marco de la puerta no pudo evitar girar y sonreírle compasivamente a Leonardo.
—Sé lo protector que puedes llegar a ser con Lia, solo recuerda que ella no es tu hermana... Dale un poco de espacio.
Sí él supiera las mil dudas que sus palabras crearon, nunca habría soltado la oración en absoluto.
Tal vez no era su hermana, pero que lo crucifiquen si no pensaba cuidarla... Incluso si tenía que cuidarla de él mismo. De él y su corazón.