Hera de sangre

La noche en que cayó el cielo

«Siempre imaginé que el fin de mi reino llegaría acompañado de ejércitos, espadas y enemigos levantando sus estandartes sobre nuestras murallas. Nunca imaginé que comenzaría con una campana, una puerta abierta y la voz de mi padre ordenando destruir aquello que había jurado proteger.»

La investigación terminó al caer la primera nieve.

No porque hubiéramos descubierto toda la verdad, sino porque alguien decidió que era demasiado peligrosa para seguir existiendo.

El último informe del consejo desapareció durante la noche. Tres escribanos abandonaron la capital sin despedirse de sus familias y uno de los representantes de las provincias fue encontrado inconsciente junto a la puerta de su alojamiento.

Nadie sabía quién había dado las órdenes.

Nadie conseguía encontrar a Lord Vael.

Y Lady Isolde Ravencourt había dejado de asistir a las reuniones del consejo.

Su residencia permanecía cerrada, sus criados aseguraban que se encontraba enferma y sus mensajeros se negaban a responder las preguntas de los guardias.

Todo indicaba que la conspiración estaba a punto de llegar a su desenlace.

Pero había algo que no encajaba.

Las cartas que supuestamente había enviado Isolde no estaban escritas con la misma letra. Algunas utilizaban expresiones que ella jamás habría empleado. Otras contenían información que solo podía proceder de los archivos privados del rey.

Y el documento que la vinculaba directamente con la propuesta de una nueva autoridad tenía una fecha anterior a la publicación de los registros de Aveline.

Aquello significaba que alguien llevaba preparando el cambio de gobierno mucho antes de que yo descubriera los nombres borrados.

Isolde podía haber participado.

Podía estar intentando aprovechar la crisis.

Pero no había iniciado todo aquello por sí sola.

La conspiración era más antigua.

Y, si quería descubrir quién la había construido, tendría que encontrar a la única persona que conocía los secretos de ambos reinos desde antes de mi nacimiento.

Lord Vael Draven.

Lo encontré en la antigua capilla.

Estaba arrodillado junto al altar, con varios documentos extendidos sobre las piedras. No llevaba sus túnicas de consejero. Vestía una capa oscura y tenía una pequeña herida en la frente, cubierta con un trozo de tela.

Cuando entré, levantó la cabeza.

—Has tardado demasiado, Hera.

Cerré la puerta.

—Llevas tres días desaparecido. ¿Dónde estabas?

Vael comenzó a recoger los documentos.

—Intentando averiguar quién ha estado utilizando los archivos reales para preparar un levantamiento.

—¿Y lo has descubierto?

No contestó inmediatamente.

En lugar de hacerlo, me entregó una hoja de pergamino.

Reconocí el sello de la corona de Eryndor.

Era una orden fechada varios meses antes de mi declaración pública.

La leí.

El documento autorizaba la creación de un grupo especial encargado de vigilar a los representantes de las provincias y recopilar información sobre las familias que habían solicitado revisar los destierros.

Mi padre había firmado la orden.

Pero la última cláusula me hizo sentir un escalofrío.

En caso de que las provincias se nieguen a reconocer la autoridad del soberano, deberá permitirse que la oposición avance hasta un punto en que pueda ser presentada como una amenaza directa contra la seguridad del reino. Entonces se procederá a recuperar el control mediante las medidas necesarias.

Leí la frase nuevamente.

—¿Qué significa esto?

Vael bajó la mirada.

—Que alguien pretendía utilizar la revuelta para justificar una concentración aún mayor del poder real.

—¿Mi padre?

—La firma es suya.

—Te he preguntado si él lo ordenó.

El consejero guardó silencio.

Finalmente, habló.

—Kaelen aprobó la vigilancia de las provincias. Quería conocer la identidad de quienes preparaban una rebelión. Pero no sé si comprendía el alcance del plan completo.

—¿Y tú?

Vael cerró los ojos.

—Yo preparé parte de los informes que se utilizaron para justificar la vigilancia. Creí que era necesario para impedir una guerra.

Me quedé inmóvil.

—¿También sabías que pretendían utilizar la crisis para justificar más detenciones?

—Lo sospechaba.

La respuesta fue tan tranquila que me dolió más que una mentira.

—¿Y guardaste silencio?

Vael levantó la cabeza.

—Sí.

Me aparté de él.

Durante años había considerado a Lord Vael un maestro, una figura que me había enseñado a comprender las reglas de la corte. Después había descubierto que conocía secretos que me ocultaba. Ahora comprendía que su silencio había contribuido a mantener un sistema que podía destruir a quienes pretendíamos proteger.

—Todos dicen que tienen miedo de una guerra —susurré—. Todos afirman que sus decisiones son necesarias. ¿Cuándo deja de ser suficiente el miedo para justificar lo que hacemos?

Vael no respondió.

—¿Cuándo decidiste que podías elegir qué personas debían sufrir para mantener la paz?

El consejero bajó la cabeza.

—No lo sé.

Lo observé durante largo tiempo.

Por primera vez, no vi al hombre que me había enseñado a reconocer las intenciones de los demás.

Vi a alguien que había pasado tantos años justificando sus decisiones que había olvidado cuándo comenzó a hacerlo.

—¿Quién está detrás del plan? —pregunté.

Vael sacó otro documento.

Esta vez, el sello pertenecía a una casa noble desaparecida de los registros oficiales.

Debajo aparecía un nombre.

El Círculo del Umbral.

—Durante generaciones —explicó—, varias personas de la corte han protegido el secreto del juramento. No pertenecen exclusivamente a Eryndor ni a Nocthar. Sus integrantes cambian de nombre, de cargo y de alianza, pero comparten una misma idea: el reino necesita una autoridad lo bastante fuerte para mantener el orden, aunque esa autoridad tenga que construirse sobre una mentira.




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