—Ahora que estamos cerca —dijo Rey, con una chispa de competencia en los ojos—, compitamos. ¿Quién consigue primero ese fragmento?
—¡Estoy de acuerdo! —respondió Dancer, aceptando el desafío con una sonrisa.
Rey dirigió su mirada hacia Hernion.
—¿Tú qué dices?
Antes de que Hernion pudiera abrir la boca, Dancer se adelantó con tono burlón.
—Lo siento, pero él no tiene interés en competir. Porque vendrá a vivir conmigo.
Rey observó a Hernion por un instante. Luego, sin preguntar, extendió la mano y lo tomó del brazo con firmeza.
—Entonces tú me ayudarás a mí hoy —dijo.
Y antes de que pudiera reaccionar, saltó de la cabeza de Dancer, sujetando a Hernion, y se deslizó a toda velocidad hacia la niebla, perdiéndose entre ella.
Dancer se quedó paralizada por un segundo. Luego, sus ojos se encendieron con una furia desbordante.
—¡Oye! —gritó, su voz retumbando en el silencio—. ¡Ese es mi amigo! ¡Regresa, ladrón!
Y sin pensarlo dos veces, comenzó a perseguirlos, sus enormes pisadas devorando la distancia mientras se perdía en la niebla.
—¡Suéltame! —exigió Hernion, forcejeando mientras Rey corría con él en brazos.
—Tranquilo —respondió Rey, sin detenerse—. Tú me ayudaste, te devolveré el favor.
Las armas de ambos brillaban con mayor intensidad a cada paso, señal de que el fragmento estaba cerca. Finalmente, llegaron a una claridad en medio de la niebla. Allí, en el suelo, yacía una enorme bolsa carnosa, pulsante, como un órgano arrancado de algún ser enorme.
Las armas ardían con una luz cegadora.
—Puede ser una trampa —advirtió Hernion, observando fijamente.
Rey asintió, sin dudar.
—Si no nos arriesgamos, no podré conseguir ese fragmento.
Sin perder tiempo, hizo una seña y el ave de siete ojos que había petrificado antes, ahora bajo su control, emergió de entre la niebla y se dirigió hacia la bolsa carnosa. La tomó con sus garras, dispuesta a llevársela.
Entonces, el suelo se abrió.
Una boca enorme, con dientes filosos como cuchillas, surgió de las profundidades y atrapó la bolsa junto al ave, comenzando a cerrarse.
—¡No! —gritó Rey.
Y sin dudarlo, se lanzó al interior.
Hernion lo vio precipitarse hacia las fauces abiertas y decidió seguirlo.
—¡Esperen! —alcanzó a oír la voz de Dancer a lo lejos, pero ya era demasiado tarde.
La boca se cerró sobre ellos.
Dancer cayó de rodillas, el rostro desencajado, las lágrimas brotando de sus ojos sin control.
—Esperen... —susurró, con la voz quebrada—. Chicos... esperen.
En el interior del monstruo, todo era carne palpitante y calor sofocante. Rey lanzó una flecha y la clavó con furia en las paredes internas de la criatura. Un rugido de dolor sacudió el cuerpo del monstruo, haciéndolo retorcerse.
Rey sujetó a Hernion del brazo para que no cayera. Abajo, un líquido transparente burbujeaba, y el ave de siete ojos se diluía en él sin dejar rastro.
La temperatura comenzó a elevarse. El líquido hervía, desprendiendo vapor que quemaba la piel.
—¡Súbete a mi espalda! —ordenó Rey.
Hernion trepó como pudo, aferrándose a su cuello. Rey se impulsó hacia arriba y disparó otra flecha hacia el techo de carne. De ella se desprendió un hilo.
—¡Vamos, tenemos que subir! —gritó Hernion, comenzando a trepar por la cuerda.
Pero al voltear, vio que Rey no lo seguía.
Rey se había lanzado al líquido transparente. Nadaba hacia el fondo mientras su cuerpo se quemaba, se derretía, se deshacía. Llegó hasta abajo, arrancó con sus últimas fuerzas la bolsa carnosa que había desencadenado todo, y emergió a la superficie.
El monstruo rugía, la temperatura se disparaba, listo para explotar.
Rey se llevó las manos a los ojos. Ya no podía ver. Su cuerpo se derretía. Buscó a ciegas la cuerda, pero sus dedos solo encontraban aire caliente y carne abrasadora.
Entonces, una mano firme sujetó la suya.
—¡Agárrate fuerte! —gritó Hernion, tirando de él con todas sus fuerzas.
Comenzó a subir, centímetro a centímetro, el peso de Rey amenazando con hacerlo caer. A mitad del camino, casi se suelta, pero se sujetó firme, decidido y siguió tirando.
La distancia se hacía eterna.
Entonces, la cuerda se tensó desde arriba.
—¡Vengan aquí, idiotas! —escucharon.
Dancer tiraba de la cuerda con una fuerza descomunal, sacándolos a gran velocidad. En segundos, los extrajo de las fauces del monstruo y los arrojó al suelo, donde cayeron agotados.
Dancer se tapó la boca con las manos, las lágrimas rodando por sus mejillas mientras observaba el cuerpo de Rey.
A lo lejos, ocultos entre la niebla, unos jugadores observaban la escena.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó un ser al otro.
—Nada —respondió—. Déjalos que lo tengan por mientras. Vamos al siguiente nivel.
—De acuerdo.
Y se perdieron en la neblina.
Dancer, con manos temblorosas, sacó de su cabeza la bolsa que Rey había dejado. Luego, vació el contenido ante Hernion.
—Rey lo dejó —dijo, con voz entrecortada—. Tal vez haya algo que pueda ayudar.
Hernion recordó la medicina. Buscó entre los frascos, encontró varios, y sin dudarlo comenzó a quitarle la ropa quemada a Rey. Su piel era un mapa de horror: burbujas, quemaduras profundas, y en algunas partes, las costillas se asomaban a través de la carne derretida.
Roció la medicina sobre su cuerpo una y otra vez.
Dancer rasgó un pedazo de su propia ropa para cubrirlo.
—Dale de tomar —indicó.
Hernion intentó verter el líquido en su boca, pero las quemaduras en sus labios se lo impedían. Sin pensarlo, tomó un trago de medicina y se la dio directamente, boca a boca.
Dancer lo sostuvo, subiéndolo a su cabeza.
—¿No vas a subir? —preguntó Dancer.
—Hoy no, dormiré aquí —respondió Hernion, con la mirada fija en Rey.
—Hernion... ¿tú entiendes este juego? Yo no lo entiendo. Tal vez estamos aquí porque hicimos algo muy malo.