Hera de sangre

Promesas envenenadas

Promesas envenenadas

«Hay promesas que se pronuncian por amor, otras por miedo y algunas porque alguien sostiene una espada invisible contra tu garganta. Las mías nacieron en un palacio donde la verdad era un delito y la obediencia, la única forma permitida de respirar.»

Mi padre no volvió a dirigirme la palabra durante el desayuno.

Se sentó en la cabecera de la mesa, leyó los informes de sus consejeros y escuchó a mi hermano hablar sobre sus lecciones de esgrima. De vez en cuando, levantaba la mirada hacia mí.

No decía nada.

Pero yo sabía que estaba esperando.

Esperaba que le entregara el documento que Adrien me había dado. Esperaba que confesara cuánto sabía sobre la primera reina. Esperaba que volviera a convertirme en la niña que bajaba la cabeza cuando él pronunciaba mi nombre.

No le di ninguna de esas cosas.

Comí en silencio y, cuando terminé, me levanté para marcharme.

—Hera.

Me detuve.

—Quédate.

La reina consorte dejó su copa sobre la mesa. Lucien fingió concentrarse en su plato, mientras los sirvientes comenzaron a retirar las bandejas con una rapidez que me pareció sospechosa.

Mi padre esperó a que estuviéramos solos.

Entonces señaló la silla frente a él.

—Siéntate.

Obedecí.

—Ayer por la noche afirmaste que la corona no me pertenece.

—No lo afirmé yo. Lo dijo el príncipe Adrien.

—Y tú parecías muy dispuesta a creerle.

Lo observé durante unos segundos.

—¿Es mentira?

Sus dedos se cerraron alrededor de la copa.

—No eres lo suficientemente mayor para comprender las consecuencias de esa pregunta.

—Pero sí lo suficientemente mayor para sufrirlas.

Mi padre se quedó inmóvil.

Por un instante, creí que volvería a levantar la voz. Sin embargo, respiró profundamente y se reclinó en su asiento.

—Esta tarde asistirás a una ceremonia en la capilla antigua.

Sentí un escalofrío.

La cámara bajo el altar.

La llave negra.

La advertencia de Mara.

—¿Qué ceremonia?

—Una promesa.

—¿A quién debo prometérsela?

El rey me miró directamente

a capilla antigua se encontraba en la parte más olvidada del palacio.

Sus paredes estaban construidas con piedra gris, y las ventanas estrechas dejaban entrar una luz pálida que hacía parecer enfermos los rostros de las estatuas.

Hacía años que nadie celebraba allí una ceremonia pública.

En el centro se alzaba un altar de mármol oscuro, cubierto con un paño negro. Detrás había un símbolo tallado en la piedra: una corona rodeada de siete rosas.

Reconocí el emblema de los antiguos reyes.

Mi padre me esperaba junto al altar.

A su derecha estaba Lord Vael. A su izquierda, un sacerdote vestido con una túnica plateada sostenía un libro de páginas amarillentas.

No había invitados.

No había músicos.

No había flores.

Solo un silencio que parecía más antiguo que el propio edificio.

—Acércate —ordenó el rey.

Caminé hasta quedar frente a él.

—¿Por qué estoy aquí?

El sacerdote abrió el libro.

Mi padre respondió:

—Porque es hora de que comprendas las obligaciones que acompañan a nuestro apellido.

Miré el altar.

Durante un instante, imaginé que detrás de aquella piedra se encontraba la cámara de la que había hablado Mara. Me pregunté si la llave que llevaba escondida podría abrirla.

La apreté dentro de mi manga.

—¿Qué tengo que prometer?

Mi padre hizo una señal al sacerdote.

El hombre comenzó a leer.

—Ante la corona de Eryndor, ante la memoria de sus fundadores y ante la sangre que sostiene a la dinastía, la princesa Hera Vhaleris deberá jurar que jamás reclamará para sí el trono ni disputará el derecho sucesorio del príncipe Lucien.

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

El sacerdote continuó leyendo, como si no me hubiera escuchado.

—Deberá renunciar a toda pretensión presente o futura sobre la corona, a toda reclamación basada en linaje alguno y a cualquier intento de alterar el orden establecido por el soberano legítimo.

Sentí que el pecho se me cerraba.

Miré a mi padre.

—¿Quiere que renuncie a una corona que nunca he pedido?

—Quiero que jures que no intentarás arrebatármela.

—No quiero arrebatarle nada.

—Entonces no debería resultarte difícil prometerlo.

La respuesta me hizo comprender lo que realmente estaba sucediendo.

Mi padre no necesitaba que yo deseara el trono.

Necesitaba asegurarse de que jamás pudiera reclamarlo.

Y si había organizado aquella ceremonia después de escuchar lo que Adrien sabía sobre mi nacimiento, significaba que temía que algún día yo tuviera razones para hacerlo.

—¿Qué sucederá si me niego? —pregunté.

Lord Vael intervino.

—Hera, piensa con cuidado.

—Estoy pensando. Por eso pregunto.

El consejero bajó la mirada.

Mi padre se acercó.

—Si te niegas, demostrarás que el príncipe extranjero ha conseguido sembrar ambición en tu corazón. Los nobles comenzarán a preguntarse por qué una niña que nunca ha mostrado interés por gobernar teme renunciar a una corona que no desea.

—¿Y si juro?

—El reino tendrá una preocupación menos.

Lo observé.

—¿Y yo?

Por primera vez, mi padre pareció no entender la pregunta.

—¿Qué hay de mí? —repetí—. ¿Qué gano yo con esta promesa?

Su rostro se endureció.

—Ganas la oportunidad de vivir en paz.

No pude evitar una sonrisa amarga.

—¿Como he vivido hasta ahora?

El silencio cayó sobre la capilla.

Mi padre se volvió hacia el sacerdote.

—Comencemos.

El sacerdote colocó sobre el altar un pequeño cojín de terciopelo.

Encima descansaba un anillo de hierro negro.

Lo reconocí de inmediato.

Había visto uno igual en los retratos de los antiguos monarcas. En la piedra central llevaba grabada la rosa atravesada por tres líneas.




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