«Hay personas que mueren y reciben tumbas. Otras desaparecen y se convierten en leyendas. Pero las más peligrosas son aquellas cuya muerte necesita ser demostrada, porque mientras no exista un cuerpo, siempre habrá alguien dispuesto a preguntarse si algún día regresarán.»
El primer amanecer sin juramento llegó acompañado de un silencio que no supe interpretar.
Las campanas de Eryndor habían dejado de sonar. El resplandor rojo había desaparecido del cielo y las últimas nubes de la tormenta se alejaban lentamente hacia las montañas del norte.
Sin embargo, el reino no parecía haber despertado.
Las calles permanecían cubiertas de polvo. Las puertas del palacio estaban abiertas, aunque ningún guardia se atrevía a abandonar su puesto. Los nobles caminaban por los corredores con los rostros pálidos, y los sirvientes recogían los fragmentos de las ventanas como si cada pedazo de cristal representara algo que jamás podría repararse.
La corona había regresado a la cámara.
El juramento había terminado.
Y mi padre había desaparecido.
Durante las primeras horas, los soldados registraron cada habitación del palacio. Revisaron las torres, los pasadizos, las criptas y las dependencias que habían quedado dañadas por el derrumbe. Enviaron patrullas a las puertas de la ciudad y mensajeros a las fortalezas cercanas.
No encontraron a Kaelen Vhaleris.
Tampoco encontraron su corona.
La que había llevado durante tantos años desapareció aquella noche, y nadie supo si había quedado sepultada entre las piedras o si alguien se la había llevado.
Mi hermano Lucien se negó a abandonar la búsqueda.
Lo encontré en el patio occidental, cubierto de polvo y con los ojos enrojecidos por el cansancio. Había pasado toda la noche interrogando a los guardias que se encontraban en el salón del trono cuando comenzó el derrumbe.
—Debes descansar —le dije.
No levantó la cabeza.
—No pienso detenerme hasta encontrarlo.
Me senté junto a él.
Durante años, Lucien había representado todo aquello que yo deseaba y no podía conseguir. Había recibido el reconocimiento de nuestro padre, las atenciones de la corte y el derecho de ocupar un lugar que a mí me habían negado.
Pero nunca lo había odiado.
En el fondo, éramos dos hijos de la misma familia que habíamos aprendido a sobrevivir de maneras diferentes.
Él había intentado ser el hijo perfecto.
Yo había intentado demostrar que no era una desgracia.
Ninguno había conseguido que nuestro padre dejara de tener miedo.
—¿Crees que está muerto? —preguntó Lucien.
Contemplé las torres agrietadas.
—No lo sé.
Mi hermano cerró los ojos.
—Siempre pensé que, cuando llegara el día en que tuviera que enfrentarme a él, sabría qué decirle. Imaginaba que le preguntaría por qué había hecho tantas cosas y que, por fin, tendría que responderme.
Su voz se quebró.
—Ahora ni siquiera sé dónde está.
No supe qué contestar.
Porque yo también había imaginado aquel encuentro.
Había pasado años deseando que mi padre me reconociera, que admitiera sus errores y que me explicara por qué había permitido que nuestra familia se convirtiera en una prisión construida con mentiras.
Y ahora que podía no volver a verlo, descubrí que todavía existían preguntas que deseaba hacerle.
No porque necesitara su aprobación.
Sino porque algunas heridas permanecen abiertas incluso cuando dejamos de esperar que la persona que las causó venga a repararlas.
Le apoyé una mano en el hombro.
—Lo encontraremos.
No sabía si era verdad.
Pero, por primera vez, comprendí que algunas promesas no se hacen porque conozcamos el futuro.
Se hacen porque todavía no estamos preparados para aceptar su incertidumbre.
La reunión del consejo tuvo lugar en una sala que había sobrevivido al derrumbe.
Faltaban varias ventanas, y las columnas de piedra estaban cubiertas de grietas. Los representantes de las provincias se sentaron alrededor de una mesa provisional, mientras los escribanos intentaban organizar los documentos que habían logrado salvar.
Mireya permanecía a mi lado.
Ninguna de las dos había dormido.
El consejo debía decidir quién asumiría la administración temporal del reino, cómo se reabrirían las rutas comerciales y qué medidas se adoptarían para impedir que los enfrentamientos de la capital se extendieran a las provincias.
Pero la primera cuestión fue mucho más sencilla.
—La princesa Hera debe ocupar el trono —declaró uno de los nobles.
Sentí que el cuerpo se me tensaba.
Otro representante asintió.
—Es la descendiente de Aveline. La corona la reconoció y ella consiguió poner fin al juramento. No existe otra persona con un derecho tan claro.
—No —respondí.
Todas las miradas se volvieron hacia mí.
El hombre frunció el ceño.
—Princesa, el reino necesita una autoridad.
—Necesita un gobierno. No he dicho que yo deba ser quien lo dirija.
—¿Vais a abandonar Eryndor después de todo lo ocurrido?
—No he dicho eso tampoco.
Me levanté.
Sobre la mesa se encontraban los documentos del pacto original, las listas de las familias desterradas y las actas de las primeras reuniones de la comisión.
Señalé los papeles.
—Durante generaciones, nuestra familia ha utilizado el juramento para justificar la autoridad de los Vhaleris. Los documentos demuestran que ese no era su propósito. Si ahora me entregáis el trono por mi sangre, habréis cambiado el nombre de quien gobierna, pero no habréis cambiado la razón por la que creemos que alguien tiene derecho a hacerlo.
Un representante de las provincias del este golpeó suavemente la mesa.
—¿Y qué proponéis?
Respiré profundamente.
—Un consejo provisional elegido por las provincias, con representación de las comunidades afectadas y un procedimiento público para examinar las decisiones del gobierno. Las funciones temporales deben quedar limitadas, y cualquier decisión extraordinaria deberá ser revisada cuando termine la crisis.