«Los enemigos te enseñan a vigilar las puertas. Los amigos te enseñan a bajar la guardia. Pero los traidores más peligrosos no necesitan entrar en tu casa: llevan tanto tiempo viviendo en tu corazón que nunca se te ocurre preguntar qué hacen allí.»
La carta de las provincias septentrionales permaneció sobre la mesa del consejo durante tres días.
Nadie se atrevía a retirarla.
Era como si aquel pequeño trozo de pergamino tuviera el poder de dividir el reino con solo permanecer a la vista.
Los representantes del norte habían suspendido el envío de tributos. Tres casas nobles anunciaron que reconocerían una nueva autoridad si Kaelen se negaba a aceptar los límites del juramento. Y los rumores sobre un posible levantamiento comenzaron a extenderse por las aldeas cercanas a la capital.
Mi padre respondió reforzando las murallas.
Los soldados recibieron órdenes de permanecer en sus puestos. Las puertas de la ciudad se cerraron antes del anochecer y varios mensajeros fueron detenidos para comprobar el contenido de sus cartas.
Eryndor estaba conteniendo la respiración.
Y yo comenzaba a comprender que, en ocasiones, un reino puede estar a punto de destruirse mucho antes de que se escuche el primer grito.
Aquella mañana encontré a Mireya en el despacho de los archivos.
Llevaba horas revisando los documentos rescatados del incendio. Tenía manchas de tinta en los dedos y varias páginas extendidas frente a ella.
—Han llegado nuevos informes —me dijo sin levantar la cabeza—. Las provincias no aceptarán otra respuesta del rey. Quieren una fecha para la investigación pública y garantías de que no habrá más detenciones.
Dejé mi abrigo sobre una silla.
—¿Y el consejo?
—Está dividido. Algunos representantes quieren negociar. Otros creen que debemos aceptar inmediatamente la formación de un nuevo gobierno.
—¿Quién propone el nuevo gobierno?
Mireya levantó la vista.
—Lady Isolde Ravencourt.
No me sorprendió.
Isolde había esperado durante semanas la oportunidad de convertir la crisis en una alianza política. Quería que yo encabezara un nuevo gobierno y que las casas nobles obtuvieran garantías a cambio de su apoyo.
Pero todavía no había logrado convencerme.
—¿Qué condiciones propone esta vez? —pregunté.
Mireya me entregó un documento.
Lo leí lentamente.
El plan exigía que mi padre entregara temporalmente la autoridad ejecutiva al consejo, que se reconociera mi posición como heredera de Aveline y que las provincias aceptaran una nueva estructura de gobierno bajo mi representación.
No se mencionaba la corona de hierro.
Tampoco la renuncia que yo había anunciado públicamente.
El documento era una forma de restaurar el poder de la dinastía utilizando mi nombre.
—No voy a aceptar esto —dije.
Mireya asintió.
—Me lo imaginaba.
Doblé el papel.
—Pero necesitamos impedir que la situación empeore. Si mi padre continúa deteniendo a personas y cerrando las puertas de la capital, las provincias podrían interpretar cada una de sus decisiones como una declaración de guerra.
—¿Qué propones?
—Una reunión pública entre el consejo y los representantes del norte. Sin condiciones secretas. Sin títulos nuevos. Cada parte deberá presentar sus exigencias y aceptar que los documentos sean revisados por personas que no pertenezcan a ninguna de las dos familias reales.
Mireya guardó silencio.
—¿Y si Isolde se niega?
—Entonces sabremos que su prioridad no es la investigación.
Me devolvió una pequeña sonrisa.
—A veces olvido que también aprendiste de Lord Vael.
Su nombre me produjo una incomodidad inesperada.
Durante años, el consejero me había enseñado a observar las intenciones detrás de las palabras. Me había explicado que las personas podían utilizar las promesas como herramientas y que quienes hablaban de estabilidad no siempre buscaban proteger a los demás.
Pero Lord Vael también había participado en los secretos de mi familia.
Todavía no sabía cuánto conocía sobre la desaparición de Aveline.
Ni qué había hecho para mantener aquella historia oculta.
—Precisamente por eso —respondí—, no pienso aceptar una propuesta sin conocer quién la escribió.
Mireya asintió.
—Entonces averigüemos quién está moviendo las piezas.
La primera pista llegó esa misma tarde.
Un mensajero de las provincias septentrionales solicitó una reunión privada conmigo. Se llamaba Edric Vale y representaba a tres comunidades que habían presentado reclamaciones por las tierras confiscadas durante los últimos reinados.
Lo recibí en una sala pequeña, acompañado por Mireya.
Edric parecía agotado.
Traía una carpeta de documentos y una expresión que no conseguía ocultar su desconfianza.
—Princesa, he venido porque alguien está utilizando el nombre de vuestra familia para convencer a nuestros representantes de que deben levantarse contra el rey.
Lo invité a sentarse.
—¿Quién?
—No lo sé con certeza. Las cartas llegan con el sello de varias casas nobles, pero las instrucciones parecen proceder de una misma persona.
Sacó un documento y lo colocó sobre la mesa.
Era una carta dirigida a los representantes del norte.
La princesa Hera no puede reclamar la corona abiertamente mientras continúe vigente la autoridad de Kaelen. Si las provincias suspenden los tributos y exigen su destitución, el consejo no tendrá alternativa. Una vez que la princesa asuma el gobierno, se podrán restaurar los derechos de las familias afectadas.
Fruncí el ceño.
—Yo nunca he autorizado esta propuesta.
—Lo sabemos —respondió Edric—. Pero algunos representantes creen que, aunque no lo hayáis anunciado, estáis preparando vuestra ascensión al trono. Otros piensan que la crisis es la única manera de obligar al rey a escuchar.
Mireya tomó la carta.