Hernion X Infinito

Capítulo V: Rey

Hernion se cubrió el torso con las manos, el rostro encendido por la vergüenza.

—No es nada —murmuró, evasivo—. Devuélveme mi polo.

Rey no apartó la mirada de las marcas que cubrían su cuerpo. Moretones antiguos y recientes se entremezclaban en un mapa de dolor que no debería existir en alguien tan joven.

—¿Estás herido en otras partes? —preguntó, y sin esperar respuesta, comenzó a revisar sus piernas, levantando el short con delicadeza, pero sin permiso.

Hernion reaccionó al instante. Su puño casi impactó contra el rostro de Rey, quien esquivó rápidamente mientras lo observaba fijamente.

—¡Que te alejes! —gritó Hernion, jadeando.

Rey se quedó pensando con mucha curiosidad, preguntándose a qué se deberían esas heridas y cómo alguien podía vivir así. Metió la mano en su bolso y extrajo una pequeña botella que brillaba con un gran resplandor verdoso transparente.

—Si sigues así, vas a morir —dijo con firmeza—. Esta medicina es muy valiosa. Te cura al instante. Déjame aplicártela.

Hernion quiso decirle algo, pero Rey ya había destapado la botella y comenzaba a verter el líquido sobre sus moretones. Un hormigueo cálido recorrió su piel allí donde la medicina tocaba, y las marcas comenzaron a desvanecerse lentamente como si nunca hubieran existido.

—Listo —anunció Rey cuando terminó.

—Ahora dame mi polo —exigió Hernion, extendiendo la mano.

—Yo lo colocaré —respondió Rey con firmeza—. No puedes moverte hasta que el efecto termine.

—¿Efecto? —preguntó Hernion, frunciendo el ceño.

—¿Por qué no duermes un poco? —sugirió Rey, ignorando su pregunta.

—No tengo sueño.

Pero incluso mientras pronunciaba esas palabras, sus párpados comenzaron a pesar. La figura de Rey se volvió borrosa, difusa, y antes de que pudiera decirle algo, una oscuridad cálida lo envolvió por completo. Alcanzó a ver, en el último instante, una sonrisa en los labios de Rey.

Cuando Hernion despertó, estaba solo.

Se incorporó lentamente, palpando su cuerpo con asombro. No quedaba rastro de los moretones, de las heridas, del dolor. Era como si nunca hubieran existido.

A su lado, sobre el suelo blanco e infinito, encontró tres frutas. En una de ellas había grabado un mensaje con trazos irregulares, pero no pudo descifrarlo. Decidió guardarla y comer las otras dos.

El hambre lo devoraba. Mordió una fruta jugosa y sintió cómo la energía regresaba a su cuerpo. Cuando terminó, el cansancio volvió a apoderarse de él. Se recostó sobre el suelo y cerró los ojos.

Los abrió de golpe, arrastrado por una fuerza brutal.

Una lengua enorme, húmeda y caliente, lo envolvía y lo arrastraba hacia las fauces de una criatura colosal. Hernion pataleó, golpeó, mordió la carne asquerosa que lo aprisionaba.

—¡Maldito, déjame ir! —gritó, escupiendo sangre y baba—. ¡Aún no logro mi objetivo!

A lo lejos, pudo distinguir la forma de la bestia. Dos cabezas, dientes del tamaño de espadas, alas que se desplegaban como velas de pesadilla. Pero no fue eso lo que heló su sangre.

Fue lo que vio bajo las patas del monstruo.

Rey, tendido en el suelo, todo ensangrentado.

—¡Estúpida bestia! —gritó Hernion, sintiendo una furia enorme—. ¡Suéltame, sucio animal!

La criatura respondió con un rugido que sacudió los cimientos del lugar. Hernion, sin pensarlo, hundió los dientes en la lengua que lo aprisionaba. Mordió una vez, dos veces, tres, escupiendo los pedazos de carne con asco y rabia. La bestia se retorció de dolor y apretó su presa con más fuerza. Hernion sintió cómo sus costillas amenazaban con quebrarse, cómo sus ojos parecían querer salirse de las órbitas.

Entonces, una voz se escuchó.

—Oye, tú —dijo Rey, poniéndose de pie rápidamente—. Mírame, asquerosa bestia.

Sacó de detrás de su capa un arco. Lo tensó y apareció una flecha de energía, apuntando directamente al pecho de la criatura. Y disparó.

La flecha surcó el aire a gran velocidad. Atravesó a la bestia de lado a lado, arrancándole el corazón en su trayectoria. El monstruo se petrificó al instante, convertido en una estatua de piedra gris.

La flecha regresó a las manos de Rey, llevando consigo el corazón petrificado, que se desvaneció al soltarlo.

—¿Estás bien? —preguntó Rey, acercándose.

Hernion asintió, liberándose de la lengua que ahora no era más que piedra inerte. Se levantó con dificultad.

—¿Cómo fuiste atrapado? —preguntó.

Rey lo miró y soltó una risa ligera.

—No fui atrapado. Me usé como carnada para llegar a la bestia. Iba a atacar, pero vi que había capturado algo. Así que esperé. No pensé que fueras tú.

—Solo desperté y ya estaba siendo arrastrado —explicó Hernion.

Rey observó el corazón en sus manos y lo apretó con fuerza. La bestia petrificada emitió un grito de dolor, como si aún pudiera sentir.

—Aquí no está el fragmento —dijo Rey, pensativo—. ¿Dónde puede estar?

Hernion lo miró con curiosidad.

—¿Está vivo?

—Sí —respondió Rey con naturalidad—. Solo que ahora está bajo mi control.

Sin más preámbulos, montó sobre la bestia petrificada, que estaba sometida a su voluntad.

—Nos vemos —dijo Rey con una sonrisa, preparándose para partir.

—¡Espera! —gritó Hernion.

Pero Rey no lo escuchó. Simplemente se fue, perdiéndose entre la niebla blanca.

Hernion lo vio alejarse y murmuró entre dientes:

—Idiota.

Caminó durante un largo tiempo. En aquel lugar, el tiempo no significaba nada.

—Estoy cansado —dijo en voz alta, y se desplomó sobre el suelo.

Miró hacia arriba, hacia ese blanco infinito que lo envolvía todo.

—Esto es infinito —susurró—. Si no logro salir, estaré aquí para siempre.

Se tendió boca arriba, cerrando los ojos. Por un momento, la paz lo invadió.

—No está mal este lugar —pensó—. Aquí moriré.

Pero algo en su interior se rebeló. Abrió los ojos de golpe, negando con la cabeza.




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