Hola, mundo.

La desilusión

Empezaba pero no del todo bien... apareció el gran problema: le gustaba a su amiga.

Sí. De entre todos los que había -porque había muchos, más audaces, más insistentes, más visibles que yo- tenía que fijarse en mí. Fue como si alguien hubiese bajado el telón a mitad de la obra. Como si el alma se me hubiera deslizado hacia un rincón helado del pecho. Un balde de agua fría no lo habría hecho mejor. Fue una desilusión seca, directa, sin atenuantes. De esas que no hacen escándalo, pero se sienten como un puñetazo al centro del pecho.

No armé alborotos. No hice gestos. No dije nada. Solo acepté la realidad con la resignación silenciosa del que ha aprendido a perder sin llorar. Me alejé. Me fui a mi cama, lejos de las luces tibias del comedor, lejos del bullicio, de los cuentos que flotaban entre los pabellones, lejos incluso de la música improvisada que solía armarse en las noches lentas. Me acurruqué con la misma ropa de la tarde, con la espalda hacia la pared, tratando de apagar el ruido interno.

Intenté convencerme de que era lo correcto. Que había que soltar, que no valía la pena seguir enredando los sentimientos. Me repetía frases que sonaban lógicas pero se sentían huecas: Es solo una chica. No pasa nada. Se te va a pasar. Pero en el fondo sabía que no era así. Que esa historia, aunque corta, ya se me había incrustado.

Y entonces, cuando el mundo parecía estar cayendo en el silencio que había buscado, escuché mi nombre.

Era su voz, del otro lado de la puerta, pronunciándolo como si tuviera urgencia. Como si decirlo le sirviera de amuleto. Yo, con la mente hecha un nudo y los nervios mal dormidos, no respondí. Pensé que se cansaría. Pero insistió. Una vez, y otra. Hasta que tuve que salir.

Ahí estaba. De pie. Esperándome como si el universo le hubiera dicho que yo era el punto de partida. Y yo, que me sentía un náufrago, no pude resistirme.

Cuando por fin me tuvo de frente, no me quedó más remedio que decirle todo. Sin pausas. Sin escudos. Sin adornos. Hablé desde la herida, como se habla cuando uno ya no espera consuelo, solo comprensión. Le dije que me había dolido, que no entendía cómo habíamos llegado a ese punto, que algo dentro de mí se había aferrado a ella sin que yo lo permitiera. Porque sí: algo en ella me desarmaba. Me hacía vulnerable. Me hacía humano.

Ella, en cambio, hablaba poco. Pero su silencio no era vacío. Me miraba con esa atención rara que no interrumpe. Cada vez que yo soltaba una palabra, ella se quedaba quieta, como rumiándola en su interior. Como si estuviera buscando la forma exacta de responder, pero sin apresurarse. Su quietud no me enfriaba, me abrigaba. Me hacía sentir que no estaba solo en esa tensión. Que algo en ella también estaba cediendo, aunque no lo dijera.

Cuando terminó el momento, simplemente volví a mi cama. Cerré la puerta. Me tiré de lado. Y aunque mis colegas llegaron después, riendo como si el mundo siguiera en su lugar, yo ya no era el mismo. Me hice el dormido. Pero no dormí. El cuerpo tal vez descansó, pero la mente... la mente no hizo tregua.

Con el canto lejano del gallo y la misma alarma de cada amanecer, el día siguiente se abrió despejado. Las nubes se habían ido. El barro empezaba a secarse. Las hojas brillaban aún húmedas, pero el sol ya quería apoderarse del cielo. Parecía un día más... y sin embargo, no lo era.

Cada vez que salía del albergue, me la encontraba. Y ella, como si no supiera el huracán que cargaba yo por dentro, soltaba su clásico "hola mundo" con esa sonrisa suya que parecía estar hecha para romper defensas.

Yo intentaba mantener la distancia, lo juro. Pero ya solo quedaba un día en el campo. Una última noche. Y yo sabía que, cuando el bus se fuera, también se iría todo esto para siempre.

Nos organizamos por brigadas como siempre. Pero mi mente estaba ausente. Repasaba las horas, cada mirada, cada palabra, cada instante con una ansiedad que ya no podía ocultar. Me dije: Haz lo tuyo. Vive esto como si fuera lo último. Porque, en el fondo, lo es.

El tiempo pareció relentizarse. El campo, que antes se sentía pequeño, ahora era inmenso. El trabajo me pesaba. Las tareas me parecían absurdas. Solo quería regresar. Verla. Intentar algo. Cualquier cosa.

De vuelta en el campamento, organizaron un partido. La costumbre era esa: soltar la tarde en una cancha improvisada, entre empujones y carcajadas. Me metí al juego con rabia disfrazada de energía. Corría detrás del balón como si pudiera patear lo que sentía. Driblaba con furia. Buscaba el pase perfecto... hasta que levanté la cabeza.

Y la vi.

Sentada sobre una tarima de cemento, esa que parecía una vieja cisterna olvidada, tenía los brazos cruzados sobre las piernas y la vista fija en mí. No sonreía, pero tampoco se escondía. Estaba ahí, presente, como si supiera que ese momento era importante.

Y entonces lo supe.

La historia no había terminado. Aún quedaba una última jugada. Y esta vez, no tenía nada que ver con el fútbol.

Aproveché la picardía de la ocasión. Me acerqué con esa mezcla de nerviosismo y valentía prestada que solo se tiene cuando se sabe que es ahora o nunca, y le pedí que me hiciera el favor de sostener lo que me molestaba para jugar fútbol, solo un momento, hasta que terminara.
Mentí.
Luego las olvidé a propósito.
Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Era mi boleto de regreso. Una excusa disfrazada de casualidad. Porque ella era el final de esa historia y yo no podía permitir que se me escapara sin cerrar el capítulo como debía. La última noche merecía algo más que un "adiós" entre la multitud.

El resto del día lo actué como si nada.
Jugué fútbol. Comí. Reí con mis amigos. Pero dentro de mí, el reloj se derretía. Cada minuto pesaba. La noche llegó arrastrando su sombra lenta, como si supiera que algo estaba por suceder.

Evité cruzarme con ella. No quería que me devolviera mis cosas aún. No podía permitir que ese breve contacto perdiera su valor prematuramente. Esperaba el instante exacto, la pausa perfecta entre el bullicio y el silencio.




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