Hidelton

1.

-Jane-

 

1.

 

—Tienes razón —dijo Steven—, las zapatillas blancas de tacón bajo son mejor.

—Ya lo sé —respondió Jane, mirándose sus pies caucásicos con aquellas zapatillas blancas, frente al espejo alargado de una habitación victoriana, de paredes blancas y relucientes bordes dorados—. Deberás informarle a Charlotte que no olvide su vuelta por la privada; el profesor Maxwell la espera.

—No entiendo la urgencia del profesor al citarla a tan tempranas horas de un lunes —dijo Steven mirando a través del ventanal de un marco pesado, junto a la espesa cortina azul.

—Te diré, querido hermano, que yo no sé más que tú, y por lo mismo, mi curiosidad pretende salir de ese cajoncillo donde yace guardada, contra mi integra actitud de no meter mis narices donde no me llaman, salvo de lo que se me ha asignado ser conocedora, y nada más.

—¿Y el profesor Maxwell será quien la reciba? Eso no lo acabo de comprender. Como sea —continuaba Steven—, mi presencia por estos lados esta próxima a extinguirse. Partiré en tres noches, y nada habrá quedado en mí, más que un sinfín de chismes inconclusos dentro de un pueblo mendigo y con aires de grandeza, donde solo se esconde la pobreza y ocultan la pesadumbre de sus raíces míseras ante los airosos escándalos que son lo único bueno de este lugar.

—Hablas como si este no fuera el sitio que te vio crecer.

—¡Y qué vergüenza me da recordarlo!

—Eres tan guapo, Steven. Mírate, eres un adulto, cercano a los treinta, de porte aristocrático, llevas tu cabello castaño en una cola de caballo muy varonil y tu piel blanca no pudo resultar más que una bendición como lo es la mía, la de Charlotte y la de otros tantos de nuestra familia, y aún con todo eso, nada te dio la felicidad, ni siquiera la gracia.

—No vine a este mundo pretendiendo encontrar la felicidad o encontrar el confort en la comedia; menos, caí aquí a mi voluntad.

—Y por lo mismo fue que por tu voluntad te has ido, y solo vuelves cuando se te llama, al menos una vez por año.

—Deberás aprender a soltarme, querida hermana —dijo Steven dando media vuelta y caminó hacia la puerta—, deberás hacerlo si quieres que pronto le haga razón a Charlotte de su compromiso.

—Anda, vete ya —dijo Jane admirando su vestido en color hueso. Finalmente, Steven marchó hacia donde Charlotte, y Jane, descargó en un pesado suspiro, la desdicha de ser hermana de dos grandes desagradecidos con su ventajosa postura.

Steven informó a Charlotte de su invitación a tomar el té, y esta salió cuanto antes. Asistió con la misma curiosidad que llamaba a sus hermanos, puesto que aquella carta que arribó un día antes a su puerta resultó lo más inesperado de su vida. Pero siendo una mujer integra y de un gran carácter —según se reconocía sobre sí misma— ocultó los nervios e hizo presencia con la distinguida postura que se le enseñó para hacer reconocer su valor.

La recibió el profesor presentándose propiamente ante ella, sin sospechar un poco de las enredadas intenciones que momentos después, le haría tomar un reaccionar esquivo, a toda costa.

—Buen día lady —comunicó cordialmente, y se reclinó indicándole cortésmente la entrada hacia el salón principal.

Charlotte accedió, curiosa, espulgando con la mirada cada rincón, y ocultando su asombro por la propiedad inmensa y un tanto similar a la de su familia —refiriéndose a los detalles que resaltaban la riqueza, como las costosas piezas—. Agradeció la invitación.

—Mi nombre es William Maxwell, y estaré encantado de contar con su presencia, cada día que me sea concedido para admirarla.

Charlotte, no pasando por alto el atractivo del profesor, y su gran porte, se limitó, apartando su vista del corte militar, y de los ojos olivos, a través de la mirada madura.

—Sus halagos resultan una sorpresa, profesor, le ofrezco mi agradecimiento.

—Por favor, llámame por mi nombre, William.

—Para mí es profesor, de ese modo le llamaré.

—Dime, Charlotte ¿te resulto un hombre atractivo? —preguntó intrigado el profesor, adentrándose al centro del salón.

—¿Por qué debería de resultarme atractivo? Apenas han pasado un par de minutos de conocerlo, y el atractivo de un alma, jamás ha radicado en el físico.

—Todo el mundo me conoce por aquí —dijo burlesco—, me sorprendería si me dijera que no hubo un minuto que mi imagen interfiriera en sus pensamientos.

—Puede ser que eso sucediera, y si lo ha sido, es por lo que se dice de usted, lo que no es algo favorable… —Charlotte miró al jardín principal a través del ventanal, evadiendo el contacto visual.

—Entiendo lo que comunica ¿Quiere decir que no sería merecedor de un beso suyo, nunca, en la vida?

—Usted lo ha dicho —confirmó Charlotte.

—¿Su resistencia es una forma de ponerme a prueba? —el profesor se acercó, y tomándola del hombro, la giró sutilmente, logrando el contacto visual.




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