Hera de sangre

El juramento de la reina

«Toda corona exige una renuncia. Algunas te quitan la libertad, otras te arrebatan a las personas que amas. La mía me obligaría a elegir entre aquello que llevaba toda mi vida deseando y la posibilidad de destruir la prisión en la que había nacido.»

La mañana después de la ceremonia, Eryndor despertó con miedo.

Los comerciantes cerraron sus puestos antes del mediodía. Los nobles enviaron mensajeros a sus propiedades y los sacerdotes de la capital cancelaron las ceremonias previstas para aquella semana. En los corredores del palacio, los sirvientes hablaban de una voz que había surgido de las criptas y de una luz roja que nadie conseguía explicar.

Mi padre ordenó que los acontecimientos fueran descritos como un accidente provocado por el deterioro de las piedras antiguas.

Nadie le creyó.

Para el anochecer, la historia ya había atravesado las murallas.

En las provincias del norte, algunos comenzaron a afirmar que la dinastía Vhaleris había perdido el favor de sus antepasados. En los mercados de la capital, otros aseguraban que la corona había rechazado a su propio rey. Los nobles más ambiciosos encontraron en aquellos rumores una oportunidad para desafiar la autoridad de Kaelen.

Y, entre todas las versiones que circulaban, había una que me inquietaba más que las demás.

Decían que la sangre de la heredera había despertado.

Mi sangre.

Yo permanecía junto a la ventana de mis habitaciones, contemplando las torres cubiertas de nieve, cuando Lord Vael llamó a la puerta.

No esperaba encontrarlo allí.

Durante los últimos días, el consejero había evitado quedarse a solas conmigo. Después de la ceremonia, parecía haber envejecido varios años. Las líneas de su rostro eran más marcadas y sus ojos habían adquirido una expresión cansada que no recordaba haber visto antes.

—Princesa —dijo—. Su Majestad solicita vuestra presencia en el consejo.

—¿Para qué?

—Las provincias del norte han enviado una petición formal. Exigen que el rey explique lo ocurrido durante la ceremonia y que se aclare la posición de la heredera respecto a la corona.

Solté una risa breve.

—Qué conveniente. Durante años fingieron que no existía. Ahora todos quieren saber qué pienso.

Vael no respondió.

Tomé mi abrigo y me dirigí hacia la puerta.

Antes de salir, el consejero habló de nuevo.

—Hera, debéis tener cuidado con las palabras que pronunciéis hoy.

Me volví hacia él.

—¿Por qué? ¿Teméis que diga algo verdadero?

Vael bajó la mirada.

—Temo que descubráis que la verdad no siempre basta para impedir una tragedia.

Lo observé durante unos segundos.

—Entonces quizá haya llegado el momento de que alguien deje de utilizarla como excusa para no hacer nada.

Y salí.

El consejo estaba reunido en el salón de mapas.

Mi padre ocupaba la cabecera de la mesa. A su derecha estaba el príncipe Lucien, que había regresado de sus obligaciones militares al conocer los acontecimientos de las criptas. A la izquierda se encontraban los representantes de las casas nobles, algunos de los cuales llevaban días exigiendo explicaciones.

La conversación se interrumpió cuando entré.

El rey señaló una silla.

—Siéntate, Hera.

Lo hice.

Sobre la mesa había varias cartas, mapas de las provincias septentrionales y un documento sellado con cera roja.

Mi padre colocó la mano sobre él.

—Los representantes del norte exigen que se reconozca oficialmente tu derecho a la corona.

No mostré sorpresa.

—¿Y qué les has respondido?

—Que la sucesión de Eryndor no será determinada por supersticiones ni por fenómenos que nadie comprende.

Uno de los nobles intervino.

—Con el debido respeto, majestad, las provincias no pueden ignorar lo ocurrido. La ceremonia debía reafirmar la estabilidad de la dinastía. En cambio, ha provocado una crisis de confianza.

Mi padre lo miró con frialdad.

—¿Insinúas que debo abdicar?

—No, majestad. Insinúo que el reino necesita respuestas.

Otro noble tomó la palabra.

—Quizá la princesa deba ser nombrada heredera oficial. Su linaje podría restaurar la legitimidad de la corona.

Sentí una extraña repulsión al escuchar aquella propuesta.

No porque me asustara ocupar el trono.

Sino porque, por primera vez, comprendía que aquellos hombres no deseaban conocer la verdad sobre mi familia. Querían utilizarla para reemplazar a un rey debilitado por otra figura que pudieran controlar.

Ayer, mi sangre era una amenaza.

Hoy, era una solución.

Mañana, podría convertirse en una condena.

—No reclamaré una corona solo porque algunos nobles necesiten un nuevo símbolo para sus ambiciones —dije.

El salón quedó en silencio.

El hombre que había propuesto mi nombramiento se volvió hacia mí.

—Princesa, con el debido respeto, el reino necesita un gobernante legítimo.

—Entonces buscad una manera legítima de gobernarlo.

Mi padre golpeó la mesa.

—¡Basta!

Todos se callaron.

El rey me miró con una mezcla de furia y agotamiento.

—No puedes continuar hablando como si el futuro de Eryndor fuera un asunto personal.

—No lo es. Precisamente por eso no permitiré que lo utilicéis para resolver vuestras disputas familiares.

Mi padre se levantó.

—La reunión ha terminado.

Los nobles protestaron, pero los guardias comenzaron a acompañarlos hacia la salida.

Cuando el salón quedó vacío, mi padre se volvió hacia mí.

—¿Qué pretendes conseguir?

Lo observé.

—La verdad.

—La verdad no alimentará a las provincias, no protegerá las fronteras ni impedirá que nuestros enemigos aprovechen esta crisis.

—Las mentiras tampoco lo han conseguido.

Su mandíbula se tensó.

—No tienes idea de lo que estás provocando.

—Entonces explícame qué ocurrió con Aveline.

Mi padre apartó la mirada.




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