Dancer se detuvo con duda ante la advertencia de Hernion.
—Pero mira —dijo, señalando su arma y luego el Amparo sobre la cabeza de él—, tanto tu Amparo como mi arma están reaccionando a esto. Además, no sabemos cómo son los fragmentos.
Hernion frunció el ceño, observando la masa negra con recelo.
—Estoy seguro de que esta cosa es... y a la vez no es.
Dancer se mareó intentando entender.
—Qué confuso. Solo le voy a agarrar y ya.
—¡Espera! —gritó Hernion.
Pero Dancer no lo escuchó. Estiró la mano y tomó la masa negra entre sus dedos.
En ese instante, los ojos rojos se clavaron en ella. La masa comenzó a palpitar, a crecer, a expandirse como una sombra voraz. Dancer retrocedió de un salto, empuñando su martillo.
—¡Fuiste muy imprudente! —le gritó Hernion desde su cabeza.
—¡Oye, no me grites, idiota! —respondió ella, mientras ya echaba a correr.
La masa negra los persiguió, devorando todo a su paso. Creció y creció, engullendo el suelo, las paredes, la luz misma.
Otros jugadores que merodeaban en las cercanías sintieron cómo sus armas comenzaban a brillar. Miraron a su alrededor, desconcertados, hasta que vieron a Dancer aparecer, corriendo a toda velocidad con la masa negra pisándole los talones. Pasó junto a ellos como una exhalación, y el brillo de sus armas se intensificó al contacto con aquella presencia.
Intrigados, todos decidieron seguirla para ver qué sucedía.
Hernion se giró para mirar atrás y luego puso los ojos en Dancer.
—¡Voltea! —le ordenó—. ¡Tienes que matar a esa cosa! Estoy seguro de que la llave está en su interior.
Dancer se detuvo y se giró, enfrentando a la criatura.
—¿Y si no? ¿Y si esa cosa es la llave?
—No lo es —respondió Hernion con firmeza—. Estoy seguro.
Dancer apretó la mandíbula, se impulsó hacia adelante y se abalanzó contra la masa negra. Golpeó con su martillo una y otra vez. Le lanzó patadas, giros, embestidas. Pero fue inútil. La masa negra ni siquiera se inmutó.
—¡Es muy resistente! —gritó Dancer, frustrada.
Hernion observó en silencio, analizando cada movimiento, cada rebote del martillo sobre la superficie oscura. De repente, sus ojos se iluminaron.
—¡Apunta al centro! —gritó—. ¡Pon todas tus fuerzas en el centro!
Dancer asintió. Giró el martillo sobre su cabeza, tomó impulso y se lanzó contra el corazón de la masa negra. El golpe fue tan brutal, tan descomunal, que la criatura estalló en mil pedazos, salpicando sombras por doquier.
Y en medio de aquella explosión de oscuridad, apareció flotando frente a ella un fragmento brillante con detalles cristalinos, envuelto en una esfera de luz. El fragmento voló hacia su martillo y se fundió con él. El brillo se detuvo. Todo quedó en calma.
Dancer sonrió, contenta.
—¡Lo logré!
Pero Hernion no compartió su alegría. Miró a su alrededor y vio cómo los demás jugadores se acercaban lentamente, sus ojos fijos en ellos.
—Hernion —le susurró—. Bajemos al segundo nivel. Ahora.
Dancer siguió su mirada y comprendió al instante.
—De acuerdo.
Sin dudarlo, se lanzó al vacío, cayendo hacia el segundo nivel. Aterrizó con brusquedad, terminando adolorida, pero al levantar la vista hacia su cabeza, donde debería estar Hernion... ya no estaba.
Su corazón dio un vuelco.
—¿Hernion? —gritó, pero el silencio le devolvió apenas un eco apagado—. ¡¿Dónde estás?!
Hernion abrió los ojos lentamente. La cabeza le latía con un dolor palpitante. Estaba tirado en el suelo, en un lugar completamente blanco, donde el silencio dolía más que cualquier grito.
Se incorporó como pudo, sujetándose la cabeza, y se dio cuenta de algo: no tenía sus lentes. Con las manos, tanteó el suelo a ciegas, moviendo los dedos sobre la superficie fría hasta que, por fin, los encontró. Se los colocó sintiéndose aliviado.
Suspiró. Observó el lugar. Era blanco, infinito, vacío.
—Aquí no hay nada de lo que busco —murmuró para sí.
Se levantó y comenzó a caminar. Pero a los pocos pasos, se detuvo. Alguien lo seguía. Lo sintió en su cuerpo, en el peso del aire.
—¿Quién eres? —preguntó, sin volverse—. ¿Por qué me sigues? ¡Muéstrate!
La niebla blanca se abrió lentamente y de ella emergió una mujer. Cabello largo, aspecto cansado, mirada que pesaba como una losa.
—Cuánto tiempo, Hernion —dijo con una voz que él conocía demasiado bien—. ¿Cómo has estado?
Hernion comenzó a sudar. Las piernas le temblaron, el cuerpo se le negó a obedecer. Intentó dar un paso adelante, pero cayó al suelo, arrastrándose hacia adelante como un animal acorralado.
—Mi pequeño Hernion —dijo ella, acercándose—. ¿Adónde vas? Me estás haciendo sentir muy triste.
Levantó el pie y lo posó sobre los tobillos de Hernion. No con violencia, sino con una precisión cruel, justo en el punto exacto para hacerle daño.
—¡Detente! —gritó Hernion, retorciéndose de dolor.
Pero entonces, otra presencia. Un hombre apareció detrás de él, le agarró del cabello y tiró hacia atrás con fuerza.
—¡Eres un débil! —le gruñó al oído.
—¡Basta! —gritó Hernion, forcejeando—. ¡Suéltenme!
Forcejeó, pataleó, pero fue inútil. Hasta que, de repente, ellos se detuvieron. Las manos desaparecieron. El silencio regresó.
Hernion, aterrado, se levantó como pudo y salió corriendo. Tropezó, cayó, se levantó, volvió a correr. Se detuvo un momento a descansar agachado, levantó su mirada lentamente y vio delante de él un espejo. Luego otro. Y otro más. Cientos de espejos lo rodeaban, y en todos ellos su reflejo aparecía desnudo, el cuerpo cubierto de moretones, de marcas, de cicatrices que no deberían estar ahí.
Se tocó el pecho, las costillas, los brazos. Todo dolía.
De repente, unas manos lo envolvieron por detrás. Un abrazo.
—Cuánto tiempo —susurró una voz joven, conocida, mientras unas manos le acariciaban el rostro.
Hernion se volteó lentamente, aterrado, lleno de escalofríos y con una presión asfixiante. Las lágrimas brotaron de sus ojos sin control.