Hera de sangre

Las lecciones de un monstruo

«Mi padre me enseñó a temerle a mi sangre. Lord Vael me enseñó a utilizarla. Ninguno de los dos se molestó en explicarme qué ocurriría cuando dejara de distinguir entre defenderme y destruir a los demás.»

La primera lección que recibí de Lord Vael fue que nadie decía exactamente lo que pensaba.

La segunda fue que las personas más peligrosas eran aquellas que conseguían que los demás creyeran haber tomado sus propias decisiones.

La tercera llegó cuando cumplí diez años.

—Nunca confíes en alguien que te diga que puedes confiar en él —me dijo mientras caminábamos por los jardines del palacio—. Las personas sinceras no necesitan anunciar sus virtudes.

Lo miré con desconfianza.

—¿Y debo confiar en usted?

Vael sonrió.

—Por supuesto que no.

Aquella respuesta me desconcertó tanto que olvidé preguntarle por qué me había pedido que lo acompañara.

Desde la noche de la galería, el consejero había comenzado a buscarme con frecuencia. A veces me llevaba a la biblioteca y me enseñaba historia. Otras veces me hacía preguntas sobre los nobles, sus familias y las alianzas que mantenían con la corona.

Nunca volvimos a hablar de la reina desaparecida.

Yo tampoco olvidé la carta.

La llevaba escondida dentro de un pequeño compartimento que había descubierto en la parte inferior de mi escritorio. Cada noche comprobaba que seguía allí, como si temiera que alguien pudiera arrebatármela mientras dormía.

Era mi primer secreto.

Y, sin saberlo, también era mi primera lección sobre el poder.

Aquella mañana, Vael me condujo hasta una terraza desde la que se podía observar el patio principal.

Abajo, varios caballeros practicaban con espadas mientras los sirvientes preparaban los carruajes para la llegada de una delegación extranjera.

—¿Qué ves? —preguntó.

—Caballeros entrenando.

—¿Algo más?

Observé con mayor atención.

—Dos sirvientes discutiendo junto a los caballos. Un guardia que no deja de mirar hacia la entrada. Y un hombre con una capa azul que parece estar esperando a alguien.

—Bien. ¿Cuál de ellos es el más peligroso?

Fruncí el ceño.

—¿El hombre de la capa?

—¿Por qué?

—Porque está escondiendo algo.

Vael negó lentamente con la cabeza.

—Todos están escondiendo algo, Hera. El hombre de la capa está esperando a un mensajero. Los sirvientes discuten porque uno de ellos ha recibido una oferta de trabajo de una familia rival. El guardia mira la entrada porque su hermano debería haber regresado hace dos días y todavía no tiene noticias suyas.

Lo miré sorprendida.

—¿Cómo sabe todo eso?

—Porque presto atención.

Se volvió hacia mí.

—El error de los poderosos consiste en creer que todos los miran por admiración. La mayoría los observa porque tiene miedo, porque los odia o porque espera el momento adecuado para ocupar su lugar.

—¿Y usted por qué observa a todos?

—Porque no pienso morir por no haber prestado atención.

Aquella respuesta me acompañó durante mucho tiempo.

Incluso cuando comencé a creer que era invencible.

Las lecciones de Vael no se parecían a ninguna de las que recibía de mis tutores.

No me enseñaba únicamente nombres de reyes o fechas de batallas. Me enseñaba a escuchar las conversaciones que los nobles creían privadas, a reconocer cuándo una sonrisa ocultaba desprecio y a comprender que una promesa podía ser una amenaza pronunciada con elegancia.

También me enseñó algo que mi padre jamás habría aprobado.

Me enseñó a hacer preguntas.

—¿Por qué los nobles obedecen al rey? —pregunté durante una de nuestras clases.

—Porque creen que su poder es mayor que el suyo.

—¿Y si descubrieran que no lo es?

—Entonces tendrías una rebelión.

—¿Y por qué nadie se rebela?

Vael dejó su pluma sobre el escritorio.

—Porque el miedo es más barato que una guerra y, para algunos, más convincente que la lealtad.

Me quedé pensando.

—Entonces, si el rey dejara de inspirar miedo, dejarían de obedecerlo.

—Algunos. Otros buscarían una razón para seguir haciéndolo. Las personas no abandonan sus privilegios fácilmente, incluso cuando saben que los privilegios están construidos sobre una mentira.

Miré por la ventana.

Podía ver las torres de Eryndor, los tejados de la ciudad y las murallas que protegían el palacio.

Durante años había pensado que aquellos muros mantenían a los enemigos fuera.

Empezaba a sospechar que también mantenían a los habitantes dentro.

—¿Cree que mi padre es un buen rey? —pregunté.

Vael tardó en responder.

—Creo que tu padre es un rey que desea sobrevivir a su propio reinado.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Precisamente por eso es una respuesta que debes recordar.

La verdadera lección llegó durante una recepción celebrada en honor a la delegación del norte.

Mi madre insistió en que asistiera.

—No puedes permanecer escondida toda tu vida —me dijo mientras me ayudaba a colocarme un broche de plata—. Algún día tendrás que aprender a caminar entre esas personas sin permitir que te hagan sentir inferior.

—Padre no quiere que me vean.

—Tu padre no siempre sabe lo que necesita su hija.

La miré a través del espejo.

Había algo diferente en su expresión. Una determinación que rara vez mostraba cuando hablábamos del rey.

—¿Por qué no te marchas de aquí? —pregunté.

Sus manos se detuvieron sobre mis hombros.

—¿Qué?

—Podríamos irnos a otro reino. Vivir en una casa pequeña, lejos del palacio. No tendríamos que pedirle permiso a nadie.

Por un momento, imaginé que aceptaría.

Imaginé un lugar donde mi apellido no importara, donde pudiera salir a caminar sin guardias y donde mi madre no tuviera que mirar por encima del hombro cada vez que alguien pronunciaba el nombre del rey.

Pero ella bajó la mirada.




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