«Hay prisiones que no necesitan barrotes. Basta con convencer a alguien de que no merece conocer el mundo que existe al otro lado de la puerta.»
Tenía nueve años cuando descubrí que el palacio poseía habitaciones que no aparecían en sus planos.
Hasta entonces, mi vida había transcurrido entre los corredores del ala oriental, las lecciones que mi madre insistía en que recibiera y las interminables horas en las que fingía no escuchar los comentarios de los sirvientes.
Me habían prohibido asistir a las celebraciones reales.
Me habían prohibido acercarme al salón del trono.
Y, sobre todo, me habían prohibido preguntar por la Maldición Carmesí.
Mi padre creía que el silencio podía mantener enterrados los secretos de una familia.
No conocía a su hija.
Los secretos siempre despertaban mi curiosidad.
Y cuanto más me prohibían preguntar, más deseaba conocer las respuestas.
Todo comenzó una tarde de invierno.
La lluvia golpeaba los ventanales con tanta fuerza que parecía querer entrar al palacio. Mi madre había salido para reunirse con el médico real, y yo llevaba casi una hora intentando terminar una lección de historia que me parecía insoportablemente aburrida.
El libro descansaba abierto sobre mi escritorio.
La dinastía Vhaleris fue fundada hace cuatrocientos años por el rey Aldric, quien unificó los siete territorios bajo una sola corona.
Debajo de aquella frase, alguien había escrito a mano una oración que no pertenecía al texto original.
La primera corona fue robada. La primera promesa fue quebrada. La primera sangre nunca fue olvidada.
Pasé los dedos sobre las palabras.
La tinta era antigua, casi negra.
—¿Quién escribió esto? —murmuré.
No había firma.
Solo un pequeño símbolo dibujado en el margen: una rosa atravesada por tres líneas verticales.
Sentí un escalofrío.
No sabía por qué, pero había algo familiar en aquella figura.
Cerré el libro y decidí devolverlo a la biblioteca.
Fue la primera mala decisión de aquella tarde.
La segunda fue seguir el sonido de unas voces que provenían de un corredor que nunca había visitado.
La biblioteca real ocupaba dos pisos de la torre norte. Sus estanterías se elevaban hasta el techo, y el olor a papel antiguo se mezclaba con el de la madera húmeda.
Conocía casi todos sus rincones.
O eso creía.
Mientras buscaba el lugar donde había encontrado el libro, escuché un golpe detrás de una estantería.
Me quedé inmóvil.
Después llegó otro.
Tres golpes lentos.
Esperé.
Ningún sonido.
Me acerqué con cautela y aparté algunos libros. Detrás de ellos descubrí una pequeña argolla de hierro incrustada en la pared.
Tiré de ella.
Una sección de la estantería se desplazó con un gemido profundo.
Al otro lado había una escalera estrecha que descendía hacia la oscuridad.
Mi primera reacción fue retroceder.
Mi segunda fue preguntarme por qué alguien habría escondido una puerta dentro de la biblioteca.
Y mi tercera, que siempre fue la más peligrosa, consistió en bajar.
Encendí una vela que encontré junto a la entrada y descendí lentamente. Las paredes estaban cubiertas de polvo, y cada escalón crujía bajo mis pies.
Al final de la escalera encontré un corredor.
No había ventanas.
No había tapices.
Solo puertas negras, todas cerradas, con símbolos grabados en la madera.
Reconocí uno de ellos.
La rosa atravesada por tres líneas.
La misma figura del libro.
Me acerqué a la puerta que la llevaba grabada.
Estaba entreabierta.
Desde el interior llegaba una voz.
—La niña está creciendo demasiado rápido.
Me detuve.
Reconocí aquella voz de inmediato.
Era Lord Vael Draven, el consejero de mi padre.
—No podemos mantenerla aislada para siempre —respondió otro hombre.
El rey.
Mi padre.
Me acerqué un poco más, procurando no hacer ruido.
—No necesito mantenerla aislada para siempre —dijo el rey—. Solo necesito impedir que descubra lo que es.
Sentí que la vela temblaba entre mis dedos.
—¿Y si la sangre despierta antes de tiempo?
Hubo una pausa.
Cuando mi padre respondió, su voz sonó más fría que nunca.
—Entonces tendremos que hacer lo mismo que debimos hacer cuando nació.
No comprendí aquella frase.
No quería comprenderla.
Pero algo en mi interior comenzó a gritarme que debía marcharme.
Entonces escuché mi nombre.
—Hera no puede enterarse de quién fue su madre antes de llegar a este palacio —dijo Vael—. Si descubre la verdad sobre Seraphine, buscará los registros.
Mi madre.
¿Por qué hablaban de ella como si fuera una desconocida?
—Los registros fueron destruidos —contestó el rey.
—No todos.
El silencio que siguió me pareció interminable.
—¿Qué quieres decir? —preguntó mi padre.
—Hay un documento en las criptas. Uno solo. Si la niña lo encuentra, conocerá la razón por la que la reina anterior quiso eliminarla antes de su primer cumpleaños.
Dejé de respirar.
La reina anterior.
Eliminarla.
A mí.
Mi vela se inclinó y una gota de cera cayó sobre mi mano. El dolor me hizo soltar un pequeño gemido.
Las voces se interrumpieron.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Vael.
Retrocedí.
Un escalón crujió bajo mi pie.
La puerta se abrió de golpe.
Y allí estaba mi padre.
Por primera vez en mi vida, vi algo en su rostro que nunca había visto antes.
No era desprecio.
No era indiferencia.
Era miedo.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Intenté responder, pero las palabras se habían quedado atrapadas en mi garganta.
Mi padre me arrebató la vela.
—Te he hecho una pregunta.
—Yo… estaba buscando un libro.
Sus ojos se dirigieron hacia la escalera.
—¿Cuánto has escuchado?