Hijos De La Desgracia: Preludio, Tomo I.

Capitulo 9

Año 180 desde la fundación del Bastión Verdegrana.
Año 80 desde la fundación del Reino De Khirintorin.
30mo Día De Julio.

Tras un extenso viaje a través de los inmensos cielos, Lucía finalmente encontró tierra firme. ¿Dónde? Pronto lo descubrirán:

Ya no precisaba de aquella visión ampliada y extraña que había experimentado horas atrás para divisar las montañas, pues ahora las contemplaba en toda su grandeza, ante ella como un regalo divino. El viento, gélido y mordaz, penetraba en sus huesos jóvenes, aunque esta sensación pasaba desapercibida, eclipsada por la grandiosidad que se desplegaba ante su mirada. Eran las cumbres más magníficas que sus ojos jamás habían atestiguado. Durante cinco arduos días, la criatura sin igual surcó los cielos sin pausa, el sol y la luna se alternaron ante ella, pudiendo discernirlos, pero el grifo no cejó en su vuelo. En un momento, la joven llegó a preguntarse si en algún momento el ave sentiría fatiga o anhelo de alimento debido a la carga que llevaba consigo. No obstante, pronto comprendió que ella misma no padecía hambre ni cansancio, lo cual le pareció sumamente extraño.

Colosos de piedra y nieve ascendían hacia el cielo, imponentes e inabarcables. Cuando su mirada descendía por las laderas, se perdía en la lejanía, incapaz de discernir dónde comenzaban las bases de esas alturas titánicas. Pero al elevar sus ojos —siempre evitando el encuentro con el grifo Aelius que la transportaba—, vislumbraba cómo cada vez se aproximaban más al cenit. Aquella cima central, la reina de las montañas, alzaba su perfil augusta e inigualable. Su tonalidad azulada se mezclaba con el blanco inmaculado que revestía sus picos.

Los grifos que Lucía había divisado a lo lejos ya no danzaban en las corrientes circundantes, detalle que, en un sentido, le aliviaba, aunque en otro, le llenaba de desaliento. Pues anhelaba verlos mas de cerca.

Aelius, asiendo con firmeza los hombros de la infanta, alzó vuelo trazando un recorrido sinuoso alrededor de los montes. Su vuelo era ágil y bien sincronizado, tan elegante como el más refinado de los nobles. Aun cuando Lucía no había tenido oportunidad de presenciarlo antes, intuía la magnificencia que envolvía a Aelius. Juntos circunnavegaron las alturas, un viaje que demandó varios minutos de su tiempo. Allí, ante sus ojos, se abrió el panorama: tras la confluencia de las tres montañas se desplegaba un claro engalanado con un manto de nieve, tan blanco como la plata más pura, un resplandor que rivalizaba con el brillo de un diamante pulido. Era una blancura densa, rica como un bálsamo casero de virtudes curativas.

Más allá, hacia el norte (es decir, a su izquierda en este caso), se extendía una ladera escarpada, interminable en su descenso hacia valles rocosos y profundos. Dichos valles se ocultaban tras el macizo montañoso en el que se hallaba Lucía, tan remotamente lejanos que parecía inverosímil que algún ser habitara en tan recóndito paraje. La joven apartó la mirada de aquel rincón y dirigió su atención nuevamente al frente, donde el claro detrás de las montañas aguardaba como el sitio al que Aelius la conduciría. Aunque el viento acarreaba consigo no solo la nieve, sino también el gélido frío, Lucía seguía inmune a su mordida.

Con gentileza, Aelius colocó a Lucia sobre el manto de nieve que cubría el claro frente a las montañas. Pinos adornados por copos blancos se alzaban a ambos lados, mientras suaves colinas flanqueaban las tres cumbres a varios metros de distancia. La joven, cuyos pies aún se hallaban desprovistos de calzado, se sumergió varios dedos en la blancura mullida. El señorial grifo, en su magnificencia, se resistía a develarse y retomó su vuelo con ímpetu, desvaneciéndose una vez más de la percepción de la infanta, quien quedó sola en aquel rincón.

— ¡Detente! —clamó Lucia, aunque en vano, pues ya no era alcanzable.

Luchó por liberarse de la prisión de nieve en la que había quedado atrapada, pero sus esfuerzos eran vanos, pues carecía de la fuerza necesaria para desplazar aquel manto gélido que la aprisionaba. Sus largas hebras de cabello azabache, enmarcando su rostro, estaban ahora cubiertas por el manto blanco, formando un contraste que resaltaba su belleza. En tanto, sus ojos de esmeralda irradiaban una luminosidad intensa, como gemas cuyo brillo se había intensificado con la adversidad.

Desistió, finalmente, de su empeño y dejó de forcejear, permitiendo que la quietud del invierno se adueñara de su cuerpo exhausto. Hundida en la nieve, halló una extraña paz en la aceptación de su situación. Su mirada vagó por el panorama que la rodeaba, un mundo que parecía haber sido inmovilizado en el tiempo por la espesura del blanco abrazo que las montañas habían recibido de los cielos. El firmamento se encontraba oculto tras un manto denso de copos, apenas un tenue destello de luz lograba filtrarse a través de la neblina, tiñendo todo en tonos de gris. Los vientos, intrépidos mensajeros del frío, arrastraban incesantes montones de nieve, componiendo una sinfonía de susurros gélidos que solo la soledad de aquel paraje podía escuchar.

Repentinamente, notó cómo una sombra se desplazaba hacia ella, un manto extenso y amplio ondeaba tras su figura, y en su cabeza parecía llevar un sombrero puntiagudo. La silueta proyectada era robusta y ancha en su tamaño. A su lado, una figura más pequeña y sombría descansaba junto a lo que asumía como los pies de la figura principal, portando una luz peculiar que parpadeaba a lo lejos.

"¿Por qué caminas? Tú puedes volar", alcanzó a escuchar Lucía. Un tono extraño que apenas lograba distinguir desde la distancia.

"Disfruto sentir la nieve bajo mis pies", percibió después, el tono de esa voz parecía más suave.

La presencia avanzaba con pasos serenos pero firmes, mientras la pequeña silueta que antes caminaba ahora se desplazaba con gracia flotando junto a su hombro izquierdo, tras elevarse ligeramente en vuelo y realizar una elegante vuelta. A medida que se acercaba, Lucía notaba cómo el manto del individuo principal ondeaba con más fuerza, acariciado por la brisa. Cuando se detuvo frente a ella, pudo vislumbrar sus pies, delicados y alargados, envueltos en una suerte de sandalias grises. Sus dedos eran rígidos, y sin embargo, lo que más captó su atención fue su piel, un pálido azul, semejante al hielo que yacía en aquellas montañas.



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En el texto hay: fantasia, aventura, fantasia épica

Editado: 18.01.2024

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