Dolor, todo lo que recuerdo es el dolor, palpitando a través de mi cuerpo y desgarrando desde adentro cada parte de mí. La caída había sido, a diferencia de lo que temía, la parte menos dolorosa del castigo.
El éter de aquella venenosa tierra se abría camino a mi sistema en cada respiración y sus cenizas quemaban todo a su paso, dejando detrás un olor a piel ardiendo y nieve derretida.
Gritos, era todo lo que podía oír; eran desgarradores y agonizantes gritos, era imposible saber si eran los míos o los de los demás ángeles que nos acompañaron en la caída.
Fuego, cenizas y oscuridad era todo lo que podía vislumbrar más allá de la barrera de un consumiente dolor. Mi cuerpo se retorcía bajo un peso invisible que me mantuvo durante horas o quizás días o años mientras despellejaba mi piel y devoraba todo lo que había debajo de ella.
Eventualmente los gritos se convirtieron en lastimeros lamentos antes de desvanecerse en el aire junto a sus propietarios. Tirado como estaba sobre un suelo de roca ardiente, una parte de mí parecía haber abandonado el cuerpo que, sumido en el adormecimiento del dolor, se había rendido a luchar. Mis ojos fijos en el cielo de aquella extraña tierra por un instante parecieron engañarme con la visión de gigantes alas que removían a su paso las toneladas de cenizas que caían sobre mí. Una bola de fuego cada vez más gigante parecía tentadoramente buscar la dirección de mi cuerpo cuando una voz firme le pidió detenerse.
La sensación de reconocer aquella aterciopelada voz fue lo único que me acompañó antes de rendirme una vez mas a la inconsciencia.
La Biblia de los Caídos, Bael, versículo 10.2
De vuelta al castillo noté que los ángeles rodeaban la Academia, la Iglesia de las Sombras y el castillo. Había demasiado silencio en las calles y mi humor empezó a caer en niveles peligrosos. Traté de mantenerme fría mientras entraba a los terrenos del castillo, con mi mirada fija en la puerta mientras mi cuerpo era cada vez más consciente de quienes me rodeaban, de quienes custodiaban mi hogar como si de una más de sus tierras conquistadas se tratara.
Frente a mí y de espaldas al castillo se encuentra un hombre de apariencia joven, alto y de físico atlético, con facciones finas y serenas. Su cabello es castaño cobrizo, largo hasta los hombros y ligeramente ondulado. Tras su cabeza resplandece un halo dorado y de su espalda emergen dos enormes alas blancas, de plumas densas e impecables. Viste una armadura de plata adornada con detalles dorados y grabados ornamentales, diseñada tanto para la guerra como para representar su rango celestial. La coraza protege su pecho y hombros, mientras brazales, grebas y rodilleras completan su equipo. Sobre la armadura cae una amplia capa rojo carmesí que ondea detrás de él. En una de sus manos sostiene una larga lanza dorada cuya punta parece capaz de atravesar cualquier oscuridad y lo cierto es que lo es. La lanza que se alza desde el piso hasta el agarre de su mano es la principal razón por la que los Hijos de Hielo habían podido conquistar y doblegar dos reinos, eso y sus alas, que les ofrecían una indiscutible ventaja en el terreno de batalla, razón por la cual, inteligentemente, era lo primero que le arrancaban a los exiliados, eso junto a sus recuerdos y dignidad.
La lanza sagrada o lanza del destino, una efímera mirada me permitió saber que era una réplica de la original que seguramente permanecía en la fortaleza unida como una tercera mano al Rey Hereje; Sin embargo sabía también que la fuerza que contenían las réplicas podía ser igual de poderosa. Un solo contacto con la piel podía robarte mucho más que los recuerdos, y ser atravesado por ella era una promesa de muerte segura para los Hijos del Fuego y una maldición para los Hijos del Barro. La lanza del destino era un arma perteneciente a la Reina Deva y su linaje; Sin embargo, el Rey Hereje, seguramente con ayuda de las primeras hechiceras, había corrompido la lanza y fue con ella con la que dio fin a la vida y legado de la primera reina de las descendientes de Nyx.
Su otra mano permanece extendida, como si estuviera guiando una fuerza invisible, impartiendo una orden o preparándose para enfrentar a un enemigo. Puedo sentir su mirada fija recorrer mi cuerpo una primera vez en reconocimiento, evaluando, imagino, si representaba una amenaza para él en aquel momento y qué tan prudente sería actuar en consecuencia. Su segunda mirada fue sin embargo mucho más lenta y de apariencia apreciativa. Sus ojos pasearon por mi cuerpo con indigna parsimonia y sabía de sobra qué imagen estarían regalándole sus pupilas: frente a él y en su dirección se mecía lenta y deliberadamente una criatura joven de figura esbelta y delicada, de piel clara y uniforme.
Su cabello es largo, abundante y ligeramente ondulado, de un profundo color negro azabache. Cae en cascada sobre sus hombros y espalda, enmarcando su rostro con una elegancia natural. Sus ojos son grandes y de un tono azul muy oscuro, casi tocando la idea de ser negros, con una mirada profunda, firme y enigmática. Sus cejas oscuras y bien definidas intensifican la expresividad de su rostro.Posee una nariz recta y delicada, mientras que sus labios, llenos y de un tono rojo natural, le otorgan una expresión suave y serena. Sin embargo, si sigue su instinto sabrá que el cuerpo del que se alimentan sus deseos en realidad es solo el conveniente disfraz de la Hija de las Sombras.
El vestido que abrazaba mi piel era ajustado al torso, negro intenso, realizado principalmente en encaje negro de alta densidad con paneles de tul o gasa transparente. El escote (off-shoulder) que deja los hombros descubiertos, junto a un corpiño tipo corsé, muy ceñido, con bordados de encaje floral y arabescos que se entrecruzan. Tenía zonas semitransparentes en el torso que dejan entrever la piel, realzadas con aplicaciones de pedrería negra y un adorno central alargado (tipo colgante) que cae desde el pecho hacia el vientre con cuentas y cristalitos y que desembocan en una mini falda suelta que cae muy por encima de mis rodillas, dejando a la vista mis largas y tonificadas piernas.