El viernes por la tarde, el ambiente en el aula de primer año se había transformado por completo. La última clase de la semana había terminado y la tensión de las horas lectivas se había disuelto, dejando paso a una calma relajada. Las voces de los estudiantes se entrelazaban en un murmullo alegre: unos guardaban sus cuadernos mientras hablaban animadamente sobre los días de descanso que comenzaban; otros planeaban quedarse en la academia aprovechando las instalaciones; y no faltaban quienes debatían con entusiasmo qué harían durante el fin de semana. La cercanía del descanso parecía haber suavizado todo.
Haruto introdujo sus últimas libretas en la mochila con movimientos pausados, dejando escapar un suspiro que venía del fondo del pecho.
—Por fin terminó la semana... —murmuró más para sí mismo que para nadie más.
—¿Cansado? —preguntó una voz serena a su lado.
Haruto levantó la vista. Reina estaba allí, de pie junto a su pupitre, con aquella calma suya que parecía no abandonarla nunca. Aunque era de tercer año, parecía moverse por el aula con la misma naturalidad de siempre, como si perteneciera a aquel lugar.
—Un poco —respondió él—. Han pasado demasiadas cosas en apenas unos días. Siento que han sido semanas enteras metidas en una sola.
Desde el otro lado del pasillo, Hina, de segundo año, se acercó cerrando su propio bolso y soltó una risita clara y conocida.
—Eso es porque eres tú, renacuajo. Desde que llegaste has conseguido meterte en más líos que algunos alumnos en todo un año.
—¡Yo no me metí en ninguno! —protestó él girándose hacia ella, con las mejillas ya empezando a sonrojarse.
—Claro que no —respondió Hina con una sonrisa traviesa—. Los problemas simplemente te encontraron. No tienen resistencia a ti.
Haruto suspiró de nuevo, resignado.
—Exactamente. Eso es lo que siento.
Reina los miró en silencio unos instantes, como sopesando sus palabras, antes de preguntar con tono natural y aparentemente sencillo:
—Haruto, ¿tienes planes para este fin de semana?
Él se detuvo un instante, pensando.
—En realidad, sí. Pensaba volver a casa. Quería pasar un tiempo con mi familia. Hace bastante que no estoy con ellos tranquilamente, sin prisas ni preocupaciones.
Reina asintió despacio.
—Entiendo. Es comprensible.
—Aunque no tengo nada más planeado —añadió él terminando de cerrar la mochila—. Seguramente estaré con ellos, comeremos juntos, descansaremos... y luego volveré aquí. Nada especial.
Entonces Reina sonrió. Una sonrisa suave, serena, que hizo que el corazón de Haruto diera un vuelco sin saber por qué.
—Entonces sal conmigo este fin de semana.
...
Silencio.
Un silencio tan repentino y absoluto que pareció absorber todo el sonido del aula. Las conversaciones se cortaron de golpe. Los lápices dejaron de sonar contra las mesas. Quienes estaban de pie se quedaron inmóviles. Todos, absolutamente todos los compañeros de clase de Haruto giraron la mirada hacia ellos al mismo tiempo.
Haruto se quedó petrificado, con una mano todavía metida dentro de la mochila, sin poder mover ni un solo músculo. Su cerebro tardó unos segundos en procesar lo que acababa de escuchar. Ella, la presidenta del consejo estudiantil, de tercer año... lo estaba invitando a salir.
Hina giró lentamente la cabeza hacia Reina, como si no estuviera segura de haber oído bien.
—...¿Acabas de invitar a Haruto a salir? —preguntó con voz pausada, señalándolo a él con un dedo.
Reina ladeó ligeramente la cabeza, confundida.
—¿Una cita?
—¡Salir los dos solos! ¡Durante el fin de semana! —precisó Hina, abriendo mucho los ojos.
Reina guardó silencio un instante, pensando con tranquilidad.
—Posiblemente.
¡¡¡¿POSIBLEMENTE?!!!
El aula pareció estallar en ese instante.
—¡¡¡LA PRESIDENTA ACABA DE INVITARLO A SALIR!!!
—¡¡¡ES UNA CITA!!!
—¡¡¡NO PUEDE SER VERDAD!!!
—¡¿A ÉL?! ¿A UN ALUMNO DE PRIMER AÑO?
Haruto sintió cómo el calor le subía por el cuello y le encendía la cara hasta las orejas.
—¡Esperen! ¡No hace falta que griten! ¡Podemos hablarlo tranquilamente! —intentó decir, pero su voz se perdió entre el alboroto.
Y justo cuando pensaba que podría escabullirse aprovechando el revuelo, escuchó unos pasos rápidos que se acercaban por detrás.
—¡Haruto!
Su rostro perdió todo color. Conocía esa voz demasiado bien.
Se giró lentamente. Allí estaba Yuto, su mejor amigo y compañero de clase, de pie junto a Aoi, la única chica de su mismo grupo que también estaba presente. Ambos lo miraban con una expresión imposible de describir: una mezcla de indignación profunda, incredulidad absoluta y una resignación que daba lástima verla.
—Ven aquí —ordenó Yuto, señalándolo con un dedo.
—No.
—No te estoy preguntando.
—¡No hice nada! —se defendió Haruto retrocediendo un paso.
—Eso dijiste la última vez —respondió su amigo avanzando hacia él.
Haruto miró a Reina. Luego a Yuto. Y tomó una decisión en una fracción de segundo.
—¡Reina, ayúdame!
En tres zancadas se colocó detrás de ella, agarrándose de su camisa como si fuera su único refugio en medio de una tormenta.
Hina se llevó una mano a la cara, sacudiendo la cabeza.
—No puede ser... qué cobarde...
Yuto se detuvo frente a ellos, señalándolo con firmeza.
—¡No te escondas detrás de la presidenta como un cobarde! ¡Sal de ahí y enfréntalo!
—¡No soy cobarde! ¡Estoy intentando sobrevivir! —respondió Haruto asomando apenas la cabeza por encima del hombro de Reina.
—¡Sal! —insistió Yuto dando un paso adelante.
En ese momento, Reina se giró con calma. Antes de que Haruto pudiera comprender qué estaba haciendo, ella lo tomó suavemente por los hombros y lo atrajo hacia sí, envolviéndolo entre sus brazos. Haruto quedó pegado a ella, sintiendo su calor, su aroma suave, y el latido tranquilo de un corazón que no se alteraba por nada. Sus brazos lo rodeaban con ternura y firmeza, protegiéndolo de todo el resto del mundo.
Editado: 18.10.2026