Hera de sangre

Los nombres que borré

«Al principio creí que quería conocer los nombres de quienes habían destruido a mi familia. Después descubrí los nombres de aquellos a quienes mi familia había destruido. Y entonces comprendí que la verdad no era una espada que pudiera utilizar contra mis enemigos sin cortarme también las manos.»

La primera vez que vi la lista completa, pensé que se trataba de un registro de muertos.

Había ciento diecisiete nombres escritos en un libro de tapas negras. Junto a algunos aparecían fechas, junto a otros pequeñas cruces de tinta y, en ciertos casos, una sola palabra.

Desterrado.

Silenciado.

Eliminado del registro.

No había explicaciones.

No había firmas.

Solo nombres.

Aquella noche, la lluvia golpeaba los ventanales de la Cámara de la Primera Sangre mientras yo leía las páginas bajo la luz de una lámpara. Habían pasado cuatro días desde que encontré la carta de Aveline, y todavía no había decidido qué hacer con la corona de hierro.

Sin embargo, había tomado una decisión respecto a otra cosa.

No permitiría que los nombres de aquellas personas desaparecieran también.

Al principio busqué a los familiares de los antiguos monarcas. Creía que encontraría los nombres de los nobles que habían conspirado contra Aveline, de los consejeros que habían permitido la corrupción del juramento y de los hombres que habían ayudado a mi padre a ocultar la historia.

Encontré algunos.

Pero la mayoría de los nombres pertenecía a personas que jamás habían ocupado un lugar en la corte.

Panaderos.

Escribanos.

Guardias.

Mensajeros.

Mujeres que habían trabajado en las habitaciones de la reina.

Familias enteras cuyo único delito parecía haber sido conocer una verdad en el momento equivocado.

Me detuve en la página treinta y dos.

Allí aparecía un nombre que reconocí inmediatamente.

Seraphine Vhaleris.

Mi madre.

Junto a su nombre había una anotación.

Acceso a los archivos revocado. Supervisión permanente. Correspondencia restringida.

Debajo, alguien había escrito otra frase.

Su hija deberá permanecer ignorante del juramento.

Sentí que la lámpara temblaba entre mis dedos.

No era una lista de muertos.

Era una lista de personas a las que la dinastía había considerado peligrosas.

Personas cuya existencia debía limitarse, cuyos nombres debían borrarse o cuyas historias debían desaparecer para que el poder pudiera permanecer intacto.

Pasé a la página siguiente.

Encontré el nombre de una familia entera.

Los Thorne.

Seis personas, todas registradas durante el mismo año. Junto a sus nombres aparecía la misma anotación: Exilio por colaboración con los archivos de Aveline.

Al final de la lista había una nota escrita con una letra diferente.

Una descendiente permanece en Eryndor. No debe permitirse que descubra el propósito de su familia.

Me quedé mirando el nombre.

Mireya Thorne.

No sabía quién era.

Pero, por primera vez, comprendí que la lista no se había escrito para recordar a quienes habían muerto.

Se había escrito para que alguien pudiera comprobar que el silencio había funcionado.

Que las personas habían desaparecido.

Que las preguntas se habían detenido.

Que la historia había seguido adelante sin ellas.

Cerré el libro.

Y sentí una vergüenza que no sabía cómo explicar.

Porque durante años había pensado que mi familia era la única víctima de sus propios secretos.

Ahora comenzaba a comprender que nuestra tragedia había sido posible gracias a muchas otras tragedias que nadie se había molestado en contar.

Encontré a Mireya Thorne en el patio de armas.

Tenía veintidós años, el cabello oscuro recogido detrás de la cabeza y una pequeña cicatriz que atravesaba una de sus cejas. Llevaba una armadura ligera y discutía con un instructor acerca de la distribución de los guardias durante los cambios de turno.

La había visto antes en los corredores, pero nunca habíamos hablado.

Cuando el instructor se marchó, me acerqué.

—¿Mireya Thorne?

Ella se volvió inmediatamente.

Al reconocerme, inclinó la cabeza.

—Princesa.

—Necesito hablar contigo.

Su expresión cambió.

—¿He cometido algún error?

—No lo sé. Por eso estoy aquí.

Mireya me observó con cautela.

Había algo en su manera de mantenerse erguida que me recordó a mi madre. No parecía impresionada por mi título, pero tampoco intentaba provocarme.

—¿De qué se trata?

Saqué un pequeño papel en el que había copiado los nombres de su familia.

En cuanto lo vio, su rostro perdió el color.

No intentó esconder su reacción.

No preguntó de dónde lo había sacado.

Solo miró el papel como si acabara de encontrar algo que llevaba años intentando olvidar.

—¿Dónde consiguió esto?

—En los archivos antiguos.

Mireya levantó la mirada.

—Esos documentos no deberían existir.

—Lo sé.

Durante unos segundos, ninguna de las dos habló.

Después ella dejó los guantes sobre una mesa.

—Mi abuela decía que nuestra familia había cometido un delito del que nadie quería hablar. Decía que mi bisabuelo había trabajado para la reina Aveline y que, cuando ella desapareció, los Vhaleris nos acusaron de robar documentos reales.

—¿Fue cierto?

Mireya negó lentamente con la cabeza.

—Mi familia fue expulsada sin juicio. Les confiscaron las tierras y prohibieron que sus descendientes trabajaran en la administración real. Mi abuela creció escuchando que debía agradecer que les hubieran permitido permanecer en Eryndor.

Bajó la mirada hacia el papel.

—Nunca supimos qué habían encontrado aquellos documentos.

Sentí que el silencio entre nosotras cambiaba.

Hasta entonces, había pensado que descubrir la historia de mi familia me ayudaría a comprender quién era.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.