Hera de sangre

La reina sin retrato

En mi familia, los muertos recibían monumentos, los traidores recibían tumbas y las mujeres que conocían demasiados secretos recibían algo mucho peor: el olvido.»

La llave permaneció escondida bajo mi almohada durante seis días.

Seis días en los que apenas conseguí dormir, en los que observé a mi madre buscando señales de una mentira en sus gestos y en los que comencé a desconfiar de cada puerta cerrada del palacio.

No se lo conté a nadie.

Ni siquiera a ella.

Había aprendido que los secretos eran como las llamas: si los entregabas a las manos equivocadas, podían incendiar todo cuanto amabas.

Y yo todavía amaba a mi madre.

Quizá por eso tenía tanto miedo de descubrir quién era en realidad.

La séptima noche, mientras una tormenta se acercaba desde las montañas del norte, decidí utilizar la llave.

No sabía qué puerta abriría.

Pero estaba cansada de esperar a que los demás decidieran qué verdades podía soportar.

La galería de los antiguos monarcas se encontraba en el ala occidental del palacio, una zona que llevaba años cerrada al público.

Los sirvientes decían que el polvo dañaba los tapices.

Los guardias aseguraban que algunas habitaciones necesitaban reparaciones.

Y mi padre, cuando una vez le pregunté por qué nunca visitábamos aquel lugar, respondió que los muertos no necesitaban que los recordaran constantemente.

Nunca volví a preguntarle.

Aquella noche, sin embargo, caminé hasta la galería con la llave escondida en la manga.

La puerta principal estaba vigilada por dos soldados. No podía pasar por allí sin que me reconocieran, así que utilicé un corredor de servicio que había descubierto durante mis primeros años en el palacio.

Mi madre me había enseñado a moverme en silencio.

Nunca imaginé que aquellas lecciones terminarían siendo útiles para desobedecer a mi padre.

Al final del corredor encontré una pequeña puerta de madera.

No tenía cerradura.

La empujé y entré.

El aire olía a humedad, cera vieja y flores marchitas.

Encendí mi vela.

Los retratos aparecieron uno tras otro bajo la luz temblorosa: hombres de rostros severos, mujeres con vestidos bordados en oro, niños que habían muerto antes de heredar una corona y ancianos que habían gobernado durante guerras que yo solo conocía por los libros.

Todos llevaban el mismo símbolo familiar.

Una corona negra.

Y, debajo de cada retrato, una placa de plata con el nombre del monarca y los años de su reinado.

Avancé lentamente.

Aldric Vhaleris, el fundador de la dinastía.

Edmund Vhaleris, el conquistador.

Theron Vhaleris, el rey de las siete guerras.

Cada generación parecía observarme con el mismo desprecio silencioso.

Hasta que llegué al final de la galería.

Allí había un espacio vacío.

No era un lugar donde nunca hubieran colgado un cuadro. Las marcas en la pared demostraban que uno había permanecido allí durante muchos años. El marco había sido retirado, pero todavía quedaban pequeños fragmentos dorados alrededor de los clavos.

Debajo, la placa de plata seguía en su sitio.

Alguien había intentado arrancarla.

La inscripción estaba arañada, aunque todavía podían distinguirse algunas letras.

REINA…

El resto del nombre había sido borrado.

Me acerqué.

Pasé los dedos sobre las marcas.

¿Por qué retirar un retrato y dejar su placa?

¿Por qué conservar el nombre de alguien a quien aparentemente querían olvidar?

Entonces advertí algo que me heló la sangre.

En la pared, justo debajo de la placa, había una pequeña inscripción que no pertenecía a la decoración original.

Tres líneas verticales atravesaban la figura de una rosa.

El mismo símbolo de mi llave.

Me arrodillé y examiné la parte inferior del muro. Entre las piedras descubrí una abertura estrecha, casi invisible.

Introduje la llave.

Encajó perfectamente.

Un mecanismo crujió detrás de la pared.

Una pequeña sección se abrió, revelando un compartimento que contenía un sobre ennegrecido por el tiempo.

En el exterior había una sola palabra.

Seraphine.

Mi madre.

Sentí que el corazón me golpeaba con tanta fuerza que tuve que apoyarme en la pared.

Abrí el sobre.

Dentro encontré una hoja doblada, escrita con una caligrafía elegante y antigua.

La primera línea decía:

«Si este documento ha llegado a manos de Hera, significa que han fracasado en mantenerla ignorante.»

Dejé de respirar.

Seguí leyendo.

«No sé si mi hija habrá heredado mis ojos o la mirada de su padre. Tampoco sé si habrá crecido rodeada de amor o de miedo. Solo sé que, si algún día descubre mi nombre, deberá conocer la verdad que los Vhaleris llevan siglos ocultando.»

La carta continuaba, pero una mancha había borrado varias líneas.

Pude distinguir fragmentos.

…la sangre no es una maldición…

…la primera reina…

…el pacto fue una mentira…

Y, al final de la página:

«Si la corona vuelve a reclamar a una de nuestras hijas, no permitas que se la coloque sobre la cabeza.»

Leí la frase varias veces.

Una de nuestras hijas.

No decía mi hija.

Decía nuestras.

Como si hubiera existido alguien antes que yo.

Como si la historia que me habían contado estuviera incompleta desde el principio.

Volví la hoja buscando una segunda página.

No había ninguna.

Solo una pequeña marca roja en el borde inferior.

Una gota de cera.

Y, dentro de ella, una letra.

E.

—No deberías estar aquí.

La voz llegó desde la entrada.

Me volví tan bruscamente que la vela casi cayó de mis manos.

Lord Vael Draven permanecía junto a la puerta, vestido con su habitual túnica negra. Su rostro no mostraba sorpresa.

Eso fue lo que más me inquietó.

Parecía haber sabido que me encontraría allí.




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