Caminaron unos metros más, hasta que Miraz se tornó de un azul profundo y, ante sus ojos, brotó un bosque de pináculos calizos, alzándose como espinas blancas entre las dunas. Byron y Sirhan ni se inmutaron, pero Lux se sobresaltó. Todavía no se acostumbraba a aquellos cambios en la noche. Sin pensarlo, sus dedos se aferraron al brazo de Sirhan con un impulso nervioso. Él la miró de reojo, sin decir nada. Cuando Lux lo descubrió, no apartó la mirada.
“No te muevas. Es mejor permanecer juntos. Si nos separamos, podríamos perdernos en esto.”
Byron, en lugar de contemplar los pináculos, clavó su mirada impasible en ambos. Su rostro, siempre inexpresivo, no revelaba nada, pero Lux sintió que los estaba juzgando.
—¿Por qué nos miras tanto?
—Porque nunca había visto dos especies distintas que, a todas luces, prefieren hacer el amor y no la guerra.
Lux sintió que las palabras “hacer el amor” le quemaban las orejas, y las agitó para enfriárselas. Sin querer, su mirada se deslizó por el perfil de Sirhan: la línea de su mandíbula Marcada, sus gruesos labios entreabiertos, sus ojos reflejando la luz de Miraz como un destello celeste que se diluía en el dorado de su mirada, antes de clavarse en Byron con una furia helada. Lux apretó los dientes y se llevó un dedo a la boca para mandarle callar. No podía permitirse distracciones absurdas. Su deber era salvar Enkai, su prioridad absoluta.
¿Gustarle un extranjero? El mero pensamiento le hizo hervir la sangre de vergüenza. ¿Qué diría su padre? Aquello era imposible y, de serlo, una traición a su sangre. Solo quedaban unos días. Y ella no iba a desperdiciarlos en... eso.
Byron miró a Sirhan por un instante, con la intención de decir algo, pero se contuvo. Solo negó con la cabeza.
Los tres quedaron en un pequeño claro entre las formaciones rocosas. Entre las grietas, matas de vegetación resistente, pequeños arbustos espinosos y hierbas de hojas gruesas, se aferraban a la poca humedad del ambiente. De vez en cuando, alguna piedra suelta se desprendía y rodaba pendiente abajo con un ruido seco.
Más arriba, en los salientes rocosos, crecían plantas trepadoras de flores blancas y amarillas, sus raíces colgaban en busca del agua que también deseaba Lux encontrar.
Ella pasó la lengua por sus labios agrietados, el sabor a sal y polvo le recordó lo mucho que llevaba sin beber. Un retortijón hostil le sacudió las entrañas, mientras sus piernas temblaban bajo su peso. Cedió al cansancio y se dejó caer en la arena, dejando que la roca helada le mordiera la espalda mientras estiraba las piernas con un gemido ahogado.
Lux tocó la herida en el muslo y notó un dolor agudo, como si algo le quemara por dentro. La herida estaba inflamada, y cada paso le dolía. Pero su mente no se detenía en el dolor. Pensaba en su padre, en sus vecinos, en la furia desatada de Galerna… y ese sufrimiento palidecía ante su preocupación. No podía dejar de imaginar lo que podría estar ocurriendo en Enkai durante su ausencia, ni evitar la urgencia que la empujaba a volver con ayuda.
Un pensamiento sombrío le susurraba, como un eco persistente dentro de su cabeza. ¿Y si no encontraba ayuda? ¿O si, al volver con ella, no quedaba ya nada? Incluso una duda más punzante se abría paso. ¿Sería capaz, siquiera, de sobrevivir a los peligros del desierto para regresar?
Byron se adelantó, escudriñando los pasadizos oscuros del laberinto de roca, pero no fue más allá. Solo se asomó.
—No pararemos aquí, ¿verdad? Seguiremos.
—Claro que no, pienso continuar toda la noche si es necesario para llegar a la torre y pedir ayuda al vigilante. No tengo mucho tiempo. Pero…necesito un minuto, solo un minuto.
Sirhan no pronunció palabra, Lux tampoco esperaba que lo hiciera, al fin y al cabo no podía entenderla, pero sus ojos se posaron en el muslo herido de ella, y antes de que pudiera reaccionar, el guerrero ya se movía.
Con esa imponente estatura que hacía que Lux tuviera que arquear el cuello para mirarle, Sirhan se acercó a las paredes rocosas. Sus largos brazos alcanzaron sin esfuerzo las grietas superiores donde crecían las flores, esas que Lux no podría haber cogido sin trepar.
Las arrancó con sus dedos callosos, las masticó con decisión y, agachándose frente a ella, escupió la pasta directamente en su palma., Lux apenas tuvo tiempo de arrugar la nariz con desagrado, cuando esos dedos grandes, cálidos, y ahora pegajosos, presionaron contra su herida, casi cubriéndole el muslo por completo
El contraste fue instantáneo: el frío del ungüento contra el calor de su mano. Lux retrocedió bruscamente, rozando la pared a sus espaldas.
“¿Qué haces?”
“Curarte. Esto aliviará el dolor y ayudará a que cierre la herida.”
”Eres muy bruto. Avísame antes al menos.”
Lux notó cómo el pulso de la herida comenzaba a calmarse, y ella misma empezaba a relajarse. Alzó la vista hacia los ojos de Sirhan, pero en ese instante, detrás de él, apareció Byron, asomado con impaciencia. No pudo evitar que su mirada se desviara hacia él.
—¿Qué? —preguntó Lux con sequedad.
—¿Ya podemos irnos? —preguntó Byron.
Sirhan gruñó por lo bajo y se volvió con una mueca de fastidio. No había entendido la pregunta, Byron hablaba en la lengua de Lux, pero su sola cercanía le resultaba insoportable.