Mucho antes de que los reinos levantaran sus murallas y los nombres de los ángeles o demonios fueran pronunciados por los mortales, en las profundidades del universo existía un ser nacido del caos. Su cuerpo era de roca negra atravesada por ríos de lava incandescente, y en su pecho ardía un núcleo que jamás dejaría de latir. Su cuerpo es alto, atlético y completamente humanoide, pero está compuesto por una roca oscura, similar a la obsidiana o al basalto. A través de profundas grietas que recorren su piel fluye lava incandescente, iluminando cada parte de su anatomía con un resplandor anaranjado y dorado. La luz parece emanar desde su interior, como si un fuego eterno ardiera bajo su superficie.
Su rostro carece de rasgos definidos: no se distinguen claramente los ojos, la nariz o la boca, lo que le da una apariencia enigmática e inquietante. Una gran fisura luminosa atraviesa su cabeza, reforzando la sensación de que su cuerpo está a punto de romperse por la inmensa energía que contiene. En el centro de su pecho brilla un núcleo de magma especialmente intenso, como si allí se encontrara su corazón o la fuente de su poder. La lava se ramifica desde ese punto por todo su cuerpo, formando una red de venas ardientes que palpitan con energía. Sus brazos largos y manos de dedos afilados le otorgan un aspecto poderoso y amenazante. Cada paso parece capaz de irradiar calor suficiente para derretir la roca a su alrededor; el segundo hijo del caos dejaba, a diferencia de sus hermanos, huellas de un potencial destructivo, creado solo para contener la capacidad infinita de Nyx de dar vida desde su vientre. El segundo hijo del caos caminaba por el universo ajeno al futuro que Erebo había visto se abriría ante él, uno en el que la dadora de vida sería su inicio y la reina besada por las sombras su final.
El Tártaro
Nyx llenó el universo de luces, colores y vida, mientras todo lo que salía de mis dedos eran promesas de ira y destrucción. No puedo recordar el momento exacto en el que la luz de mi hermana opacó todo lo demás, la magia en sus venas que se expresaba libremente pintando todo lo que nos rodeaba, la luz en su mirada y la majestuosidad de todo lo que nacía de su vientre. Yo no poseía vientre, y tampoco lo hacía Erebo, el primogénito del universo. Si acaso debíamos conformarnos con las creaciones vacías de vida que la magia del caos nos concedía. Erebo la usó para su primera y única creación, los Vacíos, soldados que portaban en su esencia la más absoluta oscuridad de la magia del caos junto a un vestigio del alma del primogénito del universo. De algún modo, su creación no era más que una extensión de su existencia y, por tanto, su único cometido era recolectar almas para arrastrarlas al olvido. Yo, por mi parte, intenté sin fruto alguno moldear algún tipo de existencia; sin embargo, durante siglos fue simplemente imposible para mí. La magia del caos no respondía a mis erráticos pensamientos. Lo cierto es que ni yo mismo sabía lo que deseaba crear; solo quería saber qué se sentía poder dar vida como Nyx, y cada fallido intento me alejaba más de mi cada vez más próspera hermana y de la magia que empezaba a nadar en las venas de su linaje.
—Tengo algo para ti —me dijo un día mirándome con aquellos ojos llenos de luz y vida, una que muy seguramente jamás sería capaz de experimentar, y su piel arropada de universo, moldeada en la figura que adoptaron todas las hijas nacidas de su vientre. Mi mirada, que solo conocía silencios, se fijó en su amable rostro apenas conteniendo la necesidad de absorber la vida dentro de ella y llenar el vacío y la necesidad que clamaba bajo el fuego de mi piel. Las erráticas palabras en mi cabeza parecieron haber olvidado cómo sonar, mientras me mantenía completamente quieto con mi mirada perforando la de la diosa que el caos decidió poner encima de todos nosotros.
—Las estrellas han creado algo increíble, sin embargo parece necesitar más que solo vida para florecer —explicó crípticamente. Receloso me mantuve expectante, mientras el silencio del universo parecía llenar los espacios que Nyx me concedía. Nada podía necesitar más que la luz de la vida de la diosa frente a mí para ser todo lo que ella o alguna de sus bendecidas hijas desearan.
—Puedo mostrártelo si prefieres —propuso dándome su mano. Mis ojos fueron directamente hacia la palma, su palma, mientras mi cuerpo por instinto se despegaba del camuflaje con el que me escondía en el universo. Las venas de fuego entonces empezaban a marcarse mientras abrían camino bajo mi cuerpo, que, al igual que el de Nyx, se arropaba de universo. Sin embargo, donde la diosa tenía luz, yo solo tenía fuego y roca. La diosa frente a mí rió con algo dentro de ella que solo lo había visto surgir cuando veía a sus hijas existir.
—Prometo dejarte en paz si no te gusta —prometió aún con aquella luz suave en su mirada.
…
Una masa flotante de tierra estéril, eso era lo que la hija del caos tenía deparado para mí, una tierra oscura y desolada, con rastros de la sangre del caos cayendo en pequeños vestigios desde su cielo.
—Sé que has estado teniendo problemas para dar forma a tus creaciones, por lo que pensé que quizá un lienzo en blanco o bueno, en negro —se corrigió deprisa usando palabras y expresiones totalmente incomprensibles para mí— podrían ayudar en tu pequeño lapsus de creatividad —añadió dirigiendo hacia mí una vez más una de aquellas extrañas sonrisas.
—Es tuyo —me informó.
—Puedes quedártelo —su mirada se paseó por el árido, oscuro y absolutamente desolador paisaje antes de volver su atención hacia mí—, o no —agregó encogiéndose de hombros.
—Tú eliges —fue lo último que dijo antes de desaparecer de mi vida completamente. A veces pensaba en que Nyx solo me trajo aquí para deshacerse de mi impredecible y fácilmente camuflajeadada presencia en el universo; muchas otras me cuestionaba si se debía a su capacidad de viajar por aquellas líneas de tiempo que nadaban por las venas de Erebo, si habría visto algo en ellas que la había hecho traerme aquí. Por mucho tiempo los pensamientos se aglomeraban en mi cabeza, volviéndose cada vez más erráticos e imposibilitando cada vez más mi capacidad de siquiera desear crear algo más. Pero lo cierto es que, rodeado de aquella aparentemente infinita nada, todo en lo que podía pensar era en la luz que brillaba dentro de Nyx y sus creaciones: ¿qué se sentiría poseer aquella luz? ¿Dentro de mí o tal vez solo frente a mí para poder admirarla brillar? Ese fue el último pensamiento que recordaba haber tenido antes de que mis ojos se rindieran al vacío que empezó a crecer en mi pecho y me dejaran ser arrastrado a la nada.