Rey miró a Black con una expresión que mezclaba gratitud y resignación.
—Dejaremos a Hernion aquí —dijo, con voz firme—. ¿Puedes cuidar de él?
Black asintió sin palabras.
Dancer se acercó a donde yacía Hernion, aún inconsciente tras los efectos de la bebida de Black. Dejó su ropa a su lado y, con la punta de su dedo, acarició suavemente su cabello.
—Lo siento —susurró, con la voz quebrada—. Te juro que volveremos.
Ambos se alejaron. Dancer caminaba despacio. Cuando llegó al borde del nivel, se detuvo.
—No mires atrás —dijo Rey, sin volverse—. Lo hacemos por su bien. Puede que más abajo no resista y vuelva a hacerse daño. Además... hicimos una promesa, ¿verdad? Vamos a volver.
Dancer apretó los puños y asintió.
—Sí.
Y saltaron al siguiente nivel.
Hernion, entre mareos, abrió los ojos. La visión borrosa le mostró dos figuras que se alejaban, perdiéndose en la distancia.
—Chicos... —murmuró, extendiendo una mano débil—. ¿A dónde van? Esperen...
Pero el sueño lo venció de nuevo, y cerró los ojos.
Cuando despertó por completo, algo era diferente. Estaba seco, y vestía la ropa que le habían dado los Lilit.
—Vaya —dijo una voz a su lado—. Hasta que despertaste.
Hernion miró hacia arriba y vio a Black, echado en una rama del árbol, bebiendo.
—Pensé que despertarías rápido, pero nada —continuó Black—. Tuve que sacarte del agua y cambiarte de ropa. Ibas a ahogarte, ¿sabes?
Hernion se incorporó de golpe, mirando a su alrededor con desesperación.
—¿Dónde están Dancer y Rey? —preguntó, la voz tensa.
Black bebió otro trago antes de responder, con una naturalidad relajada.
—Ah, ellos. Te abandonaron. Dijeron que eres un cobarde, que causas muchos problemas. Que, si te llevaban, los estorbarías. Así que me pidieron que te cuidara aquí y no los siguieras.
Hernion sintió que el pecho se le comprimía.
—Mentiroso —gritó, levantándose—. ¿Dónde están? ¿Acaso les hiciste algo? ¡Dime!
Black solo lo miró.
—¿Qué puedo hacer yo? Si quieres preguntarles, ¿por qué no bajas al siguiente nivel?
Hernion, ciego de ira, trepó al árbol intentando atrapar a Black. Pero él desapareció en el aire, reapareciendo abajo, imperturbable.
Hernion se lanzó desde las ramas, cayendo contra las raíces del árbol. El impacto le golpeó el pecho, pero se levantó de inmediato y volvió a intentarlo. Una y otra vez. Golpeándose, cayendo, levantándose.
—Ya me cansaste —dijo Black, con un suspiro—. Mejor me voy.
Y desapareció.
—¡Espera! —gritó Hernion al vacío—. ¡No desaparezcas, cobarde!
Pero no hubo respuesta.
Hernion decidió buscar la salida por sí mismo. Caminó durante mucho tiempo, pero andaba sin rumbo, en círculos. Siempre terminaba en el mismo lugar.
En el sexto nivel, la batalla era feroz.
Los jugadores se enfrentaban a unos seres alados de aspecto etéreo y cruel. Criaturas que reían mientras atacaban, mientras la sangre teñía el suelo.
—Pero ¡qué debiluchos! —se burló una de ellas, esquivando un golpe con elegancia—. No mejoran nada. Esta vez sí los voy a derrotar.
Los jugadores caían desangrados, sus heridas abiertas como flores carmesíes.
—Extraeremos todo su precioso líquido —dijo otra criatura, lamiendo la sangre en el aire—. Para nuestro alimento.
Dancer era el blanco principal. Su tamaño la hacía un objetivo fácil, y las criaturas la atacaban sin piedad. Rey cubría sus espaldas, disparando flecha tras flecha.
—Tú tienes más de ese líquido —dijo una de las criaturas, acercándose a Dancer—. Danos todo.
Dancer sintió un dolor punzante en los ojos. Sangre comenzó a brotar de ellos, elevándose en el aire, atraída por la resonancia que las criaturas emitían. La sangre flotaba hacia sus bocas, y ellos la digerían con placer.
—Dancer —dijo Rey, mientras se abalanzaba con su arma, derribando a varios seres alados—. No me arrepiento de dejar a Hernion.
—Yo tampoco —respondió Dancer, siguiéndole—. No me arrepiento.
Hernion seguía buscando la salida cuando Black apareció de nuevo frente a él.
—Te ayudaré —dijo el ser oscuro—. Pero antes debemos jugar un juego.
Hernion desconfió, pero ya no le quedaban opciones. Asintió.
Black se sentó en una raíz y señaló un lugar frente a él.
—Siéntate.
Hernion obedeció.
—El juego consiste en que me cuentes toda tu vida.
Hernion se levantó de inmediato.
—No jugaré —dijo, y se alejó.
—Eres un cobarde —le gritó Black—. Por eso te abandonan. Todos te dejan. Eres un error en el universo. Nunca encontrarás la salida. Estarás encerrado aquí mientras tus amigos mueren. ¿Sabes a dónde fui antes de venir aquí?
Hernion se detuvo, pero no respondió.
—Al sexto nivel —continuó Black—. Y no va nada bien. Esas Demis están muy agresivas. Mientras tú buscas la salida, creo que será muy tarde.
Hernion apretó los puños. Luego, lentamente, regresó y se sentó frente a Black.
—¿Qué quieres saber? —preguntó, con voz rendida.
—Todo —respondió Black—. Cada detalle.
Hernion comenzó a hablar. Y habló durante horas. Contó cosas que nunca había contado, cosas que creía enterradas para siempre. Solo pensaba en ir con sus amigos.
Cuando terminó, se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Ya cumplí —dijo, con voz ronca—. Ahora cumple tu trato.
Black se levantó. Caminó hacia él, y de repente lo alzó en el aire.
—¿Qué haces? —protestó Hernion, forcejeando—. ¡Bájame!
—Será más fácil así —dijo Black.
Y de pronto, aparecieron frente a la salida del nivel.
—Bájame —insistió Hernion.
Pero Black no lo hizo. En lugar de eso, lo sostuvo frente a sus ojos y habló con una voz más seria, pero con gran sentimentalismo.
—Escúchame, mocoso —dijo—. Ya perdí la cuenta de cuántas veces me contaste esa historia. De cuántas veces te sostuve. De cuántas veces te vi llorar. De cuántas veces tus amigos te dejaron. De cuántas veces fuiste a buscarlos. De cuántas veces me miraste, como ahora. De cuántas veces repetiste el mismo diálogo.