Hera de sangre

El día que dejé de suplicar

«Durante diez años le supliqué a mi padre que me quisiera. Después le supliqué que me dijera la verdad. Nunca comprendí que ambas peticiones tenían la misma respuesta: mi padre prefería verme de rodillas antes que reconocer que yo podía levantarme sin él.»

La mañana en que regresé de la cámara, comprendí que algunos secretos no necesitan ser revelados para cambiarlo todo.

Basta con saber que existen.

Mi madre caminaba a mi lado por los pasillos del palacio. Ninguna de las dos había pronunciado una palabra desde que abandonamos la capilla antigua. El libro de Aveline pesaba bajo mi capa, aunque no era especialmente grande. Lo que me inquietaba era su contenido, aquellas palabras que habían sobrevivido a generaciones de mentiras.

La corona que descansa sobre este pedestal no fue creada para gobernar a los hombres. Fue creada para recordarles que ningún gobernante está por encima del juramento que ha pronunciado.

No podía dejar de pensar en ellas.

Si mi padre conocía el juramento, ¿por qué continuaba gobernando como si la corona le perteneciera por derecho absoluto?

Si mi abuela había rechazado el trono, ¿por qué alguien había intentado borrar su existencia?

Y si la cámara había reconocido mi sangre, ¿significaba aquello que yo tenía una responsabilidad que jamás había pedido?

Mi madre me apretó la mano.

—Hera, escúchame.

Me detuve.

—No le muestres el libro a tu padre.

La miré con incredulidad.

—¿Por qué? ¿No es precisamente lo que él quiere? ¿Saber qué he encontrado?

—No conoces hasta dónde estaría dispuesto a llegar para proteger el reino.

—¿Y tú sí?

Mi madre apartó la mirada.

Aquella reacción me dolió.

Durante años había creído que mi madre era la única persona del palacio que podía protegerme de las mentiras de los demás. Pero aquella mañana comprendí que ella también había vivido dentro de ellas.

Tal vez había intentado protegerme.

Tal vez había tenido miedo.

Tal vez había cometido errores que todavía no se atrevía a contarme.

Pero yo ya no podía seguir aceptando el silencio como respuesta.

—Madre, ¿alguna vez pensaste en contarme la verdad?

Sus ojos se llenaron de tristeza.

—Todos los días.

—Entonces, ¿por qué no lo hiciste?

—Porque te amaba.

Bajé la mirada.

Aquellas palabras eran las mismas que había utilizado desde mi infancia para justificar cada puerta cerrada.

Por primera vez, no me bastaron.

—Quizá me amabas tanto que olvidaste que también tenía derecho a conocerme.

Mi madre no respondió.

Continué caminando.

Y aunque me dolió dejarla atrás, aquella fue la primera vez que me alejé de alguien a quien amaba sin esperar que me llamara para pedirme que regresara.

No sabía si estaba haciendo lo correcto.

Solo sabía que no podía continuar viviendo de rodillas ante las personas que afirmaban protegerme.

Mi padre me esperaba en el salón del consejo.

No estaba solo.

Lord Vael permanecía junto a una de las ventanas, vestido de negro, con las manos cruzadas detrás de la espalda. Sobre la mesa había varios documentos, un mapa de Eryndor y una pequeña caja de madera que reconocí inmediatamente.

Era la caja que había contenido la rosa negra durante mi décimo cumpleaños.

Sentí que el estómago se me encogía.

Mi padre no me invitó a sentarme.

—¿Dónde has estado esta mañana?

Lo miré directamente.

—En la capilla antigua.

No intenté mentir.

Quizá esperaba que mi respuesta lo enfureciera, pero solamente cerró los ojos durante un instante.

—¿Entraste en la cámara?

—Sí.

Lord Vael levantó la cabeza.

Mi padre apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Qué encontraste?

Saqué el libro de debajo de mi capa.

No se lo entregué.

—El retrato de la reina Aveline. Sus registros. Una corona que no es la que llevas tú. Y un juramento que nuestra familia ha intentado ocultar.

El rostro del rey se endureció.

—Dame ese libro.

—Primero quiero respuestas.

—No estás en posición de negociar conmigo.

—Entonces no estamos en posición de tener esta conversación.

El silencio que siguió fue tan profundo que pude escuchar el crepitar de una vela.

Mi padre me miró como si acabara de hablar en una lengua desconocida.

Quizá nunca me había escuchado decirle que no.

Durante diez años, había confundido mi obediencia con debilidad, mi silencio con ignorancia y mi deseo de ser amada con una disposición infinita a perdonarlo.

Pero yo había dejado de ser aquella niña.

Al menos, una parte de mí había comenzado a despedirse de ella.

—¿Qué quieres saber? —preguntó finalmente.

Apreté el libro entre mis manos.

—Quiero saber qué ocurrió con mi abuela.

Mi padre guardó silencio.

—Quiero saber por qué su retrato fue retirado de la galería, por qué mi madre tenía acceso a los archivos antiguos y por qué el príncipe Adrien recibió instrucciones para impedir que yo entrara en la cámara.

El rey levantó la cabeza.

—¿Qué sabes de esas instrucciones?

—Sé que me traicionó. Sé que mi familia se lo pidió. Y sé que todos parecen estar más preocupados por mantener sus secretos que por lo que esos secretos me están haciendo.

Mi padre se apartó de la mesa.

—Adrien no tenía derecho a involucrarte en asuntos que superan tu comprensión.

Solté una risa amarga.

—¿Y tú sí tenías derecho a mentirme durante toda mi vida?

Su expresión se volvió fría.

—¡Soy tu padre!

—Entonces, ¿por qué nunca te has comportado como tal?

Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas.

Por un momento, quise retirarlas.

Quise volver a tener siete años, regresar al jardín y escuchar a mi madre decirme que mi padre simplemente tenía miedo de algo que no comprendía.

Pero ya no podía regresar a aquella versión de mi vida.




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