«Siempre imaginé que la traición llegaría vestida de negro, con una sonrisa cruel y una daga escondida entre las manos. Nunca imaginé que tendría la voz tranquila de alguien en quien había comenzado a confiar.»
Hay recuerdos que envejecen con nosotros.
El sonido de una puerta cerrándose. El olor de una habitación donde ocurrió algo que nunca debió suceder. Una frase que, en su momento, pareció inofensiva, pero que años después regresa para recordarnos lo ingenuos que fuimos.
Yo recuerdo el color de las cenizas.
Recuerdo la lluvia golpeando las ventanas de la biblioteca.
Y recuerdo la última vez que miré al príncipe Adrien Nocthar sin preguntarme si estaba mintiéndome.
Tenía diez años cuando descubrí que la confianza podía convertirse en una prisión mucho más eficaz que cualquier muro del palacio.
Y todo comenzó con una llave.
Durante las siguientes dos semanas, fingí obedecer a mi padre.
Asistí a mis lecciones, desayuné con la familia real y dejé de hacer preguntas sobre la reina Aveline. Cuando Lord Vael me encontraba en los corredores, lo saludaba con la misma cortesía de siempre. Cuando mi padre me preguntaba qué estaba leyendo, le mostraba los libros de historia que mis tutores habían elegido para mí.
Aprendí a sonreír cuando los nobles me miraban.
Aprendí a guardar silencio cuando mi padre hablaba.
Y aprendí que fingir ignorancia podía ser una forma de libertad.
Mientras todos creían que había renunciado a descubrir la verdad, yo estudiaba los planos antiguos del palacio.
Descubrí que la capilla donde mi padre me había obligado a realizar el juramento había sido construida sobre una estructura mucho más antigua. En los documentos más recientes, aquella construcción aparecía como una cripta ceremonial. En los planos originales, sin embargo, el espacio debajo del altar tenía otro nombre.
La Cámara de la Primera Sangre.
No había ninguna explicación sobre su propósito.
Tampoco aparecía en los mapas utilizados por los arquitectos actuales.
Parecía que alguien había intentado borrar hasta la existencia de aquel lugar.
Pero había cometido un error.
En el borde inferior del plano más antiguo encontré el dibujo de una puerta con tres cerraduras. Junto al dibujo, una inscripción escrita en una lengua que no conocía acompañaba el símbolo de la rosa atravesada por tres líneas.
Copié la inscripción en mi cuaderno.
Después comparé el dibujo con la llave negra.
La forma coincidía.
No podía estar segura de que la llave abriera aquella puerta, pero ya no necesitaba muchas más pruebas.
La respuesta que buscaba se encontraba debajo de mis pies.
Y yo estaba decidida a encontrarla.
Encontré a Adrien en el patio norte, cerca de los establos.
Había pasado la mañana entrenando con los guardias de su delegación. Tenía el cabello despeinado y sostenía unos guantes negros entre las manos.
Cuando me vio, se apartó del grupo.
—Princesa. Creí que estabais ocupada con vuestras lecciones.
—Lo estaba.
—¿Y qué os trae aquí?
Miré a los guardias que permanecían a unos metros de distancia.
—Necesito hablar con vos.
Su expresión cambió.
—¿Ha ocurrido algo?
—Todavía no.
Adrien pareció comprender que aquella respuesta significaba que estaba planeando algo.
Me condujo hasta un corredor cubierto que comunicaba el patio con la antigua armería. Allí no podían escucharnos fácilmente.
Saqué mi cuaderno.
—He encontrado algo.
Le mostré el dibujo de la cámara y la inscripción del plano.
Adrien estudió la página en silencio.
—¿Dónde lo habéis conseguido?
—En los archivos de arquitectura del palacio.
—Esos documentos están restringidos.
—Lo sé.
—¿Vuestro padre sabe que los habéis consultado?
—Si lo supiera, no estaría enseñándoos esto.
Adrien me devolvió el cuaderno.
—Hera, deberíais tener cuidado.
—Eso me lo dice todo el mundo.
—Quizá porque todo el mundo tiene razones para preocuparse.
—No necesito que os preocupéis. Necesito que me ayudéis.
Las palabras salieron de mi boca con más rapidez de la que había previsto.
Adrien guardó silencio.
Yo también.
No estaba acostumbrada a pedir ayuda. En el palacio, pedir algo significaba entregar a otra persona la oportunidad de negártelo. Sin embargo, por alguna razón, con Adrien las palabras parecían pesar menos.
Él cerró los guantes entre sus manos.
—¿Qué queréis que haga?
—Ayudadme a entrar en la cámara bajo el altar.
Durante varios segundos, Adrien no respondió.
Su mirada regresó al dibujo.
—¿Cuándo?
—Mañana por la noche. Cuando termine la última ronda de los guardias.
—Eso es peligroso.
—Lo sé.
—Si vuestro padre os encuentra allí, puede encerraros en vuestras habitaciones durante meses.
—Entonces no dejaré que me encuentre.
Adrien levantó los ojos.
—No podéis resolverlo todo desobedeciendo.
—Y vos no podéis resolverlo todo obedeciendo.
La frase lo hizo callar.
Por primera vez, comprendí que nuestras diferencias eran más profundas de lo que había imaginado.
Yo había crecido bajo un rey que utilizaba el poder para mantenerme lejos de la verdad.
Adrien había sido educado por un rey que le enseñaba a tratar la verdad como una herramienta política.
Ambos sabíamos lo que significaba tener que obedecer.
La diferencia era que yo había comenzado a cansarme.
—Hay algo que no me habéis contado —dije.
Adrien bajó la mirada.
—Hay muchas cosas que no os he contado.
—¿Mi historia está relacionada con la vuestra?
No respondió inmediatamente.
Aquella demora fue suficiente para inquietarme.
—¿Qué significa eso?
Adrien respiró profundamente.
—Significa que las decisiones de nuestros antepasados no se quedaron enterradas con ellos. Mi familia también guarda secretos sobre Eryndor.