Horizonte prohibido

Capítulo 21. El velo de escarcha.

Galerna volaba siguiendo el rastro de las Arenas Preciosas que todavía conservaba el cielo. Era un eco débil, casi extinto, pero al rozarlo con los dedos sentía el polvo fino en su piel. Se desplazaba sostenida por las mismas corrientes que arrastraban esas arenas; planeaba alto, dejándose guiar como si el viento conociera el camino mejor que ella.

Así fue como llegó a Thalmira. No tardó en percibir que Domino era el dios que gobernaba esas tierras: en cuanto el azul de Miraz se volvió anaranjado, la isla de piedra se disolvió en un océano de arena rojiza. Cambios tan drásticos no dejaban lugar a dudas. Domino había moldeado sus tierras con tal intensidad que era irreconocible entre el amanecer y el ocaso. A sus ojos, era temerario, curioso… y peligrosamente impredecible.

Descendió entonces con calma, flotando hasta que sus pies descalzos tocaron la playa, hundiéndose apenas en la arena caliente. La Marca le ardió en la piel, pero no soltó ni un suspiro. Se mordió la mejilla por dentro, conteniendo el dolor con una furia silenciosa que le llenó la boca de un sabor a hierro. Desde ese instante, tenía solo siete días para dar con Lux y la máquina, aunque en el fondo confiaba en no necesitar ni tres.

No podía recurrir a su poder, al menos no con la fuerza que quisiera. Usarlo significaba exponerse, el Vigilante podría dar con ella y dar la voz de alarma y debía evitarlo a toda costa. No quería más conflictos de los que ya sufría con Enkai, como para sumar nuevos.

Así que caminó. Caminó hasta que el ardor en las plantas de sus pies se volvió insoportable y la obligó a detenerse un instante. Entonces, divisó un poblado nómada. Observó con cautela a sus habitantes desde la distancia.

Luego posó la mirada en sí misma con detenimiento. Su sola presencia delataba que no pertenecía a ese lugar. Cualquier mirada, incluso desde lejos, sabría que era una extranjera, y no podía permitirse llamar la atención. No en esos momentos. Si Domino llegaba a descubrir su presencia, las consecuencias serían devastadoras se desataría una guerra, y su isla, frágil y al borde del colapso, no podía permitirse otro conflicto. Debía adaptar su atuendo al de aquellos nómadas y, como si eso no bastara, encontrar la forma de ocultar tanto su cuerpo como su rostro.

Se despojó de la túnica que la envolvía; no podía arriesgarse a llevar nada que delatara su origen. Solo conservó la flauta. La acercó a sus labios y sopló una melodía tenue, casi imperceptible. Al compás de la música emergió una brisa gélida, sutil como un susurro, que comenzó a arremolinarse a su alrededor, abrazando su piel con delicadeza.

Poco a poco, fue tejiéndose un vestido de escarcha que la cubría por completo hasta las colas. También cubrió sus pies con un par de botas igual de heladas para mitigar la arena ardiente bajo sus plantas. Unos guantes envolvieron sus manos escamadas, ocultando la Marca que jamás debía ser vista, y un pañuelo igual de blanquecino descendió sobre su cabeza, cubriéndole el rostro y dejando al descubierto solo sus ojos rasgados. Con esta nueva ropa evitaría las miradas indiscretas y, además, desafiaría el abrasador calor del desierto.

Solo entonces se dignó a acercarse a aquellos seres insignificantes. Preguntó por Lux, por la máquina, dio detalles, incluso los más ínfimos, con la esperanza de despertar alguna chispa de memoria. Pero nadie comprendía de qué hablaba. Nadie había visto nada similar.

La miraron con recelo, luego con lástima, y finalmente con esa mezcla de indiferencia y temor que se reserva a los locos. El asentamiento no tardó en alejarse para levantar el campamento en otro lado, como si su sola presencia los incomodara. Y así ocurrió con otros más que fue encontrando por el camino. Eran voces distintas, pero las mismas respuestas huecas. Nadie los había visto. Nadie siquiera había oído hablar de ellos.

Sobrevolar la isla para rastrearlos, desatar los vientos a su antojo habría sido fácil. Demasiado fácil. Pero delataría su presencia. La rabia le quemaba por dentro, agria e impotente.

Y entonces, una vez más, tuvo que detenerse. Se dejó caer sobre una roca, vencida; sus piernas ya apenas le obedecían. Estaba débil, demasiado, y aquella fragilidad le resultaba humillante. Por suerte, nadie sabía quién era en realidad. Una diosa no debería mostrarse así: exhausta, temblorosa... patética. Y aun así, hasta los dioses conocen el límite de su fuerza.

Fue entonces cuando vio pisadas que el viento empezaba a devorar con su danza caprichosa sobre la arena. Se irguió con esfuerzo, un gruñido seco escapó de su garganta. No podía desperdiciar esa señal. Siguió las huellas, eran anchas y pesadas, marcadas con una claridad casi brutal sobre la arena y al lado de estas había también unas más pequeñas y alargadas.

Avanzó hasta toparse con un guerrero, inmóvil bajo la sombra alargada de una roca afilada que lo superaba en altura como una aguja clavada en la tierra. A su lado, dos monturas yacían tumbadas sobre la arena, con las patas recogidas y el lomo todavía agitado por la respiración. Sujetaba las riendas con una mano firme, pero relajada, como quien espera sin prisa, aunque con los párpados entrecerrados.

Al verla acercarse, levantó la cabeza con esfuerzo.

—¿Tienes agua? —preguntó sin rodeos, con una voz reseca, casi dolorosa—. Solo un poco.

Galerna sonrió bajo el velo.

—¿Te has perdido igual que yo? —mintió con naturalidad.




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