Sirhan contempló la ciudad que se alzaba ante él, inmensa y desafiante. Sus ojos, acostumbrados al basto horizonte de dunas, a las tiendas de lona que se doblaban al viento y se levantaban en otro lugar al amanecer, no sabían cómo entender tanta piedra apilada.
Nada allí parecía moverse jamás; las estructuras estaban clavadas al suelo, como si nada pudiera alterarlas. La mera idea lo oprimía. ¿Cómo podía alguien encerrarse entre muros y respirar tranquilo? Su gente dormía cada noche bajo un cielo cambiante, nunca bajo ese anodino cielo de piedra.
Aun con su fulgor dorado, con cúpulas, arcos y columnas resplandecientes talladas a mano, la ciudad no lograba encandilarlo. No era un lugar frío ni muerto; al contrario, era vibrante, casi viva: los canales azules serpenteaban como sus venas, y las flores estallaban en púrpuras, rojos y amarillos contra el mármol pálido. Las luces doradas y turquesas de los faroles danzaban sobre el agua, creando un espectáculo hipnótico de reflejos. Y sin embargo, todo ese esplendor lo oprimía. Un escalofrío le recorrió la espalda: no era miedo, era el instinto de un animal que olisquea una jaula.
Ni siquiera con su tercer ojo lograba percibir un aura en ella. No había nada. Solo el murmullo constante del agua corriendo por los canales, como si la ciudad respirara en silencio, ajena a toda alma.
Lux se adelantó, perdiéndose entre las calles con curiosidad. Sirhan la siguió con el hacha al flanco, atento, sin relajar el paso. Por lo que fuera a ocurrir, era mejor mantenerse cerca. Antes de adentrarse por completo, echó una última mirada atrás. Solo encontró una pared de piedra caliza cerrando el camino. Ninguna salida. Ningún regreso. Apretó el hacha con más fuerza.
Lux avanzaba relajada, casi fascinada. Sirhan estaba confuso; podía entender que ella no había sido entrenada: no veía los peligros invisibles que a él le habían enseñado a detectar desde niño. Pero lo que no comprendía era cómo había acabado convertido en el guardaespaldas de aquella chica rebelde y despreocupada. Encima era su detenida. Le sacaba de quicio.
Le vino a la mente su verdadera misión, la que el propio Domino le había encomendado. Y también su fracaso. Había fallado miserablemente. Primero, al no ser capaz de eliminar a los herejes; luego, al no poder retener a un simple niño para la guardia. Ahora, ni siquiera sabía si entregar a Lux por quebrantar las leyes del tratado bastaría para ser perdonado. Tal vez Domino lo vería como un intento desesperado de justificar su incompetencia.
Y de pronto, ante él, la ciudad comenzó a disolverse, como si la luz misma se replegara en silencio. Las formas se curvaban, se diluían, fundiéndose en una penumbra que todo lo absorbía. Lux se desvaneció con la última hebra de claridad, no sin antes volverse a mirarlo por un instante.
Sin pestañear, como si un sueño lo hubiera devorado por completo, se halló en una caverna colosal, cuya inmensidad se deshacía en la oscuridad que lo rodeaba por todos lados. Era idéntica a la caverna de Domino, tal como la recordaba… pero no lograba comprender cuándo, o siquiera cómo, había llegado allí; si es que, en verdad, había llegado.
Desde un rincón indeterminado surgió una voz, como un eco que se deslizaba por los muros: fría, metálica, imposible de ubicar. Solo una luz tenue, difusa, parpadeaba allá donde aquella voz emergía, aunque jamás desde el mismo lugar.
—Sirhan, ¿cumpliste la misión que te encomendé?
Sirhan se arrodilló lentamente, y con un gesto pesado, depositó el hacha en el suelo. Estaba casi convencido de estar ante su dios… y, sin embargo, había algo en aquella presencia que se sentía más como un eco del pasado que como una realidad viva. Como si una parte de su mente, traicionera y oculta, le susurrara una ilusión disfrazada de certeza.
—Tuve... contratiempos.
El silencio se extendió como una manta espesa. Luego, el eco de la voz volvió, más profundo, más denso, como si la cueva misma lo arrojará desde sus entrañas.
—¿Contratiempos? No lo comprendo. Es una misión simple: elimina a los herejes y tráeme a sus hijos. Nada más.
—Habíamos terminado. Tafari y yo... pero una extranjera apareció. Interfirió y nos separamos.
—Así que no solo fallaste, sino que perdiste a tu compañero. Patético.
—¡Puedo arreglarlo! —gritó, extendiendo los brazos hacia la oscuridad—. Déjame verte... dame una señal, algo que me permita tener esperanza de que aún soy digno... lo que sea.
—Sabes que eso no es posible. —La voz surgió, serena pero inquebrantable—. Limítate a seguir el eco de mi voz y la luz de mi rostro. No te desvíes, no mires más allá… y solo entonces, quizá merezcas conservar la vida.
Sin embargo, Sirhan no podía quedarse inmóvil. Cada fibra de su ser le impulsaba a acercarse, a reducir la distancia que lo separaba de esa presencia. Necesitaba saber que su dios estaba allí, sentirlo, confirmar que los herejes estaban equivocados, que aquel dios era real. Que la sangre derramada tenía, al fin, una justificación.
Avanzó sin pensarlo, buscando entre las sombras. Y entonces, un dolor agudo lo sacudió. Un mordisco en el brazo, tan profundo que la realidad se impuso de golpe. La oscuridad de su alucinación se desvaneció, revelando el borde de un precipicio. Abajo, las agujas del bosque de piedra esperaban como lanzas.
Al volver la vista hacia el origen del dolor, encontró a Lux, con sus colmillos clavados en su carne, aferrada con tal fuerza que ya le brotaba la sangre. Al notar que él la miraba, Lux sostuvo su mirada por un instante, y entonces lo soltó.