Heartless

Capítulo V: No estás sola

Capítulo cinco.

Días después de aquel momento entre ellos, Gabriela no sabía cómo abordar la situación con Leonardo Santoni.
Estaba actuando como una tonta, ¿el chico solo la abraza mientras llora desconsoladamente y ella solo decide ignorarlo? ¿Qué clase de mujer madura hace eso? Por supuesto, ella no lo era.

Tal vez ese era el principal problema en todos sus intentos de tener algún tipo de relación interpersonal con alguien. No sabía tenerlas porque no era lo suficientemente madura como para afrontar las cosas.

Digo, solo mírenla ahí, comiéndose la cabeza con un simple y tonto acto de compasión que ha tenido su...

¡Demonios, ni siquiera sabe lo que son!

—Tonta —sé dijo a sí misma.

Era lunes y solo había dos personas en casa, Vittoria y ella. Al parecer el día para las tres L comenzaba temprano junto a sus padres. Lo suponía de Leonardo, siendo enfermero el hombre no tenía vida propia.

¿Pero qué hay de los otros dos? ¿A qué se dedican? ¿Qué pasó con su madre? ¿Por qué tiene ella la inesperada curiosidad de saber sobre ellos?

—¿A quién insultas tan hábilmente?

—A mí.

No quiso decir eso en voz alta, pero era muy tarde. Los grandes y vibrantes ojos de la tía Vittoria incrustaron a su sobrina con interés, escucharla decirse tonta no era algo que esperaba tan pronto.

—¿Por qué?

—Por que soy una inmadura.

Entonces la curiosidad fue inmediata, se acercó a pasos lentos a su sobrina mientras ésta terminaba de secar sus manos. Vittoria se posó un paso delante de ella, mirándola con evidente interés.

A Gabriela De Santis le gustaba tener un poco de atención en ella de vez en cuando, pero solo cuando quería esa atención. Justo ahora no era la situación en la que quería estar. Tener a su tía interesada en lo que ella balbuceaba la trastornó un poco, supongo que hace tiempo no se sentía... querida.

—¿Qué pasa?

Negó.

—Es algo estúpido.

Vittoria suspiró encontrado su terquedad vagamente familiar a su difunto hermano, un ápice de tristeza en su mirada colocó a Gabriela un poco más intranquila. Tal vez la joven mujer ni siquiera se daba cuenta de lo que sucedía a su alrededor en esa casa, su singular forma de ser y su sorprendente físico estaba poniendo a más de una persona de cabeza. Su actitud apenas notable pero tan parecida a sus padres.

Y Vittoria De Santis no hacía más que extrañar los momentos con su hermano. O extrañarlo a él. Si tan solo no se hubiera alejado tanto.

Había estado tan enfadada con él, sintiéndose molesta porque su hermano mayor simplemente había decidido abandonarla. A ella y a Italia.

Y fue demasiado tarde cuando se dio cuenta de lo egoísta que había sido. Queriendo retenerlo en un lugar donde no era feliz. Un lugar que no le brindaba nada. Cuando realmente fue en Costa Rica que había encontrado su felicidad. Y ella muy envidiosa y muy enojada no hizo más que cegarse y dejar atrás todo. Dándole la espalda a su hermano y de paso olvidarse de él.

«¿Cómo se supone que me perdone?»

Lo que ella no sabía es que aquel hombre la había perdonado ya. En el primer segundo que su apreciada hija nació y mostró una parte de su hermana en ella. Aquel característico lunar en su rostro, tan similar y a la vez tan diferente. Él no podía odiar a alguien de su sangre, y mucho menos la misma que había prometido cuidar desde pequeño.

Era su hermana menor. Su princesa. No había forma alguna en el mundo en la que él guardara algún tipo de rencor contra ella. Mucho menos cuando su hija sería todo lo que tuviera en un futuro si algo llegase a pasarle. Su madre no fue alguien que permaneciera en un ambiente social mucho tiempo, por lo que no tuvo muchos amigos. Sus familiares vivos no eran cercanos y nunca supieron de la existencia de Gabriela. Y lo que serían sus abuelos habían muerto mucho antes de que ella naciera.

En pocas palabras, Gabriela De Santis solo tenía a Vittoria como la única pariente de sangre viva y conocida.

—Nada es lo suficientemente estúpido. A ver, dime.

Tomó una larga respiración cuestionando si valía la pena contarle aquello, no quería malentendidos y mucho menos situaciones incómodas en la familia.

—No es nada, solo un encuentro con Leonardo —balbuceó nerviosamente.

Vittoria asintió sintiéndose repentinamente nerviosa, lo que menos quería es que su sobrina se sintiera malquerida aquí. Sí, cometió un error al no decirle que los chicos viven con ella. Pero había estado tan emocionada por su llegada que la cuestión en sí solo se le escapó. No podían culparla por olvidar algunas cosas.

—Lamento mucho escuchar eso, lo menos que quiero es que te encuentres en una posición no muy grata —hizo una mueca, disgustada—. Lo siento mucho por no haberte dicho antes sobre los chicos, de verdad, Gabs. Es solo que estaba demasiado emocionada por tu llegada y simplemente se me olvidó, lo que menos quería era hacerte pasar un mal rato.

Le creía. Era imposible no hacerlo cuando en sus ojos se mostraba tanta claridad y honestidad, algo que para ella era tan fácil de leer porque ver sus ojos era como ver los ojos de su padre. Una ventana limpia hacia su interior.

Él le hacía tanta falta, pero muy en el fondo sabía que a él no le gustaría verla llorar por su pérdida. Al contrario, quería verla feliz, sonriendo y siendo su Gabrielita. Apodo que nunca le había gustado pero muy en fondo extrañaba oír.

—Oh, tía, tú has hecho que me sienta de todas formas menos mal recibida. Tu casa es tan cálida que no encuentro diferencia alguna entre la mía en Nueva York y está... Me siento realmente bien aquí, y te agradezco mucho que me permitas estar aquí. Sé que quizás esto sea un cambio en tu vida, tienes tu propia familia y yo solo soy la sobrina distanciada que tuviste que acoger y...

Había seguido su palabrería, no obstante, Vittoria De Santis colocó sus manos con la suficiente fuerza en sus hombros como para hacer que la joven mujer cerrara la boca. Se mostró completamente disgustada ante las palabras de su sobrina, sin poder creer lo que dice al respecto de su ser.




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