Imperfectamente Tuya

CAPITULO 3

Axel

Si me lo preguntan, no sé qué hago aquí, Hace una hora estaba en pijama, con resaca y sin ganas de existir. Ahora estoy en una tienda de decoración, no tengo problemas económicos pero no puedo creer lo caro que es, una figura decorativa cuesta más que mi auto. Sigo a Madison la arquitecta que trabaja en el hotel de mi familia o debo decir mis hoteles porque a partir de la próxima semana seré oficialmente el único dueño, no quería esa responsabilidad pero el idiota de mi progenitor a si lo dispuso siempre queriendo hacer de mi lo que el quiera.

—¿Qué tal está? —pregunta Madison, y me enseña una lámpara de pie de latón.

—No sé. ¿Es una lámpara?

—Es la lámpara —dice, muy seria—. Con esa luz, tu sala va a dejar de parecer una clínica.

¿Una clínica? Me río. Es la primera vez que me río en semanas, y me sorprende tanto que me quedo callado.

No siento mio el lugar, en sí nada de los hoteles Avendaño lo siento mío. Papa dedicó todo su tiempo a él, muchas veces tuve envidia de la atención que le daba cuando a mi apenas y me miraba. Mateo lloró más por su muerte, es su perro guardián.

Miro hacia donde está Madison, la veo tocar una repisa, luego una silla, y dice el precio de cada cosa en voz baja, como si me estuviera cuidando la cartera, Yo le habría dicho que no hace falta, pero me gusta cómo calcula, como se muerde el labio cuando algo no le convence.

—Axel —dice, y levanta una ceja—. ¿Me estás escuchando?

—Sí. Dijiste azul noche.

—Dije hace diez minutos que el azul noche no. Ya estamos en el verde.

—Me gusta el verde —miento.

¿Por qué estoy mintiendo? desde cuando me gusta darle la razón a alguien.

—Prefiero otro color —digo—. Podemos probar otros colores.

—Por supuesto —dice Madison, y saca su celular.

Busca algo por unos minutos y después me lo da.

—Puedes ver, es hacia la derecha —me indica.

Empiezo a ver las imágenes. Son salas de diferentes colores. Me tomo el tiempo de ver cada una mientras Madison se distrae mirando unos cuadros.

Sin querer, deslizó y apareció una fotografía de ella. Está sentada en el suelo de una habitación, con las piernas cruzadas y un libro abierto sobre las rodillas

Lo primero que noto es el lugar. Es amplio, pero se siente habitado. Las paredes son de un tono crema cálido y hay una ventana grande, con cortinas de lino que dejan pasar la luz de la tarde. La cama está sin tender del todo, con cobijas de colores distintos y varios cojines. Hay una repisa llena de libros que están acomodados por tamaños y un vaso con lápices

Levanto la vista hacia Madison. Sigue mirando los cuadros de la tienda, de espaldas a mí, y yo vuelvo a la foto.

Esa habitación se siente como un hogar. La mía solo se siente como un lugar donde duermo.

—¿Te gustó algo? —pregunta Madison.

Vuelvo a las fotografías antes de que se dé cuenta de que estaba viendo la suya.

—Sí —le digo—. Me gustaron dos colores.

Se los enseño en la pantalla, y Madison los mira con atención, como si de verdad estuviera evaluando mi decisión.

—Buena elección —dice—. Los dos van muy bien con el cuadro.

No sé si lo dice en serio o por cortesía, pero me alegra más de lo que debería.

Después de elegir varias cosas, subimos a mi auto.

—¿Me puedes llevar a la empresa? Necesito recoger mi camioneta, por favor —me pide Madison.

—Por supuesto —le digo.

Veinte minutos después estoy afuera de su trabajo.

—Muchas gracias por todo —le digo.

—De nada.

La veo subir a su camioneta y arranco mi coche. Miro la hora: tengo el tiempo contado para llegar con el abogado que dejó mi papá a cargo para hacer todo el papeleo. Solo quiero que esto termine. Quiero convencer a Mateo de que tome las riendas del hotel, porque él sabe más de todo esto que yo. Nunca me han interesado los hoteles. Si a papá nunca le importé yo, ¿por qué a mí me tienen que importar sus hoteles? Por desgracia, no puedo zafarme fácilmente. Ese hombre supo hacerla buena.

Llego al hotel con dos minutos de retraso. La recepcionista me dice que el abogado ya me espera en la oficina.

Horus Alarcon se pone de pie y me estrecha la mano. Tiene el aire tranquilo de quien ha ganado tantos casos que ya no necesita demostrarlo. No lo conocía se que ha sido el abogado de mi padre por muchos años, y se que es de los mejores.

—Axel, gracias por venir —dice—. Sé que no es un día fácil.

—Ningún día lo es últimamente —respondo.

Sobre la mesa hay una taza de café humeante y una carpeta gruesa. Él se acomoda los lentes y la abre.

—Voy a leerte la cláusula tal como tu padre la dejó. No quiero que haya malentendidos.

Asiento. Me preparo, aunque ya la he oído antes.

"Si mi hijo, Axel Avendaño, no dirige la cadena de hoteles por su cuenta durante un año completo, la totalidad de mis bienes pasará a la fundación que he designado, y él no recibirá nada. Su nombre y su firma deberán respaldar cada decisión importante."

Cierra la carpeta con calma.

—Sé que suena duro —continúa—. Pero Mateo Valdez puede asesorarte en todo. Lo que tu padre quiso, y yo creo que lo hizo con buena intención, es que no te quedaras sin hacer nada.

—Mi padre nunca hizo nada con buena intención —digo, y me arrepiento al instante.

Horus no se ofende. Me mira como si ya hubiera oído esa frase en otras bocas.

—Es posible —dice—. Pero a veces la gente se equivoca con las personas que más quiere.

Me incomoda pero no digo nada. Su teléfono vibra sobre la mesa y él lo mira un segundo. En la pantalla aparece una foto, pero no alcanzo a ver de quién es. Sonríe apenas, con un cariño que no esperaba ver en un abogado, y lo apaga.

—Perdona —dice—. Es mi sobrina. Hoy empezó en un trabajo nuevo y quería contarme cómo le fue.

—Qué bien —respondo sin interés, mirando por la ventana.

—¿Ya saliste? Qué bueno. ¿Y cómo te fue?



#2995 en Novela romántica
#911 en Chick lit

En el texto hay: mentiras, amor

Editado: 04.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.