Herencia

La adivinación

La Malanka (Маланка) es una celebración tradicional ucraniana que tiene lugar la víspera del Año Nuevo según el calendario juliano (la noche del 13 al 14 de enero, aunque hoy en día a menudo se celebra la noche del 31 de diciembre al 1 de enero).

31 de diciembre de 2006

La cabra, el zorro, la anciana, el diablo y dos brujas sacudían la nieve antes de cruzar el umbral. Todos peludos, con cuernos, paja, pañuelos estampados y sacos llenos de golosinas.

La Raposa, apoyada en la diabla, ladeó la cabeza y, por última vez antes de llegar a su propia casa, entonó la primera nota:

«¡Shedryk-vedryk, dadnos un buñuelo!»

Las demás siguieron el canto con el mismo entusiasmo: torciendo la cabeza, dando taconazos contra el suelo, dando vueltas sobre sí mismas y dejando caer plumas y paja a su paso.

«¡Un puñado de gachas y un aro de salchicha!»

Dos pastores alemanes, al olfatear a su dueña, empezaron a ladrar de pura alegría, y a cambio les arrojaron un empanado de carne a cada uno.

«Llevaré al mercado,

compraré un empanado.

Dadme la copla de Año Nuevo,

o la casa os echo al suelo.

Dadme un panecillo de queso,

o en vuestra casa suelto un ratón travieso.

Dadme una empanada de carne o requesón,

o me llevo la casa arrastrándola del rincón».

Las últimas líneas las retomaron otros villanciqueros unas cuantas casas más allá. Sin embargo, borrachos como cubas, confundían las letras con las de otras canciones tradicionales e incluso, a ratos, aullaban algo Incomprensible que se semejaba más a las canciones de Stepán Higa.

Entre risotadas estruendosas, los monstruos entraron en el zaguán, se quitaron los abrigos de piel, las capas de paja, las botas, los guantes y, finalmente, las máscaras pintadas tras las que se escondían simples estudiantes de décimo grado. Sonrojadas y ebrias de entusiasmo, saltaban y daban vueltas hasta que una de ellas tropezó con la gata Muska.

Tras la fiesta en la plaza mayor, los Dudarchuk, llevándose a la pequeña, se fueron a casa de los vecinos a dar fin a las reservas de vino y rollos de col rellenos. Su hija mayor, Zlata, aprovechó la ocasión para invitar a una marabunta de amigas.

Ahora había alboroto en cada habitación, y de debajo de la cama sacaron una botella de vodka y un bote de carne en conserva para picar. Movieron la mesa de la ventana al centro del cuarto, la cubrieron con un mantel blanco y lo mancharon de aceite al instante mientras acomodaban los manjares. Apareció un espejo de mesa e incluso unas velas, todo porque Ksenia por fin cediós a sus cocos.

Las amigas, tan pronto como empezaron a interesarse por los chicos, le suplicaban a Kovtun que les leyera el futuro. Por alguna razón creían que estar emparentada con Paraska la convertía en una bruja endemoniada igual que la vieja, aunque en realidad la chica solo veía cosas raras cuando estaba junto a su abuela. El resto del tiempo, Kovtun intentaba no fijarse, ignorarlo y no meterse en asuntos donde pudiera haber algún demonio metido.

Esta vez accedió: al fin y al cabo, era la última Malanka que celebraban juntas, y cuándo resultaría más propicio si no en el momento en que, según las creencias, toda la imaginería diabólica festeja junto al pueblo llano.

Así pues, las chicas se acomodaron apretujadas en el sofá, juntaron las manos sobre las rodillas y siguieron en silencio cada movimiento de Ksenia.

Primero colocó un espejito frente a un plato vacío, encendió una vela a la izquierda y puso un vaso de chupito a la derecha. Todo esto se lo inventó sobre la marcha y de cualquier manera, asegurándose de que nada funcionara y evitar cualquier clase de daño. Entonces pidió que alguien se acercara. Pero el atrevimiento con el que habían importunado a Ksenia durante años se había esfumado. Las cinco se miraban entre sí con temor, sin el menor deseo de ser la primera y esperando que alguna otra se ofreciera.

—¿Qué pasa, Marusia? ¿Ya no quieres? —preguntó Ksenia alzando una ceja para chinchar a la más altanera, quien se puso en pie al instante. Con una valentía impostada, se acercó a la mesa y preguntó con voz insegura: —¿Qué tengo que hacer? —Yo me aparto. Tú pon algo de comer en el plato, siéntate frente al espejo, bébete el chupito de vodka y luego mira a la pared que tienes detrás e intenta adivinar tu destino en las sombras.

Las demás chicas se pegaron unas a otras sin atreverse a respirar. Ksenia se hizo a un lado para no salir reflejada en el espejo y se quedó en el marco de la puerta que unía el pasillo con el salón. Con los brazos cruzados, observaba con indiferencia las maniobras de su compañera.

De la diversión no quedaba ni rastro: las manos de la rubia temblaban y las muelas le castañeteaban. El año anterior habían demostrado mucho más valor cuando tiraban las botas a la calle para escuchar de dónde venían los ladridos de los perros o cuando hacían adivinaciones con la gachas de Nochebuena; pero ahora sentían un auténtico pavor, incapaces al mismo tiempo de resistir la tentación de conocer el futuro, pues semejante ritual lo había ideado la niñera de Paraska.

Dejando ir un suspiro profundo, Marusia apuró el vaso de un trago y, tras golpearlo contra la mesa, se pegó la trenza a la nariz como si aquello fuera a aliviar el ardor del alcohol. Luego, intentando relajar el rostro, la chica paseó los ojos despavoridos por las sombras, mientras Kovtun pensaba: «¿Qué verá ahí? Lo que quiera ver, supongo».

De pronto, al observar el juego de la llama de la vela, Ksenia notó cómo en el reflejo una mano masculina se posaba con ternura sobre el hombro de Marusia. Detrás de ella estaba Hrytsko, su vecino, que se había ido a Cherkasy hacía un par de años a estudiar cirugía. Trajeado de negro y con un reloj en la muñeca, contemplaba con dulzura a su esposa. Y Marusia aparecía sentada con un peinado corto y moderno; sus manos, cuajadas de anillos y pulseras, mecían a un bebé envuelto en una manta azul. Ni rastro de tristeza, ni una sola pena.



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En el texto hay: detective, misticismo, horrores

Editado: 20.10.2026

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