Hernion se levantó con determinación y se bajó de la cabeza de Dancer, deslizándose por su cabello hasta el suelo. Se colocó frente a ella, mirándola directamente a los ojos, aunque ella no pudiera verlo, perdida en su mundo de sueños.
—Oye, despierta —dijo con voz firme, pero temblorosa—. Tu familia te espera. Tienes que volver. Despierta. Por favor.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas mientras observaba a Dancer, que seguía atrapada en la ilusión, sonriendo, hablando con seres que no estaban allí.
Fue entonces cuando notó el movimiento a su alrededor. Monstruos. Decenas de ellos, ocultos entre la niebla, habían rodeado a Dancer. Sus lenguas comenzaban a envolverla, disputándose quién se quedaría con la presa, tirando de ella en direcciones opuestas mientras ella permanecía ajena, sumergida en una alucinación feliz.
—¡Déjenla! —gritó Hernion, sintiendo una furia que le quemaba el pecho—. ¡Monstruos, déjenla en paz!
Se abalanzó sobre la lengua más cercana y hundió los dientes en ella con todas sus fuerzas. La criatura, sorprendida por el ataque débil, lo atrapó entre sus pliegues, apretándolo con fuerza.
Hernion sintió cómo el aire escapaba de sus pulmones.
—A este paso... terminaremos muriendo... —alcanzó a murmurar, mientras la visión se le nublaba.
Entonces, un viento ligero pasó junto a él. La presión desapareció. Cayó al suelo, agotado, y vio cómo la criatura que lo sujetaba se petrificaba lentamente.
Se incorporó a duras penas y miró hacia Dancer. Ella parpadeaba, confundida, observando a su alrededor con expresión de desconcierto.
—¿Qué son todos estos monstruos? —preguntó, al tiempo que buscaba con la mirada—. ¿Hernion? ¿Dónde estás?
—Aquí estoy —respondió él, acercándose.
—¡Qué bien! —exclamó Dancer, aliviada.
Hernion giró la cabeza y vio a Rey, de pie sobre una de las criaturas petrificadas, el arco aún en sus manos.
—Gracias —dijo Hernion.
Rey no respondió. En lugar de eso, levantó su arco y apuntó directamente hacia ellos.
—No se muevan —ordenó, con una voz fría.
Hernion se quedó confundido y nervioso. Dancer estaba muy confundida.
—¿Qué haces? —preguntó Hernion, molesto.
—¿Serás tan cobarde como para quitarle a alguien su fragmento? Según las reglas, está prohibido quitarse los fragmentos que uno tiene —dijo Dancer, cruzándose de brazos, el enojo brillando en sus ojos—. ¡Oye, cobarde! ¡Consíguete el tuyo!
Rey los observó en silencio durante un instante. Luego, bajó el arco.
—Qué bueno —dijo, con un suspiro de alivio—. Son los verdaderos. He estado encontrando un montón de copias falsas. Monstruos disfrazados.
Señaló con la cabeza hacia una criatura con forma de ave y siete ojos que yacía petrificada a unos pasos.
—¿Ya encontraste el fragmento? —preguntó Dancer, curiosa.
Rey negó con la cabeza.
—Aún no.
—Tu arma es genial —comentó Dancer, observando el arco con admiración—. ¿Manipulas a esos monstruos?
Rey asintió con una media sonrisa.
Hernion dudó un momento, pero luego se acercó a Rey.
—¿Podrías arreglar mis lentes? —preguntó, mostrando los fragmentos que había guardado.
Rey tomó los pedazos y los examinó con curiosidad.
—¿Para qué sirven? —preguntó.
—Para ver —respondió Hernion—. Tener mejor vista de las cosas.
Rey y Dancer intercambiaron una mirada de confusión.
—Pero... no creo que estés mal —dijo Dancer, inclinando la cabeza.
—Es verdad —admitió Hernion—, pero es un regalo muy preciado.
Rey asintió, comprendiendo. Se sentó en el suelo y sacó un pequeño estuche de herramientas de su bolso. Con una paciencia infinita, comenzó a trabajar en los lentes, uniendo fragmentos, puliendo bordes, ajustando cada pieza con una delicadeza que contrastaba con su apariencia.
—Bueno —dijo sin levantar la vista—, descansaré un rato.
Los tres se sentaron en el suelo blanco. Dancer observaba a Rey con curiosidad mientras este trabajaba. Finalmente, Rey estiró la mano y le entregó los lentes a Hernion.
—Toma.
Hernion se los colocó aliviado. Una sonrisa, pequeña pero genuina, se dibujó en su rostro.
—Gracias.
Dancer se acercó a Rey, observándolo con atención.
—Vaya, eres alguien increíble —dijo—. Tus orejas son más grandes que las mías.
Rey se puso de pie de un salto y apoyó ambas manos sobre el rostro de Dancer, estirando sus mejillas con una mezcla de asombro y diversión.
—¡Wow! —exclamó—. ¡Tú también eres increíble! ¡Eres enorme!
Dancer sintió cómo sus mejillas se encendían. Se apartó bruscamente, cubriéndose el rostro con las manos.
—¡Oye! —protestó—. ¿Es que no te han enseñado sobre la privacidad?
—Creo que no le han enseñado eso —comentó Hernion, con una media sonrisa.
Rey, ignorando por completo el incidente, se acercó a Hernion y le levantó el polo de un tirón, examinando sus heridas atentamente.
—Parece que tus heridas ya están curadas —dijo, satisfecho—. Te dije que la medicina funciona.
Hernion se bajó el polo rápidamente, el rostro encendido.
—¡No hagas eso de nuevo! —exigió.
Dancer observaba la escena desde su altura, sonrojándose. Hernion levantó la vista hacia ella.
—Levántame —pidió.
—Claro —respondió Dancer, y lo colocó suavemente sobre su cabeza.
Hernion se acomodó los lentes y respiró hondo.
En ese momento, un rugido ensordecedor retumbó en el silencio del lugar. Pero no era un rugido de bestia. Era un rugido de tripas, profundo y cavernoso.
Hernion se puso en alerta al instante.
—Debe ser algún monstruo con mucha hambre —dijo, escaneando el nivel.
—Seguro que un horrible monstruo está intentando atacar —añadió Rey, tensando el arco.
—Puedo sentir algo aterrador —murmuró Hernion.
Dancer los miró a ambos con el rostro apenado por la vergüenza, luego por la furia. Sus puños se cerraron y, sin medir fuerza, descargó un golpe sobre cada uno que los envió rodando por el suelo.