Hera de sangre

El príncipe de las cenizas

«Hay personas que llegan a tu vida para salvarte. Otras llegan para destruirte. Y después están aquellas que consiguen hacer ambas cosas sin siquiera proponérselo.»

El príncipe llegó tres días después de mi décimo cumpleaños.

Su nombre apareció por primera vez en una conversación que no estaba destinada a mis oídos.

Yo me encontraba sentada en el corredor que conducía al despacho de mi padre, fingiendo leer un libro mientras esperaba a que mi madre terminara una reunión con la reina consorte. Desde el incidente de las rosas negras, el palacio se había convertido en una prisión disfrazada de hogar.

Los guardias vigilaban las entradas.

Los sirvientes hablaban en susurros.

Y mi padre había ordenado que todos los documentos antiguos fueran trasladados a sus aposentos privados.

No había vuelto a ver a Mara Veyr.

Nadie pronunciaba su nombre.

Cuando preguntaba por ella, recibía la misma respuesta: la mujer había sido expulsada del reino.

Pero yo sabía que algo no encajaba.

Mi padre no había cerrado las puertas del palacio por una simple intrusa. Lo había hecho porque aquella mujer había mencionado algo que él llevaba años intentando ocultar.

La verdad sobre la Maldición Carmesí.

Y la existencia de una reina cuyo nombre había sido borrado de la historia.

—No podemos permitir que permanezca aquí —dijo una voz al otro lado de la puerta.

Reconocí a Lord Vael.

—Su presencia podría beneficiarnos —respondió mi padre.

—Es el heredero de Nocthar, Kaelen. Si descubre lo que ocurrió con Aveline, su familia utilizará esa información contra nosotros.

Dejé de pasar las páginas.

Aveline.

Mi abuela.

—El muchacho no sabe nada —replicó el rey—. Su padre lo ha enviado para negociar una alianza, no para investigar nuestros secretos.

—¿Y si ya los conoce?

El silencio se prolongó.

Después, mi padre respondió:

—Entonces averiguaremos cuánto sabe antes de decidir qué hacer con él.

Escuché pasos acercándose.

Me levanté de inmediato y caminé hacia el extremo del corredor, fingiendo que acababa de llegar.

La puerta del despacho se abrió.

Lord Vael salió primero.

Al verme, entrecerró los ojos.

—Princesa. ¿Qué hace aquí?

Levanté el libro.

—Esperaba a mi madre.

—Entonces le aconsejo que la espere en sus habitaciones.

—¿Por qué?

Vael sonrió sin alegría.

—Porque algunas visitas requieren discreción.

Antes de que pudiera preguntarle a quién se refería, mi padre apareció detrás de él.

—Hera.

Me volví.

El rey me observó durante unos segundos y después señaló el libro.

—¿Qué estás leyendo?

—Historia de Eryndor.

Sus ojos se estrecharon ligeramente.

—Busca algo más apropiado para tu edad.

—¿Como qué?

No debí haberlo preguntado.

Lo supe por la manera en que su mandíbula se tensó.

—Como algo que no te enseñe a desconfiar de tu propia familia.

Miré al hombre que tenía delante.

Al rey que me había negado durante años.

Al padre que parecía temer cada pregunta que salía de mi boca.

Y pensé que, quizá, mi familia no necesitaba que yo desconfiara de ella.

Quizá solo necesitaba que dejara de hacerlo.

—Haré lo que me aconseja, majestad —respondí.

Incliné la cabeza y me alejé.

No porque estuviera de acuerdo.

Sino porque había aprendido que algunas batallas se perdían antes de comenzar.

Y aquella vez pensaba escuchar hasta el final.

El príncipe Adrien Nocthar llegó al palacio durante la tarde.

El anuncio de su entrada se escuchó desde el patio principal, donde los guardias formaron dos filas junto a la escalinata de mármol.

Yo observaba desde una ventana cuando su carruaje atravesó las puertas.

Era negro, con adornos plateados y el emblema de un cuervo de alas extendidas.

Nocthar era un reino situado al norte de Eryndor, más allá de las montañas cubiertas de nieve. Sus habitantes eran conocidos por sus fortalezas de piedra oscura y por una antigua tradición que obligaba a cada heredero a estudiar la historia de los reinos vecinos.

Mi tutor decía que los Nocthar tenían una memoria peligrosa.

Recordaban cada traición.

Cada deuda.

Cada promesa incumplida.

Y esperaban el momento adecuado para cobrarlas.

El carruaje se detuvo.

Un hombre descendió primero y ofreció la mano a un joven vestido de negro.

El príncipe no tendría más de dieciséis años.

Era alto para su edad, de cabello oscuro y ojos grises que parecían casi plateados bajo la luz del atardecer. Llevaba un abrigo bordado con hilos de plata y una espada ceremonial en la cintura.

No sonrió cuando los nobles salieron a recibirlo.

Tampoco pareció impresionado por el palacio.

Observó las torres, las ventanas y las estatuas que adornaban los jardines con la expresión de alguien que estaba reconociendo un lugar que ya conocía.

Aquello me inquietó.

Nadie visita un reino extranjero con semejante familiaridad a menos que tenga una razón.

Cuando mi padre salió a recibirlo, el príncipe inclinó la cabeza.

—Majestad.

—Príncipe Adrien. Eryndor os da la bienvenida.

—Es un honor encontrarme aquí.

Su voz era serena.

Demasiado serena.

Mi padre le ofreció la mano.

Adrien la aceptó.

Y entonces ocurrió algo que nadie más pareció notar.

El príncipe miró brevemente hacia la torre occidental, donde se encontraba la galería de los antiguos monarcas.

Después miró hacia mi ventana.

Nuestros ojos se encontraron.

No sé cuánto duró aquel instante.

Quizá dos segundos.

Quizá menos.

Pero el príncipe dejó de sonreír.

Y yo tuve la extraña sensación de que acababa de reconocerme.

No como se reconoce a una desconocida.

Sino como se reconoce a alguien cuya existencia ha cambiado el curso de una historia.




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