Capítulo 2
No me sentía ajena al furor que ejercía el cuerpo ante el tintineo que provocaba el choque de las espadas una trás otra. Las hojas brillantes exquisitamente pulidas y afiliadas, cortaban el viento con sus balanceos constantes. Sir Raya se mostraba como un espectáculo de hombre. Su piel imitaba el tono de la canela importada del oeste, sus hombros anchos cubiertos por la armadura de metal no tenían comparación, pero, sus ojos bajo el yelmo, irradiaban esa tenacidad de aquel incapaz de darse por vencido. Quiero confesar, se hallaba lejos de ser mi favorita por mucho que disfrutara describiendo la belleza de su persona. Mis ojos, mi alma y mi persona solo seguían cada detalle del hombre con la túnica amarilla como la yema de un huevo fresco y el escudo de armas de Prego, un león con alas y cola de serpiente bastante peculiar.
Gemí al ver su espada caer y me sobre salte aún con mas fuerza junto con el resto de las personas que acudían al encuentro, cuando rodó por la arena para recuperar su espada. Sir Raya se lanzó sobre el cuerpo aún el suelo y comenzó a golpearlo, su escudo, en cambio, protegió su glorioso rostro cubierto por el yelmo reluciente.
Como un balancín, Sir Leotas empujó a su adversario y al mismo tiempo regresaba sobre sus dos pies. ¿Cuánta fuerza aquel moviento habría conllevado? No lo sabía y necesitaba urgentemente conocer el cómo.
Sir Raya no perdió tiempo. Mis ojos se abrieron como piedras y grité enloquecida al ver el escudo de Sie Leotas en el suelo. Una vez más, el hombre tendria que arrastrarse pora recuperar su arma. Pero, resultó difícil, se vió arrastrado por la intervención de ella espada de Sir Raya que lo obligaba a retroceder y esquivar tanto como era posible. Chillé enloquecida olvidando todo acto de pudor al verlo cortar la costilla derecha de su contrincante y quitarle su casco. Fue turno de Sur Raya de perder el equilibrio y dar varios pasos lejos. Ambos se mantuvieron con la guardia alta unos segundos más. La ansiedad de conocer el final del desenlace agitaba mi corazón, quién clamaba fuera de sí. ¿¡Cómo soportaría el final si continuaba así!?, pensé aún negándome a dejarme llevar.
El público guardó silencio, Sir Leotas que había dado un vuelco interesante a la rueda de la fortuna y logrado cortar más de una vez a su oponente, yacía muerto en la arena. Su espada a su lado, el escudo varios pies de distancia y la mirada perdida de la joven dama que sería su prometida, Lady Hanessa Rodes.
Cubrí mis rostro con un pañuelo de seda que había tomado de las cosas de Paige, imitando la sutil mirada vidriosa que la joven dama a mi lado poseía. Una sonrisa se curvó por mi rostro bajo la tela. Mi cuerpo temblaba bajo la euforia del momento, mientras la joven Hannesa huía dolida fuera de la arena. La seguí en silencio y su tormento hasta que desapareció, se convirtió en un esquisito deleite. Suave, inesperado y caótico. Mi nunca comenzó a picar. No era un sentimiento ajeno, más bien una llamada de atención. Mis ojos se movieron una última vez y chocaron los de la Reina consorte, quien en su trono al lado del Rey, clavaba dagas invisibles en mi.
Ella sabía o no sabía, y eso, ¿qué importaba? Una lágrima se deslizó por mis mejillas. Caí sobre mis rodillas, pálida sin creerlo, o solo actuando como toda una actriz de bajo mundo que envolvía su cuerpo en sábanas sucias y lamentaba haber tomado un camino tan tonto.
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La noche cayó pronto y la noche se utilizaba con muchos fines poco morales y ortodoxos. Paige me seguía de cerca, demasiado interesada en mis asuntos. Sacudió el vestido de seda rosa que quedó enganchado en una rama al recorrer el bosque, cubrió su nariz ante el olor a pudredumbre que envolvía el área del castillo destinada a los cuerpos y se negó a sujetar la antorcha cuando intentaba abrir la habitación privada de Herbert.
No ví mucho, quiere agregar. El viejo bastardo de Herbert se volvía cada vez más cercano a un Hurtador de Cuerpos de lo que este reino tendría la suerte de conocer. Los originales no tomaban té con leche cada mañana, ni acosaban a las mozas en sus trabajos.
Sir Leotas se encontraba en una esquina, en un aparente buen estado, Sir Raya a su lado. Tomé la mano fría del último y Paige tuvo que preguntar cómo si toda la situación no fuera lo suficientemente obvia
— ¿Qué necesidad tenías de matarlo? Planeaba brindarle mi mano en el primer baile. ¡Mi hermoso espécimen!
— Piensa, Paige, piensa. Utiliza esa cabeza rubia para algo que no sea portar una tiara de diamantes.
— Provacarle un simple ataque al corazón suena, a mi parecer, una solución más fácil — explicó ella con cierta superioridad
—¿Crees que alguien en la Corte se tragaría la muerte Leotas Karr por un efecto de su corazón? Alguien cuyo apodo es León de Hierro y hay quienes aseguran sus huesos continenten acero. ¡Su madre se llena la boca del decir que comió flor de cordica durante su embarazo!¡Esa maldita flor contiene propiedades regenerativas y se sabe que quienes la comen tiene una vida muy, muy larga!¡El hijo primogénito de la Casa Prego no moriría por algo tan estúpido y ellos guardarían silencio al saberlo! — grité y ella frunció el ceño — Ah, la cosa cambia cuando se juega la vida en un torneo frente a cientos de personas con el mismo Rey de testigo — se acercó a Sir Raya con cierta dudas en su rostro — ¿Y con quién? Un extranjero del que nadie sabe nada. Un extraño proveniente de una casa desconocida. Sin motivaciones o alianzas conocidas. Un ser de afuera al cual ningún Karr sobornaría para que nuestro querido Leotas ganará.
— Aún no entiendo que estúpida razón poseías. Matar a éste hombre es casi un sacrilegio. Sin contar, no estamos seguros que los Karr posean una llave— se lamentó
— Me temo. Sir Raya estuvo muerto desde el inicio.
— ¡Una broma!¿Bromeas conmigo, verdad, querida?— preguntó con rastros de sarcasmo
— Baja la voz o Herbert abandonará su botella en busca del causante de semejante escándalo.