
Roman
Durante cuatro semanas, mi oficina dejó de ser verano, no de forma literal, claro. La temperatura seguía regulada por un sistema centralizado. Los ventanales seguían mostrando Manhattan con la misma arrogancia de siempre, los pisos seguían brillando, mi escritorio seguía ordenado y las personas seguían entrando con ese nivel exacto de miedo que hacía más eficiente cualquier conversación.
Nada había cambiado.
Excepto Alma.
Y, por alguna razón que me negaba a examinar con demasiado detalle, eso bastaba para alterar el clima completo del piso ejecutivo.
Mi clima.
Alma Salazar seguía siendo impecable. Esa era la parte más irritante. Si hubiera cometido errores, si hubiera llegado tarde, si hubiera olvidado una reunión o respondido mal un correo, habría podido clasificar el problema, corregirlo y seguir con mi vida pero no.
Alma había elegido una forma de insubordinación mucho más sofisticada: hacer todo perfecto mientras dejaba de ser ella conmigo.
Tocaba antes de entrar, decía “señor Orlov” con una precisión diseñada para recordarme que mi nombre de pila había perdido privilegios.
Preparaba mi café, pero ya no comentaba que mi dependencia a la cafeína era una señal preocupante de deterioro moral. Ordenaba mi agenda, pero ya no dibujaba pequeñas calaveras junto a las reuniones que consideraba innecesarias. O soles amarillos en cada esquina. No había olor a coco, verano ni distracción.
Me enviaba informes sin esas notas al margen que antes convertían cualquier contrato en una mezcla absurda de análisis financiero y amenaza venezolana.
Mi oficina había perdido ruido, había perdido calor, había perdido esa manera suya de ocupar el espacio como si el sol hubiera aprendido a llevar tacones y discutir en dos idiomas.
Y yo, aparentemente, lo había notado. Eso era un problema.
Un hombre no construía imperios prestando atención a la temperatura emocional de una asistente. Un hombre no negociaba con bancos, socios y fondos de inversión mientras se preguntaba por qué una mujer ya no sonreía cuando lo llamaba insoportable o arrogante.
Un hombre no se detenía frente al cristal de su propia oficina para observar, a través de la transparencia, cómo Alma bebía agua, comía galletas saladas y se llevaba una mano al abdomen durante un segundo antes de volver al teclado como si nada, pero yo lo hacía.
Y cada vez que ella se alejaba un poco más, yo recordaba una verdad que me resultaba tan lógica como desagradable: Alma no era mía.
No era mi esposa, no era mi amante, no era mi novia, ni siquiera era una mujer con quien tuviera una historia que pudiera nombrarse sin convertir la habitación en un lugar incómodo.
Era mi asistente ejecutiva, una empleada de Sokolov, una mujer adulta con una vida propia, una cuenta bancaria que calculaba con más precisión de la que yo quería recordar y un mundo fuera de mi alcance donde podía enfermarse, ver médicos, esconder papeles y no responder mis llamadas si así lo decidía.
No tenía obligación de dejarme entrar.
Eso no hacía que me gustara.
Había aprendido, sin embargo, a no empujar ciertas puertas. No por nobleza. La nobleza era una palabra útil en discursos y peligrosa en negocios. Había aprendido porque Alma, con una frase tranquila y una mirada demasiado herida, me había dejado claro que si yo confundía su trabajo con su vida, terminaría quedándome fuera de ambas.
Así que retrocedí. Externamente.
Internamente, por supuesto, no retrocedí en absoluto.
La observaba con más cuidado. Medía sus silencios, sus horarios, sus cambios de humor, la forma en que evitaba el café y las veces que desaparecía con su bolso apretado contra el costado. Notaba que usaba ropa un poco más suelta, que prefería agua fría, que le molestaban olores que antes ignoraba y que, cuando creía que nadie la veía, cerraba los ojos como si estuviera sosteniendo algo dentro de sí misma con ambas manos.
No sabía qué protegía, no sabía por qué me lo ocultaba y, lo peor era que no sabía cómo preguntarlo sin convertirme en el tipo de hombre del que ella intentaba protegerse.
A las diez y veintitrés de aquella mañana, después de pensar en Alma como un enfermo desquiciado, decidí que necesitaba un experimento.
No una provocación, no celos infantiles y no una reacción emocional, por supuesto.
Un experimento. Solo eso.
Alma había cambiado conmigo y yo necesitaba confirmar si aquel cambio obedecía a una variable específica o a una retirada general. Quería observar su reacción ante un estímulo externo, eso era todo. Análisis conductual, nada más.
Mentir, incluso en silencio, seguía siendo más sencillo cuando uno lo hacía con vocabulario técnico.
La oportunidad llegó con Astrid Voss.
El mensaje había entrado temprano, reenviado por recepción con demasiada deferencia. Astrid estaba en Manhattan, había oído que yo seguía en Sokolov y quería saludar. No tenía reunión, no tenía una cita y no tenía ningún motivo real para subir a mi oficina, salvo la clase de confianza que tienen las mujeres acostumbradas a que los hombres les abran puertas solo por su belleza.