«Toda familia tiene un secreto que preferiría enterrar. La mía tenía uno tan antiguo que había construido un reino entero para mantenerlo bajo tierra. Y cuando finalmente encontré su nombre, comprendí que no había heredado una corona. Había heredado las consecuencias de un sacrificio que nadie se atrevió a recordar.»
Mara Veyr me pidió que apagara la lámpara.
No lo hice inmediatamente.
La observé junto al retrato de Aveline, con su abrigo gris y las manos cruzadas frente al cuerpo. Parecía una mujer que llevaba demasiado tiempo esperando aquel momento y que, aun así, habría preferido no llegar nunca a él.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque hay cosas que deben contemplarse en la oscuridad.
—Eso parece una de esas frases que los ancianos utilizan cuando no quieren responder a una pregunta.
Mara levantó una ceja.
Por primera vez desde que la conocía, sonrió de verdad.
—Tu abuela decía exactamente lo mismo.
La sonrisa desapareció de mi rostro.
—No vuelva a hablar de ella como si la hubiera conocido mejor que yo.
La anciana bajó la mirada.
—Tienes razón. No puedo pedirte que confíes en mí solo porque fui amiga de tu familia. He guardado demasiados secretos para pretender que soy inocente.
Aquella respuesta me sorprendió.
Había esperado una explicación, quizá otra advertencia sobre los peligros de la verdad. No esperaba que admitiera su propia responsabilidad.
Apagué la lámpara.
La oscuridad cubrió la cámara.
Durante unos segundos, solo escuché nuestra respiración y el sonido distante del viento que recorría las piedras del palacio.
Entonces Mara habló.
—Elara Vhaleris no fue una reina olvidada, Hera. Fue la mujer a la que le arrebataron hasta el derecho de ser recordada.
Sentí que la piel se me erizaba.
—¿Quién era?
Mara se volvió hacia el retrato de Aveline.
—Era su hermana mayor.
Mucho antes de que los Vhaleris llevaran una corona, antes de que Eryndor tuviera murallas o de que Nocthar levantara sus fortalezas en las montañas del norte, existían siete territorios gobernados por siete familias.
No había un reino unido.
Cada familia defendía sus tierras, sus recursos y sus fronteras. Las alianzas duraban mientras resultaban convenientes, y las promesas se rompían en cuanto alguien encontraba una manera de obtener más poder.
Fue durante una de aquellas guerras cuando nacieron Aveline y Elara.
Las dos hermanas crecieron en la casa de una familia que todavía no poseía ningún derecho real. Su padre era uno de los siete representantes que intentaban impedir que los conflictos destruyeran los territorios.
Aveline era impulsiva, orgullosa y tenía una capacidad extraordinaria para reconocer las debilidades de los demás.
Elara era diferente.
No deseaba conquistar tierras ni dirigir ejércitos. Se interesaba por los registros antiguos, las leyes y los acuerdos que mantenían unidas a las comunidades. Creía que un gobernante debía tener límites y que ningún apellido podía convertir a una persona en dueña de la vida de los demás.
—Mi abuela era la más joven de las dos —explicó Mara—. Admiraba a Elara. Durante años, creyó que su hermana siempre encontraría una manera de reparar cualquier injusticia.
—¿Y qué ocurrió?
Mara guardó silencio unos segundos.
—Los siete representantes firmaron un pacto para terminar con las guerras. Crearon una corona que no podía pertenecer de forma permanente a ninguna familia. Quien la recibiera se convertiría en guardián del acuerdo, no en propietario de los territorios.
Miré la corona de hierro sobre el pedestal.
Por primera vez, comprendí por qué no se parecía a la corona de mi padre.
Aquella pieza no había sido diseñada para demostrar riqueza.
No tenía piedras preciosas ni adornos que celebraran las conquistas de una dinastía.
Era sencilla porque no debía representar la grandeza de quien la llevaba.
Debía recordar sus obligaciones.
—¿Elara fue la primera guardiana? —pregunté.
Mara asintió.
—Los siete representantes confiaron en ella porque creían que no utilizaría la corona para favorecer a su familia. Aveline la apoyó desde el principio. Durante un tiempo, el pacto funcionó.
—¿Y después?
La anciana suspiró.
—Después descubrieron que un acuerdo justo no convierte automáticamente en justas a las personas que lo firman.
Los primeros años fueron pacíficos.
Los territorios comenzaron a compartir recursos, se establecieron límites para los impuestos y las disputas entre familias debían presentarse ante un consejo común.
Elara se encargaba de custodiar los documentos originales. Cada decisión importante quedaba registrada, y ningún guardián podía modificar las cláusulas sin el consentimiento de los siete representantes.
Pero algunos de ellos comenzaron a impacientarse.
No querían compartir sus privilegios.
No querían someter sus decisiones a un consejo.
Y, sobre todo, no querían aceptar que la corona tuviera límites.
Entre quienes más deseaban cambiar el acuerdo estaba Aldric, un hombre de la familia Vhaleris que había ganado prestigio durante las guerras.
Aldric admiraba a Aveline.
También comprendía que podía utilizar aquella admiración para conseguir lo que deseaba.
—Le ofreció convertirla en reina —continuó Mara—. Le prometió que, si lo ayudaba a reorganizar los territorios, podría fundar una dinastía estable y terminar con las disputas entre las familias.
—Pero eso habría destruido el pacto.
—Sí.
—¿Y Aveline aceptó?
Mara cerró los ojos.
—Al principio, no. Rechazó la propuesta de Aldric. Pero él sabía que una guerra estaba a punto de comenzar de nuevo y convenció a varios representantes de que el consejo era demasiado lento para protegerlos.
Las familias comenzaron a dividirse.
Unas querían conservar el pacto.