«Me enseñaron que la sangre definía a una familia, que una corona definía a un rey y que una promesa definía el honor de una persona. Tardé años en comprender que la sangre también guarda recuerdos, que las coronas pueden pertenecer a ladrones y que algunas promesas nacen muertas.»
Durante siete días no pronuncié el nombre de Adrien.
Ni siquiera cuando los sirvientes anunciaron que la delegación de Nocthar se preparaba para abandonar el palacio. Ni cuando vi a los caballeros extranjeros atravesar el patio desde mi ventana. Ni cuando mi madre me preguntó si deseaba despedirme del príncipe.
Respondí que no.
Era una respuesta sencilla para una pregunta que escondía demasiadas cosas.
No quería volver a verlo.
No quería escuchar sus explicaciones ni descubrir si había sentido remordimiento por lo que hizo. Tampoco quería saber si había recibido nuevas órdenes de su padre.
Lo único que quería era olvidar el momento en que había confesado su traición.
Pero los recuerdos no obedecen cuando uno se lo ordena.
Y cuanto más intentaba apartar de mi mente al príncipe de las cenizas, más recordaba sus palabras.
Creo que todavía sois una niña que merece decidir quién quiere ser.
Había sido fácil decirlas.
Mucho más difícil había resultado respetarlas.
Por eso, cuando el carruaje de Nocthar desapareció al otro lado de las puertas, no sentí alivio.
Sentí que una parte de mi historia acababa de alejarse sin dejarme siquiera la oportunidad de comprenderla.
Me aparté de la ventana.
Sobre mi escritorio descansaba el libro que mi madre había conseguido entregarme.
Lo abrí por la página donde aparecían los nombres de las tres mujeres.
Aveline, la reina que había rechazado la corona.
Seraphine, la mujer que había escondido la verdad.
Y yo, Hera, la que debía decidir si la historia merecía sobrevivir.
Pasé el dedo sobre mi nombre.
La tinta parecía más oscura que antes.
Quizá era una impresión causada por la luz.
Quizá llevaba tantas noches estudiando aquellas páginas que comenzaba a imaginar cosas que no estaban allí.
Sin embargo, había algo que no conseguía explicar.
Cada vez que abría el libro por aquella página, sentía un extraño calor en la palma de la mano.
No era dolor.
No era exactamente miedo.
Era una sensación tenue, parecida a la que experimentaba cuando mi madre me tomaba de la mano durante las tormentas.
Una calidez que parecía reconocerme.
Cerré el libro.
Y, por primera vez, me pregunté si los secretos de mi familia estaban ocultos únicamente en las palabras.
O si había algo más antiguo esperando a que yo aprendiera a escucharlo.
Mi madre fue la primera persona a la que me atreví a preguntárselo.
La encontré en sus habitaciones, sentada junto a la ventana mientras cosía el borde de un vestido.
Cuando entré, dejó la aguja sobre la mesa y me sonrió.
—¿Has desayunado?
Negué con la cabeza.
Ella suspiró.
—Hera, no puedes pasarte la vida encerrada con esos libros.
—No estoy encerrada.
Mi madre levantó una ceja.
Miré la puerta.
Después la miré a ella.
—Bueno, no completamente.
Consiguió sonreír.
Durante unos segundos, la habitación volvió a parecerse a las de mi infancia, cuando mis mayores preocupaciones eran aprender a leer y encontrar un lugar donde esconderme de mis tutores.
Pero aquella sensación desapareció en cuanto saqué el libro de debajo de mi capa.
—Necesito que me cuentes algo.
Mi madre reconoció inmediatamente la cubierta gris.
—¿Dónde lo has encontrado?
—Me lo diste tú.
—Lo sé.
—Entonces sabes lo que dice.
Ella contempló el libro durante unos segundos.
—Conozco algunas de sus páginas.
—¿Quién escribió las notas junto a nuestros nombres?
Mi madre dejó escapar un suspiro.
—No lo sé.
—¿Por qué aparece mi nombre?
—Porque alguien esperaba que nacieras.
La respuesta me dejó inmóvil.
—¿Quién?
Mi madre volvió la mirada hacia la ventana.
—Esa es una de las preguntas que nunca he conseguido responder.
Me senté frente a ella.
—¿Y qué significa que mi sangre recuerde?
Sus dedos se tensaron sobre la tela.
No había pronunciado esa frase en voz alta, pero la expresión de mi madre me indicó que había comprendido a qué me refería.
—¿Dónde has leído eso?
—No lo he leído. Es lo que siento cuando abro el libro. Y anoche soñé con la capilla.
Mi madre palideció.
—¿Qué soñaste?
Le conté que había visto una puerta negra bajo el altar, cubierta de símbolos rojos. Le expliqué que, en el sueño, no llevaba la llave. Aun así, cuando me acercaba a la puerta, los símbolos se iluminaban.
Y entonces escuchaba una voz.
No una voz que pronunciara mi nombre.
Una voz que parecía recordarlo.
Mi madre permaneció en silencio cuando terminé.
—Hera —dijo finalmente—, necesito que me escuches con mucha atención. Si alguna vez vuelves a la capilla, no intentes abrir la cámara sin saber qué estás haciendo.
—¿Sabes qué hay dentro?
—No.
—¿Entonces por qué tienes tanto miedo?
Me tomó de las manos.
—Porque conocí a tu abuela.
Esperé.
—Y porque, la última vez que la vi, me dijo algo que nunca he conseguido olvidar.
—¿Qué te dijo?
Mi madre me miró a los ojos.
—Que el mayor peligro de nuestra familia no era la corona que habíamos perdido. Era aquello que la corona había despertado.
Sentí que la habitación se volvía más fría.
—¿Qué había despertado?
Mi madre negó lentamente con la cabeza.
—No lo sé, Hera. Tu abuela nunca me lo explicó.
La observé durante un largo rato.
Después recogí el libro.
No había encontrado una respuesta.
Pero había conseguido algo más importante.