«Los vivos necesitan creer en sus reyes. Los muertos, en cambio, ya no tienen nada que perder. Por eso me tomó tantos años comprender que las tumbas de mi familia guardaban una verdad que ningún trono podía soportar.»
Ocho años pueden cambiar el rostro de una persona.
Pueden convertir la voz de una niña en la de una mujer, transformar sus manos temblorosas en manos firmes y enseñarle a ocultar sus sentimientos detrás de una expresión que nadie consigue descifrar.
Pero ocho años no bastan para borrar una herida que nunca ha dejado de abrirse.
Yo tenía dieciocho cuando comprendí que mi padre no pensaba entregarme la verdad.
Ni al día siguiente.
Ni cuando cumpliera veinte.
Ni siquiera cuando su reino comenzara a derrumbarse bajo el peso de sus propias mentiras.
Durante aquellos años aprendí a leer los informes del consejo, a interpretar las alianzas entre las casas nobles y a reconocer las diferencias entre un regalo y un soborno. Había estudiado genealogía, diplomacia e historia militar. Conocía los nombres de los hombres que habían gobernado Eryndor antes que mi padre y podía identificar las familias que se beneficiarían si la dinastía Vhaleris desaparecía.
También aprendí a sonreír.
En las cenas reales, sonreía cuando alguien me llamaba princesa.
En las reuniones del consejo, sonreía cuando los nobles fingían olvidar que yo estaba presente.
Y cuando mi padre me preguntaba si todavía conservaba mis viejas investigaciones, lo miraba a los ojos y le respondía que hacía mucho tiempo que había dejado de buscar respuestas.
Era mi mentira favorita.
Porque la verdad era que nunca había dejado de buscarlas.
Había memorizado cada página del libro de Aveline. Había copiado los símbolos de la Cámara de la Primera Sangre y estudiado el juramento que mi padre intentó obligarme a pronunciar cuando tenía diez años.
Durante ocho años, nadie consiguió abrir la cámara.
Nadie excepto yo.
Y, aunque nunca había vuelto a cruzar su puerta, la corona de hierro seguía aguardándome en mis recuerdos.
Siete puntas.
Una base de plata.
Ninguna piedra preciosa.
Ningún adorno que pudiera confundirla con la corona de los Vhaleris.
A veces me preguntaba si aquella corona era una reliquia.
Otras noches temía que fuera una condena.
Nunca encontré una respuesta.
Hasta que los muertos comenzaron a reclamarla.
La crisis llegó durante el último invierno de mi decimoctavo año.
Primero fueron las cartas de las provincias del norte.
Los comerciantes informaban que las rutas estaban cerradas por la nieve, que varias aldeas habían agotado sus reservas y que los soldados destinados a las fortalezas fronterizas no recibían provisiones suficientes.
Después llegaron los rumores de una rebelión.
Las casas nobles de Eryndor llevaban meses acusando al rey de utilizar los impuestos para financiar una campaña militar que nadie había aprobado. Los campesinos culpaban a los recaudadores de la escasez. Los comerciantes culpaban a los nobles. Los nobles culpaban a Nocthar.
Mi padre culpaba a todos excepto a sí mismo.
—El reino está enfermo —declaró durante una reunión del consejo—, pero no permitiré que unos cuantos ingratos conviertan sus dificultades en una amenaza contra la corona.
Yo permanecía sentada al final de la mesa.
Ya no era la niña a la que enviaban fuera cuando los adultos comenzaban a hablar de asuntos importantes. Mi padre había permitido que asistiera a las reuniones porque necesitaba que la corte me viera a su lado.
Quería que los nobles recordaran que tenía una hija.
Una heredera, aunque jamás utilizara aquella palabra.
—Majestad —intervino Lord Vael—, las provincias no piden la caída de la dinastía. Piden alimentos y protección.
El rey lo miró con frialdad.
—¿Y crees que concederles ambas cosas impedirá que los rebeldes sigan avanzando?
—Creo que un pueblo hambriento escucha con más facilidad a quienes le prometen justicia.
Mi padre se levantó.
—La justicia no mantiene un reino unido. La autoridad sí.
Me quedé mirando el mapa extendido sobre la mesa.
En el norte, pequeñas marcas rojas señalaban las aldeas que habían dejado de enviar tributos. Algunas estaban demasiado cerca de las fortalezas. Otras habían cerrado sus puertas a los emisarios del rey.
Aquello no era una simple protesta.
Era el principio de una ruptura.
—¿Qué propone vuestra majestad? —preguntó uno de los consejeros.
Mi padre guardó silencio durante unos segundos.
Después pronunció una palabra que hizo que Lord Vael palideciera.
—Aveline.
Levanté la cabeza.
Hacía años que el nombre de mi abuela no aparecía en una reunión oficial.
Mi padre se volvió hacia los consejeros.
—El próximo domingo celebraremos una ceremonia en las criptas reales. Recordaremos el sacrificio de la primera reina y renovaremos el juramento que mantiene unida nuestra dinastía.
Lord Vael se puso de pie.
—Majestad, no creo que sea prudente…
—La ceremonia tendrá lugar —lo interrumpió el rey—. Y todos los miembros de la nobleza deberán asistir.
Sentí un frío que no tenía nada que ver con el invierno.
Mi padre acababa de mencionar el juramento.
El mismo juramento que había intentado ocultar.
El mismo que aparecía en la cámara bajo el altar.
Pero había algo más inquietante.
El rey no había dicho que renovaría el pacto.
Había dicho que recordaría el sacrificio de Aveline.
Como si quisiera convertir a mi abuela en una aliada de su autoridad.
Como si los muertos pudieran ser obligados a respaldar las decisiones de los vivos.
Durante los tres días siguientes, los sirvientes trabajaron sin descanso en las criptas reales.
Limpiaron las estatuas, encendieron centenares de velas y cubrieron los corredores con telas negras y plateadas. Los músicos ensayaron una marcha fúnebre, mientras los sacerdotes preparaban un altar rodeado de siete candelabros.