«Durante toda mi vida quise que el nombre Vhaleris significara algo más que una vergüenza. Pasé años intentando demostrar que merecía llevarlo, hasta que descubrí que el verdadero precio de conservarlo era seguir defendiendo una historia que había destruido a demasiadas personas.»
La mañana en que decidí renunciar a mi derecho sobre la corona, el cielo amaneció sin estrellas.
Una neblina espesa cubría las torres de Eryndor y se extendía sobre los jardines del palacio. Las fuentes estaban congeladas, las estatuas parecían figuras abandonadas en un cementerio y las rosas negras se inclinaban bajo el peso de la escarcha.
El invierno estaba llegando a su fin.
Pero el reino todavía no conocía la paz.
Durante las últimas semanas, los documentos de la primera dinastía habían circulado por las provincias. Los registros de las personas desterradas ya no podían ocultarse en un solo edificio, y las familias cuyos nombres habían sido borrados comenzaban a reunirse para reclamar justicia.
Mi padre había perdido parte del apoyo de los nobles.
Las provincias del norte exigían una nueva estructura de gobierno.
Y en la capital, los ciudadanos se dividían entre quienes deseaban que Kaelen abandonara el trono y quienes temían que su caída provocara otra guerra.
Todos hablaban de la corona.
Todos hablaban de mi sangre.
Y casi nadie hablaba de las personas cuyos nombres habían permanecido ocultos durante generaciones.
Aquello tenía que cambiar.
Por eso, aquella mañana, pedí una audiencia pública en el salón de los siete arcos.
No quería que mis palabras fueran pronunciadas únicamente ante los consejeros. No quería entregar un documento que mi padre pudiera guardar en un cajón ni permitir que los nobles decidieran qué partes de mi declaración merecían llegar a las provincias.
Quería que todos escucharan la verdad.
Incluso quienes preferían no conocerla.
Sobre mi escritorio descansaban tres objetos: la carta de Aveline, el registro de los ciento diecisiete nombres y una pequeña caja de madera que contenía el broche de la dinastía Vhaleris.
Durante años había llevado aquel broche como si fuera una prueba de que pertenecía a mi familia.
Lo levanté entre los dedos.
La corona grabada en la plata parecía observarme.
Recordé a la niña que había esperado frente al trono, deseando que su padre la reconociera delante de todos.
Recordé a la joven que había descubierto la cámara y creyó que la verdad bastaría para corregir su vida.
Y recordé a la mujer que, por primera vez, estaba a punto de decidir quién quería ser sin pedir permiso a nadie.
Dejé el broche dentro de la caja.
No lo hice con rabia.
Tampoco con tristeza.
Lo hice porque había comprendido que el nombre de mi familia no podía seguir siendo una excusa para reclamar aquello que nunca debió pertenecerle.
Llamaron a la puerta.
Mireya entró con un documento entre las manos.
—El salón está preparado —anunció—. Los representantes de las provincias han llegado. También hay ciudadanos esperando en el patio.
Me levanté.
—¿Y mi padre?
—Está en el salón del consejo. Lord Vael intenta convencerlo de que cancele la audiencia.
Asentí.
—Entonces será mejor que no les hagamos esperar.
Mireya observó la caja de madera.
—¿Vas a hacerlo de verdad?
Sabía a qué se refería.
Renunciar al derecho de utilizar mi linaje como una reclamación sobre el trono.
Devolver la corona a la Cámara de la Primera Sangre.
Permitir que los documentos fueran examinados públicamente, incluso si eso significaba que la historia de mi familia quedaría expuesta para siempre.
—Sí —respondí.
Mireya bajó la mirada.
—¿Y si después de hacerlo nadie vuelve a llamarte princesa?
Cerré la caja.
—Entonces tendré que aprender a responder cuando me llamen por mi nombre.
El salón de los siete arcos estaba lleno cuando entré.
Las casas nobles ocupaban los bancos principales. Los representantes de las provincias se sentaban junto a los escribanos, mientras los ciudadanos que habían conseguido entrar permanecían de pie cerca de las columnas.
En el extremo opuesto, mi padre esperaba junto al trono.
Llevaba la corona de los Vhaleris.
A su lado se encontraban el príncipe Lucien y Lord Vael.
Mi madre permanecía entre los representantes de la corte, vestida de gris oscuro. Cuando nuestras miradas se encontraron, no intentó sonreír.
Simplemente inclinó la cabeza.
Era una forma silenciosa de decirme que, aunque no podía elegir por mí, respetaría mi decisión.
Caminé hasta el centro del salón.
No llevaba el broche de la dinastía.
Tampoco llevaba joyas.
Había elegido un vestido sencillo de terciopelo oscuro, con las mangas bordadas en hilo plateado. El cabello me caía sobre los hombros y, en mis manos, sostenía una carpeta con copias de los documentos originales.
Los murmullos se apagaron lentamente.
El rey se puso de pie.
—Hera Vhaleris ha solicitado esta audiencia para presentar una declaración sobre los acontecimientos recientes. Escucharemos sus palabras y después el consejo determinará qué medidas deben adoptarse.
La forma en que pronunció mi nombre me llamó la atención.
No dijo mi hija.
Dijo mi nombre completo, como si quisiera recordar a todos que yo seguía perteneciendo a la familia real.
Por primera vez, no me molestó.
Sabía quién era mi padre.
Sabía de dónde provenía mi apellido.
Y no necesitaba negar ninguna de esas cosas para decidir que no estaba obligada a repetir la historia que había heredado.
Me coloqué frente a los representantes.
Abrí la carpeta.
Y comencé.
—Durante toda mi vida, me enseñaron que la familia Vhaleris había recibido el derecho de gobernar Eryndor por voluntad de sus antepasados. Me dijeron que la corona representaba la continuidad de nuestro reino y que cualquier persona que cuestionara su autoridad ponía en peligro la estabilidad de nuestras tierras.