Hera de sangre

La noche de las rosas negras

«Las maldiciones no siempre comienzan con una muerte. Algunas comienzan con una promesa, una corona y alguien lo suficientemente cobarde como para llamar destino a las consecuencias de sus propias decisiones.»

El día que cumplí diez años, mi padre ordenó decorar el palacio con rosas negras.

Nunca supe por qué eligió aquellas flores.

Los jardineros aseguraron que habían sido cultivadas especialmente para la ocasión. Los sirvientes las colocaron en jarrones de plata a lo largo de los corredores, sobre las mesas del banquete y junto a las escaleras que conducían al salón principal.

Sus pétalos eran oscuros como la tinta.

A la luz de las velas, parecían absorber el resplandor en lugar de reflejarlo.

No eran hermosas de una manera delicada.

Eran hermosas de una manera inquietante.

Como algo que jamás debería haber florecido, pero que había encontrado la manera de sobrevivir.

Cuando vi la primera rosa, pensé en la carta escondida bajo mi escritorio.

Si la corona vuelve a reclamar a una de nuestras hijas, no permitas que se la coloque sobre la cabeza.

No sabía por qué aquellas flores me recordaban a la advertencia de mi madre.

Solo sabía que, desde la noche en que descubrí la galería de los antiguos monarcas, había comenzado a sentir que el palacio entero escondía algo debajo de su elegancia.

Como un cadáver bajo un jardín.

Sonreí cuando una sirvienta me deseó un feliz cumpleaños.

Agradecí a los cocineros el pastel que habían preparado.

Y respondí con educación cuando los tutores me entregaron sus regalos.

Nadie habría imaginado que, debajo de mi vestido de terciopelo, llevaba una pequeña llave negra que no me había atrevido a utilizar por segunda vez.

Aquella noche, todos parecían felices.

Y yo estaba convencida de que algo terrible iba a suceder.

—Levanta la barbilla, Hera.

Mi madre me observaba desde el otro lado del espejo.

Había elegido para mí un vestido negro con bordados plateados, mangas largas y una pequeña cadena que rodeaba mi cintura. Mi cabello caía sobre mis hombros en suaves ondas, y una delicada corona de plata descansaba sobre mi cabeza.

Era el objeto más hermoso que me habían regalado.

También era el primero que mi padre había autorizado que llevara delante de la corte.

—¿Crees que estará orgulloso de mí esta noche? —pregunté.

Mi madre dejó de acomodarme el cabello.

Durante unos segundos, contempló mi reflejo con una tristeza que no supe interpretar.

—Espero que esta noche consigas sentirte orgullosa de ti misma.

No era la respuesta que deseaba.

Pero ya estaba acostumbrándome a que las personas que amaba contestaran preguntas diferentes de las que yo hacía.

—¿Te quedarás conmigo durante la celebración?

—Todo el tiempo que me lo permitan.

Me volví hacia ella.

—¿Qué significa eso?

Mi madre desvió la mirada.

Antes de que pudiera insistir, alguien llamó a la puerta.

Era Lord Vael.

—La celebración está por comenzar —anunció—. Su Majestad desea que la niña descienda inmediatamente.

Mi madre apretó mi mano.

—Recuerda lo que te he enseñado.

Asentí.

—No permitas que decidan cuánto vales.

Ella sonrió.

Pero sus ojos seguían preocupados.

Cuando abandoné la habitación, no sabía que aquella sería la última vez durante mucho tiempo que mi madre me acompañaría a una celebración sin que hubiera alguien vigilándonos.

El salón principal estaba lleno de invitados.

Los nobles habían llegado vestidos con terciopelos oscuros, joyas antiguas y capas bordadas con los emblemas de sus casas. Sobre las mesas descansaban bandejas de frutas, copas de cristal y platos que apenas había probado en mi vida.

Los músicos tocaban junto a las grandes ventanas.

En el centro del salón, mi padre esperaba junto a la reina consorte y el príncipe Lucien.

Cuando descendí las escaleras, las conversaciones fueron apagándose.

Todas las miradas se dirigieron hacia mí.

Por primera vez, nadie parecía preguntarse qué hacía yo allí.

El rey extendió una mano.

—Acércate, Hera.

Obedecí.

Me colocó a su lado y observó a los invitados.

—Esta noche celebramos diez años de vida de mi hija, Hera Vhaleris.

Sentí un calor extraño en el pecho.

Mi hija.

Lo había dicho delante de todos.

Mi padre continuó hablando sobre la unidad del reino, la importancia de la familia y la fortaleza de nuestra dinastía.

Yo apenas escuchaba.

Estaba demasiado ocupada intentando comprender por qué había decidido reconocerme precisamente aquella noche.

Cuando terminó su discurso, los invitados aplaudieron.

Lucien se acercó y me entregó una pequeña caja.

—Feliz cumpleaños, hermana.

Abrí el regalo.

Dentro había un broche de plata con forma de luna.

Era sencillo y hermoso.

—Gracias —susurré.

Mi hermano sonrió.

—Pensé que te gustaría.

Por primera vez en mucho tiempo, sentí que quizá todavía existía algo bueno dentro de aquella familia.

Quizá mi padre podía cambiar.

Quizá Lucien y yo podríamos conocernos de verdad.

Quizá la vida no tenía que convertirse en una larga lucha contra las personas que compartían mi sangre.

Fue entonces cuando se abrieron las puertas.

Y una mujer desconocida entró en el salón.

No llevaba joyas.

Su vestido era gris, gastado en los bordes, y una capa oscura le cubría los hombros. Tenía el cabello completamente blanco, aunque su rostro no parecía tan viejo como para justificarlo.

Caminaba con la espalda recta y una expresión serena.

Ningún guardia la acompañaba.

Ningún sirviente había anunciado su llegada.

Y, sin embargo, avanzó por el salón como si conociera cada piedra del palacio.

Los músicos dejaron de tocar.

Mi padre perdió la sonrisa.




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