Hera de sangre

Amar a una condenada

«Lo más cruel de amar a alguien no es descubrir que puede hacerte daño. Es descubrir que, incluso después de conocer su peor mentira, una parte de ti todavía recuerda la persona que creíste que era.»

La carta de Adrien permaneció cerrada sobre mi escritorio durante dos días.

No la escondí.

Tampoco se la entregué a Mireya para que averiguara si contenía alguna trampa. Me limité a dejarla allí, junto al libro negro de los nombres borrados, como si ambos objetos estuvieran esperando que decidiera cuál de los dos merecía mi atención.

El sello plateado llevaba el emblema de Nocthar: un cuervo con las alas extendidas.

Lo había visto cientos de veces durante mi infancia. Aparecía en los estandartes de los visitantes extranjeros, en los documentos diplomáticos y en los carruajes que cruzaban las puertas del palacio.

Pero nunca había comprendido por qué aquel símbolo me producía una sensación tan desagradable.

Hasta que Adrien me traicionó.

Desde entonces, cada cuervo me recordaba al muchacho que había permanecido junto a la entrada de la cámara mientras los guardias me apartaban del altar. Recordaba su rostro, su silencio y aquella única palabra que había pronunciado cuando le pregunté si había informado a mi padre.

Sí.

Una sola palabra.

A veces, las traiciones más importantes no necesitan discursos.

Basta con una respuesta que confirma aquello que todavía esperabas que fuera mentira.

La tercera noche, tomé la carta.

Rompí el sello con cuidado y desplegué la hoja.

La letra era de Adrien.

Reconocí la forma en que inclinaba las letras hacia la derecha y la manera en que trazaba las líneas como si cada palabra hubiera sido pensada antes de llegar al papel.

Comencé a leer.

Hera:

No espero que respondas a esta carta. Tampoco espero que me perdones.

He pasado mucho tiempo intentando encontrar una explicación que hiciera parecer razonable lo que hice en la capilla. Durante meses me convencí de que impedirte entrar en la cámara era la única manera de protegerte. Me dije que, si conseguía mantenerte lejos de aquellos documentos, podría evitar una guerra entre nuestros reinos.

Ahora comprendo que estaba intentando protegerme a mí mismo.

Sentí que los dedos se me tensaban alrededor del papel.

Continué.

Mi padre me ordenó impedir que descubrieras la verdad porque nuestra familia también participó en la creación del juramento. Nocthar no fue una víctima de los Vhaleris. Ambos reinos aceptaron un pacto que debía limitar el poder de sus gobernantes, pero nuestros antepasados encontraron la manera de utilizarlo para conservar sus privilegios.

Mi padre teme que los archivos que buscas revelen que los Nocthar se beneficiaron de la desaparición de Aveline. Tiene razón en algo: si los documentos se hacen públicos, nuestra dinastía perderá su legitimidad.

Pero eso no significa que tenga derecho a ocultarlos.

Me detuve.

Era extraño leer aquellas palabras después de tantos años de escuchar a las personas de mi familia justificar sus decisiones con la misma frase.

No había otra manera.

Adrien había escrito algo distinto.

Había otra manera. Simplemente tuve miedo de elegirla.

Volví a leer aquella línea.

Después llegué al final de la carta.

Regresaré a Eryndor con los registros originales de Nocthar. En ellos encontrarás la parte del juramento que falta en los archivos de tu familia.

Te pido una sola cosa: no me creas porque alguna vez confiamos el uno en el otro. No me creas porque compartimos secretos ni porque todavía recuerdes nuestras conversaciones en la biblioteca.

Lee los documentos. Comprueba cada palabra. Después decide qué merezco.

No intentaré impedirlo.

Adrien.

Doblé la carta lentamente.

No había una disculpa capaz de devolverme la confianza que había perdido.

Pero, por primera vez, Adrien no me estaba pidiendo que confiara en él.

Me estaba pidiendo que examinara las pruebas.

Y aquello era mucho más difícil de rechazar.

—Vas a verlo.

Mireya estaba sentada junto a la ventana, revisando las copias de los documentos de Aveline.

No levanté la vista.

—No he dicho eso.

—No necesitas decirlo. Llevas diez minutos leyendo la misma carta.

Cerré el sobre.

—¿Crees que debería negarme a recibirlo?

Mireya dejó los papeles sobre la mesa.

—Creo que deberías decidirlo por ti misma.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darte.

Se levantó y caminó hasta el escritorio.

Leyó el nombre de Adrien en el exterior de la carta.

—¿Todavía lo quieres?

La pregunta me sorprendió tanto que tardé en contestar.

Hacía años que no pensaba en mis sentimientos hacia el príncipe de una manera tan directa. Había guardado sus recuerdos en el mismo lugar donde ocultaba las cosas que no estaba preparada para comprender.

Me había dicho que lo odiaba.

Me había convencido de que el odio era más sencillo que la decepción.

Pero la verdad era más complicada.

Recordaba sus conversaciones en la biblioteca, la forma en que había escuchado mis preguntas y el modo en que me había hablado como si mis pensamientos tuvieran importancia.

También recordaba la capilla.

No podía separar al muchacho que me había ayudado de aquel que había revelado mis planes.

Ambos habían sido Adrien.

Ambos habían formado parte de mi historia.

—No lo sé —respondí finalmente.

Mireya asintió, como si aquella fuera una respuesta que comprendía.

—Entonces no tomes una decisión sobre él hasta que sepas qué sientes. Pero tampoco permitas que lo que sientes decida qué hacer con los documentos.

Miré el libro negro sobre el escritorio.

Los nombres borrados.

Las órdenes de mi padre.

Las pruebas de los errores de ambos reinos.

Mireya tenía razón.




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