Hernion X Infinito

Capítulo X: La aflicción de Hernion

—No hagas ruido —susurró Rey, mirando a Dancer con seriedad—. Podría atraer a alguien.

Caminaban en silencio a través del cuarto nivel, un laberinto de espejos que devolvían sus imágenes desde todos los ángulos. El suelo reflectante crujía bajo los pies de Dancer, cada paso multiplicado hasta el infinito.

—Salir de aquí va a ser complicado —dijo Dancer, observando las incontables copias de sí misma que la rodeaban—. Como en el segundo nivel.

—¿Cómo salieron de aquel? —preguntó Rey.

—Intuición —respondió Hernion desde lo alto de la cabeza de Dancer.

Rey lo miró con una expresión pensativa. No dijo nada. Simplemente continuaron caminando.

Pero Dancer se detuvo.

—¿Sintieron eso? —preguntó.

Rey asintió.

Dancer giró lentamente la cabeza y vio, a unos pasos de distancia, una copia exacta de ellos tres. La misma postura, la misma posición, la misma mirada.

—Sigue caminando —ordenó Rey en voz baja.

La copia hizo lo mismo. Cada gesto, cada palabra, cada movimiento era replicado con precisión.

—Ignóralos —dijo Rey.

—¿Qué pasa? —preguntó Hernion, ciego bajo la tela que aún cubría sus ojos.

—Nos están siguiendo —respondió Dancer.

—¿Serán como el pájaro que cambiaba de forma? —pensó Rey, observando con atención—. Pero se ven distintos.

—Solo hay una forma de averiguarlo —dijo Dancer, apretando el puño.

—No hagas nada —la detuvo Rey—. Si quisieran hacernos daño, ya lo habrían hecho. Mejor sigamos buscando el fragmento.

Dancer asintió, pero la incomodidad la carcomía. Dio unos pasos más, sintiendo la presencia de la copia detrás de ella, imitando cada movimiento.

De repente, se volteó y gritó con todas sus fuerzas:

—¡Déjennos de seguir!

Sus voces chocaron. La de Dancer y la de su copia se encontraron en el aire, generando una onda expansiva que retumbó en los espejos, multiplicándose en un ruido ensordecedor que rompió los espejos.

Hernion y Rey se taparon los oídos, el sonido atravesándoles el cráneo.

—¡Te dije que siguieras! —gritó Rey—. ¡No les tomes importancia!

Dancer se volteó, molesta, y continuó caminando.

Minutos después, se detuvo.

—Necesito un momento a solas —dijo, bajándolos y se alejó perdiéndose a la distancia.

Rey la observó irse y, tras un instante de pensar, también sintió la necesidad de apartarse.

—Yo también —murmuró, y se alejó en silencio, perdiéndose entre los reflejos.

Hernion sintió sus partidas. El vacío que dejaron. La opresión en su pecho creció, pero no dijo nada. No pidió que se quedaran. Simplemente se quedó allí, solo, rodeado de silencio y de su propio reflejo.

Después de un largo rato, decidió quitarse la tela de los ojos. La desató lentamente y la anudó alrededor de su cuello como una bufanda improvisada.

Tomó un respiro profundo.

Y abrió los ojos.

A su lado, una copia de sí mismo lo observaba. Pero no era una copia estática. Cambiaba. Su edad pasaba de niño a todas sus etapas hasta su edad actual y luego volvía atrás, en un ciclo interminable que no se detenía.

Hernion se miró en los espejos que lo rodeaban, y luego miró a la copia. La copia lo miró a él.

Ambos guardaron silencio.

Hernion giró la cabeza, intentando ignorarlo.

—Recuerdas —dijo la copia, con una voz idéntica a la suya—, cuando comíamos basura en la calle mientras éramos rechazados con la mirada por las personas.

Hernion volteó de golpe.

La copia sonreía. Mostraba una apariencia demacrada, desgastada. Un polo rasgado, pies descalzos, la piel pegada a los huesos.

—Lucíamos más o menos así —continuó la copia.

La mirada de Hernion se volvió sombría.

—Cállate.

Se abalanzó sobre su propia imagen, los puños cerrados. Golpeó una y otra vez, pero cada impacto que daba a la copia lo recibía él mismo. El dolor estalló en su rostro, en sus costillas, en sus brazos.

La copia seguía hablando.

En otra parte del laberinto, Dancer miraba a su copia. Pero esta tenía la apariencia de cuando era niña. Pequeña, inocente, con el mismo cabello rosado, pero más corto, más suave.

—Recuerdas —dijo la versión infantil—, cuando nadie te quería por tener una familia lejos de la actitud gigante. Eso hacía sentir disgustado a tus amigos. Eras muy egoísta. Todos fueron criados con las reglas gigantes, mientras tú no.

Dancer sintió un golpe en el pecho.

—Deja de usar esa imagen —dijo, con voz temblorosa—. Yo no era egoísta. Esas leyes tienen la culpa. Siempre intenté llevarme bien con todos, pero nadie quiere a quienes desobedecen las leyes. Comenzaron a atacar a mi familia.

Hizo una pausa, las lágrimas comenzando a formarse en sus ojos.

—Nuestra raza nos enseña muchas cosas que no están bien, y no debo arrepentirme si no vivo de acuerdo a cómo quieren. Si de algo me arrepiento, es de tratar de buscar su favor y cambiar lo que mi familia me enseñó. Eso me llevó a lastimar a quienes quiero.

La copia infantil la observaba en silencio.

—Siempre viviré con ese arrepentimiento —continuó Dancer, su voz ganando fuerza—. Pero no para culparme, sino para aprender. Daré lo mejor de mí. Mis disculpas no bastarán, pero yo no me rendiré. Yo puedo.

Las lágrimas rodaron por sus mejillas, pero en sus ojos había una determinación feroz.

La copia sonrió, una sonrisa suave y triste, y se desvaneció en el aire.

Rey, por su parte, se enfrentaba a su propio reflejo. La copia tenía la apariencia de cuando era pequeño, con alas diminutas y una mirada ingenua.

—Recuerdas —dijo la versión niño—, cuando a esta edad fuiste usado como sacrificio. Tus padres te durmieron y te dejaron en el bosque. Fuiste atacado. Te quebraron las alas. Cuando volviste, nadie se alegró. Fuiste devuelto.

Rey asintió, su expresión impasible.

—Es cierto.

—Por más que intentamos repararlas, nuestras alas no sanaban —continuó la copia—. Buscaste la cura y nunca la encontraste.




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