
Alma
El sábado amaneció con una misericordia extraña: no tenía que ir a Sokolov.
Eso, en cualquier otra circunstancia, habría sido suficiente para convertirme en una mujer casi feliz. Un sábado sin Roman Orlov significaba no preparar café, no corregir contratos escritos por abogados que cobraban por palabra, no escuchar su voz grave pronunciando mi nombre como si tuviera derecho a desordenarme la respiración y no fingir que estaba perfectamente bien mientras él caminaba cerca con su perfume caro, su traje impecable y su absoluta ignorancia emocional, pero aquel sábado no había alivio suficiente en el mundo.
Porque la prueba seguía en el baño, dentro del cajón, envuelta en papel higiénico y escondida como si fuera una verdad capaz de hacerme pedazos si la miraba demasiado tiempo.
No dormí, o dormí a ratos, que era peor. Me quedé atrapada en ese limbo desagradable entre la vigilia y el cansancio, con el cuerpo pesado, los ojos ardiendo y la mente repitiendo una y otra vez la misma imagen: dos líneas rosadas, pequeñas, tranquilas, absolutamente desconsideradas con mi estabilidad financiera, emocional y migratoria.
Dos líneas. Una vida. Roman.
Me senté en la cama poco después de las siete, con las rodillas contra el pecho y la mirada perdida en mi departamento diminuto.
Mi vida cabía en pocos metros cuadrados y, aun así, desde la noche anterior, sentía que no había espacio suficiente para respirar.
Me levanté con cuidado, como si el cuerpo que había usado toda la vida de pronto fuera ajeno, frágil, lleno de información clasificada. Fui al baño, abrí el cajón y miré el paquete envuelto sin tocarlo. Era absurdo. No necesitaba volver a ver la prueba. La imagen estaba grabada en mi cabeza con más precisión que cualquier cláusula legal que hubiera revisado para Roman.
Positivo. Embarazada. Una palabra grande, pesada e imposible.
Me apoyé en el lavamanos y cerré los ojos. No quería llamar a mi mamá. Esa fue la primera certeza de la mañana.
Dios, la necesitaba como nunca.|
Necesitaba su voz, su manera de decir mi nombre completo cuando estaba preocupada, sus rezos, sus regaños, incluso esa capacidad tan venezolana de convertir cualquier tragedia en una lista de acciones mientras se prepara café y se invoca a todos los santos conocidos, pero mi mamá estaba en Valencia, con sus propios problemas, sus cuentas, sus medicinas, sus esperanzas puestas en mí como si yo fuera una extensión de su fe.
No podía decirle:
“Mami, estoy embarazada de mi jefe ruso, pero él no lo sabe porque no recuerda la noche en que pasó, y además sigo intentando desenamorarme de él sin éxito, porque aparentemente soy una mujer adulta con el instinto romántico de una adolescente en crisis.”
No. Mi madre sobrevivía con menos información y más paz.
Tampoco podía llamar a nadie de Sokolov. Nadia era buena, pero trabajaba demasiado cerca del centro del incendio. En ese edificio, un secreto podía subirse al ascensor en el piso cuarenta y dos y llegar al escritorio de Roman antes que el café.
Necesitaba a alguien de mi mundo. Alguien que pudiera mirarme sin ver a la asistente eficiente de Roman Orlov.
Alguien que no se impresionara por un apellido ruso, un penthouse en Manhattan ni un hombre que parecía haber sido diseñado por el invierno y la mala comunicación.
Necesitaba a Valeria, mi contacto venezolano en esta tierra hostil.
Me duché, me vestí con jeans, un suéter beige y zapatillas. Me recogí el cabello en una cola baja, me puse algo de corrector bajo los ojos y un labial suave, más por costumbre que por vanidad. Luego preparé un bolso con mi teléfono, llaves, billetera, una botella de agua, galletas saladas y la prueba de embarazo dentro de una bolsita plástica.
La miré antes de guardarla.
—Bueno —murmuré—. Vámonos las dos.
Me arrepentí de inmediato.
Hablarle a una prueba de embarazo era exactamente el tipo de comportamiento que una mujer debía ocultar para no terminar llorando en una clínica con folletos de maternidad en la mano.
Salí del departamento después de revisar tres veces la cerradura. Bajé por las escaleras con una mano en la baranda y la otra en el bolso, consciente de cada movimiento, de cada náusea leve, de cada pensamiento que intentaba abrirse paso.
En la calle, Nueva York ya estaba despierta.
Tomé el metro hacia Queens.
El vagón estaba medio lleno. Me senté junto a una señora con bolsas de supermercado y un niño dormido contra su hombro. Al frente, una chica maquillándose con una precisión admirable pese al movimiento del tren. Más allá, un hombre leía noticias en su teléfono y alguien escuchaba música demasiado alta con audífonos que no cumplían su función.
Me gustaba Queens.
No de la forma brillante en que Manhattan le gustaba a la gente que venía a fotografiarse con rascacielos, sino de una forma más humana. Queens no fingía tanto. Olía a pan, a especias, a fritura, a café, a peluquería, a lavandería, a idiomas mezclados, a familias enteras intentando construir algo en un país que no siempre les abría la puerta, pero al menos les dejaba una rendija si empujaban lo suficiente.
Manhattan era Roman. Frío, elegante, caro, imposible.
Queens era más parecido a mí. Ruidoso, terco, sobreviviente.
Apoyé la cabeza contra el vidrio del vagón y cerré los ojos. El movimiento del tren me produjo un mareo suave, pero manejable. Mordí una galleta salada y respiré despacio. Intenté no pensar en Roman. Fue inútil, por supuesto, porque mi cerebro tenía la disciplina emocional de un perro callejero.
Pensé en la forma en que me había mirado el día anterior, cuando le dije que había ido a la farmacia. No sabía nada, pero su instinto había detectado una anomalía.