Hernion X Infinito

Capítulo VIII: Tercer nivel

Hernion abrió los ojos lentamente. A su lado, Dancer se estiraba con energía, moviendo brazos y piernas como si se preparara para una gran batalla. Al notar que él había despertado, volteó con una sonrisa radiante.

—¡Ya despertaste! —exclamó—. Vamos al tercer nivel. Superemos todo esto juntos y vayamos a casa.

Hernion se levantó sin decir nada. Solo asintió.

—Entonces vamos.

Descendieron al tercer nivel.

Un inmenso bosque oscuro se extendía ante ellos, interminable, sus árboles retorcidos como dedos esqueléticos arañando el cielo inexistente. Las armas comenzaron a brillar con intensidad, y tanto Dancer como Hernion se alertaron, girando la mirada en todas direcciones.

A lo lejos, una figura se acercaba.

—Hola —dijo el recién llegado, con una voz que parecía una mezcla de saludo y egocentrismo—. Soy Kripto.

Su cabello castaño contrastaba con sus ojos rojos carmesí. Sus dientes, puntiagudos, asomaban en una sonrisa que no llegaba a ser amable.

—Lo siento, llegan tarde —continuó, mostrando un fragmento que brillaba en su mano—. Ya conseguí el fragmento aquí. Nos vemos en el siguiente nivel... si es que logran llegar. Adiós.

Y sin más, bajó al siguiente nivel.

Dancer y Hernion intercambiaron una mirada.

—Ya no hay motivos para seguir aquí —dijo ella, con cierto desánimo.

Hernion observó el bosque, oscuro y vivo.

—Es un lugar muerto —comentó—. Tal vez podamos encontrar comida. Mejor vamos a averiguar.

—Sí —aceptó Dancer—. Súbete.

Lo levantó con la mano y lo colocó sobre su cabeza con suavidad. Hernion se acomodó y, al hacerlo, levantó la manta que cubría a Rey.

—¿Cómo está? —preguntó Dancer.

—Mejorando —respondió Hernion, aunque su voz no transmitía certeza.

—¡Qué bien! —exclamó Dancer, genuinamente feliz—. Estoy muy contenta.

Comenzaron a caminar en silencio, internándose en el bosque. De vez en cuando, Dancer silbaba una melodía que Hernion escuchaba. Él, por su parte, miraba a Rey, envuelto en la manta, y pensaba: ¿Qué le puedo decir?

El bosque comenzó a moverse.

Los árboles susurraban con el viento, pero no era un susurro inofensivo. Las ramas se tensaron como látigos y, de repente, atacaron con ferocidad. Dancer esquivó los primeros embates, pero las ramas eran rápidas, precisas, implacables.

Hernion sujetó a Rey con fuerza para que no cayera. Dancer comenzó a golpear las plantas que la molestaban, reduciéndolas a pedazos.

Pero entonces aparecieron ellos.

Criaturas de ojos enormes y coloridos, brillantes como joyas vivientes, emergieron de entre la maleza. Sus cuerpos eran pequeños y gordos, pero su número era abrumador. Rodearon a Dancer, la molestaron, haciéndola tropezar.

Dancer cayó al suelo con un golpe brusco. Hernion salió volando por los aires, pero logró aterrizar de pie, rodando para amortiguar la caída.

—¡Dancer! —gritó, levantándose rápidamente—. ¿Estás bien?

Dancer se puso de pie, la furia encendiendo sus ojos.

—¡Acabaré con ustedes, bichos! —gritó, blandiendo su martillo.

Las criaturas, en lugar de huir, le sacaron la lengua con aire burlón y se dispersaron entre los árboles, perdiéndose en la espesura.

Hernion respiró hondo.

—Levántame —pidió—. Necesito ver a Rey.

Dancer lo alzó con manos temblorosas. Hernion revisó, pero no encontró nada.

—No está —dijo, con voz preocupada.

Dancer se puso triste.

—¿Cómo que no está? —preguntó, y sin esperar, comenzó a buscarlo desesperadamente. Apartaba ramas, movía troncos, revisaba cada rincón—. ¡Rey! ¡Rey, ¿dónde estás?!

Hernion la observó en silencio durante un largo rato. Luego, se acercó a ella y dijo con pesimismo:

—Olvídalo. Ya está muerto. La medicina no funcionó. Cuando lo vi en la mañana, ya se estaba descomponiendo. No volverá. Mejor bajemos al siguiente nivel.

Dancer se detuvo en silencio por un momento. Se giró lentamente, y cuando sus ojos se encontraron con los de Hernion, había en ellos una mezcla de dolor y enojo.

—¿Te rindes? —preguntó con voz quebrada—. Yo sé que quizá no sobrevivió. Pero al menos quiero darle un entierro digno. Puede que esos bichos se lo hayan llevado para comerlo. No dejaré que un amigo que lo dio todo sea deshonrado de esa manera. A mí no me gustaría que eso me pasara.

—¿Eso de qué sirve? —respondió Hernion, elevando la voz—. Si al final vas a morir, de nada le sirvió. Además, solo lo conociste por un poco de tiempo y ya lo llamas amigo.

Dancer lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Yo también te conocí poco tiempo —dijo—, y me convertí en tu amiga.

Hernion desvió la mirada. Cuando volvió a hablar, su voz era fría.

—Yo no te pedí eso.

Y se dio media vuelta.

Dancer se quedó quieta, las lágrimas rodando por sus mejillas.

—Espero que encuentres lo que buscas —dijo, y se alejó en dirección opuesta.

Hernion no volteó a verla.

Caminó en silencio, escuchando sus propios pasos, sus propios pensamientos.

¿Vivir? ¿De qué sirve? —pensó—. Debería estar feliz. Él murió. Eso me da envidia. Se libró de este horrible lugar. Después de todo, los amigos te traicionan, juegan contigo, te abandonan y te desechan cuando no les sirves. Eso lo aprendí en toda mi vida. Este lugar no está mal. Si me esfuerzo, puedo encontrar lo que busco.

Dancer, por su parte, recorría el bosque sin descanso. Golpeaba los árboles con su arma, hacía añicos las ramas que encontraba a su paso.

—¡Salgan, bichos! —gritaba, con la voz llena de enojo—. ¡Devuélvanme a mi amigo! ¡Les juro que destruiré este lugar si no me lo regresan! ¡Salgan ya!

Las lágrimas no cesaban.

Hernion caminó hasta el borde del nivel. Se detuvo. Abrió los brazos, puso un pie en el aire y cerró los ojos mientras una brisa lo envolvía.

Algo cayó de su ropa.

Abrió los ojos. Era la fruta que había guardado, la que Rey le había dado.




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