—¡¡¡No te acerques con esa cara de victoria!!!
—¡Entonces deja de llamarme tsundere!
—¡¡¡Porque no lo soy!!!
—¡Claro que sí!
—¡¡¡HARUTOOOOOO!!!
Dieron otra vuelta alrededor de la mesa hasta detenerse al mismo tiempo, jadeando y apoyándose en las rodillas.
—N-No... corres... igual que cuando eras niña... —atinó a decir Haruto recuperando el aire.
—T-Tú... tampoco... dejaste de decir... cosas irritantes —respondió Hina entre suspiros.
Se miraron un instante y al unísono exclamaron:
—¡Es culpa tuya!
Y estallaron en carcajadas que llenaron toda la casa.
Reina los observó con calma sosteniendo su taza de té, hasta que se calmaron lo suficiente para preguntar:
—¿Ya terminaron de recordar sus viejas costumbres?
—¡Fue ella quien empezó! —se defendió Haruto señalándola.
—¡Mentira! ¡Él me llamó tsundere! —replicó ella.
—¡Porque lo eras!
—¡¡Lo sigues diciendo!!
Reina negó suavemente con la cabeza.
—No cambiaron absolutamente nada.
Ambos se quedaron callados un segundo y volvieron a reír. Habían pasado años sin verse, pero bastaron unos minutos para volver a ser exactamente los mismos niños de aquel parque.
Más tarde, cuando la noche ya había caído, Hina se despidió en la puerta:
—Mañana vendré temprano para ayudarte a traer tus cosas. Y no pienso dejar de molestarte —advirtió mirando a Haruto con una sonrisa burlona—. Buenas noches, renacuajo.
—Buenas noches... tsundere —respondió él con una media sonrisa.
Tras cerrar la puerta, Haruto comenzó a recoger la mesa por costumbre. Antes de llevar los platos, Reina tomó uno de ellos:
—Yo también ayudaré. A partir de ahora esta también es mi casa.
Juntos se dirigieron a la cocina. Él abrió el grifo y ella se remangó las mangas:
—Lava tú. Yo secaré.
El sonido del agua y el roce suave de los platos llenó la estancia en un silencio cómodo y tranquilo. Fue Reina quien rompió la calma:
—Sigues cocinando muy bien.
Haruto sonrió mientras enjabonaba un plato.
—Bueno... la verdad es que mis dos hermanas eran un auténtico desastre con cualquier cosa doméstica —soltó una pequeña risa—. Después de que nos separamos, me di cuenta de que si no me ponía manos a la obra, iban a pasarlo mal. Así que empecé a cocinar, a limpiar, a arreglar lo que hiciera falta... con el tiempo terminé sabiendo hacer de todo en casa. Mis dos madres me ayudaron a aprender.
Reina lo miró con atención.
—¿Y ahora?
—Cuando ellas terminaron la escuela y entraron al sistema, ya no tuve que encargarme tanto —explicó él—. Pero las costumbres no se van tan fácil.
—¿Y ellas? ¿Cómo están? —preguntó ella con suavidad.
Haruto se detuvo un instante, como si buscara las palabras adecuadas.
—Sinceramente... jamás me habría imaginado que las dos acabarían casadas con el mismo hombre al salir de la escuela —meneó la cabeza con una sonrisa—. Eran tan diferentes entre sí... una siempre tan seria y responsable, la otra tan alocada y sin miedo a nada. Y terminaron eligiendo a la misma persona para compartir la vida.
Reina asintió despacio, secando con cuidado el último plato.
—Quizás lo que las unió fue precisamente que, aunque fueran distintas, buscaban lo mismo.
—Tal vez —admitió él—. Lo único que sé es que nunca dejaron de decirme que, si no hubiera sido por mí, ellas no habrían podido seguir adelante con tanta tranquilidad.
Reina se quedó mirándolo unos segundos más, con esa calidez que solo él conocía.
—Y tú nunca dejaste de pensar en ellas antes que en ti mismo.
Haruto sintió que el corazón se le llenaba de una sensación suave y cálida.
—Supongo que algunas cosas... nunca cambian.
—No —convino ella bajando la voz—. Y menos mal.
La cocina volvió al silencio, pero ya no era solo tranquilidad: ahora había certeza, recuerdos y la sensación de que, después de todo ese tiempo, por fin estaban en el lugar al que pertenecían.
La cocina quedó en silencio. El último plato descansaba en el escurridor y el sonido del agua había cesado. Haruto se secaba las manos con un paño mientras Reina acomodaba los vasos en su sitio.
De pronto, el teléfono vibró suavemente sobre la encimera.
♪ Rin... Rin... ♪
Al ver el nombre en pantalla, Haruto sonrió sin darse cuenta: Mamá Nanami.
—¿Tus padres? —preguntó Reina bajando la voz.
—Sí —asintió él—. Seguramente ya saben que no volví a casa... si nadie me hubiera elegido, ya estaría ahí. Supongo que quieren conocer a la chica que decidió darme una oportunidad.
Reina dejó el vaso que tenía en la mano.
—Entonces contesta.
Haruto respiró hondo y aceptó la llamada. La imagen apareció al instante: su padre Kenta sostenía el teléfono con ambas manos, intentando mantener la cámara quieta.
—¡Haruto!
—Hola, papá.
Detrás de él asomaron dos rostros que le eran más familiares que nadie: a un lado, Nanami, su madre biológica, con su serenidad y su mirada tranquila que siempre le daba paz; al otro, Miyako, su madre adoptiva, inquieta, expresiva y siempre dispuesta a protegerlo con todas sus fuerzas. Ambas empujaron suavemente a Kenta para aparecer mejor.
—¡¡¡HARUTOOOO!!!
—¡Muévete un poco, que no lo vemos bien!
—¡Sostén mejor el teléfono, Kenta!
—Hola... mamá Nanami... mamá Miyako —saludó él entre risas.
—Me alegra que contestaras —dijo Nanami con alivio—. Al no llegar, imaginamos que alguien te había elegido.
Miyako se pegó casi a la cámara:
—¡Y queremos conocerla! ¿Cómo es? ¿Es amable? ¿Te trata bien? ¿Es bonita? ¿Ya cenaron? ¿Cocina? ¿Cuándo la veremos?
Haruto apenas pudo balbucear:
—Bueno... yo...
De pronto, unos brazos lo rodearon con suavidad desde atrás. Una cabeza descansó con naturalidad sobre su hombro, y él sintió cómo el corazón se le aceleraba: era el mismo abrazo de cuando era pequeño, pero ahora venía de la joven que había esperado por él durante años.
Editado: 18.10.2026