
Roman
Mi cuerpo llevaba dos semanas comportándose como una nación pequeña, inestable y mal gobernada y ya no lo toleraba.
Había pocas cosas en la vida que me resultaran verdaderamente ofensivas.
La incompetencia, por supuesto.
Los hombres que usaban la palabra “visión” cuando en realidad querían decir “no tengo un plan”.
Los contratos redactados por abogados con vocación suicida.
Las personas que llegaban tarde y luego sonreían, como si el tiempo ajeno fuera una sugerencia democrática, pero que mi propio cuerpo decidiera declararme la guerra sin consulta previa era una categoría de insulto completamente nueva.
La primera semana pensé que era estrés y después recordé que el estrés no existía en Rusia.
Esa mierda la inventaron los americanos flojos para justificar yoga, vacaciones pagadas y conversaciones largas sobre sentimientos que podían resolverse con vodka, silencio y una caminata bajo nieve suficiente para recordarte que el mundo no te debía comodidad.
Yo no tenía estrés. Yo tenía responsabilidades, contratos, idiotas alrededor y una asistente venezolana que llevaba semanas convirtiendo mi oficina en un invierno emocional sin dejar de hacer su trabajo a la perfección.
Eso no era estrés. Era una ofensa.
La segunda semana, sin embargo, el problema dejó de ser filosófico y se volvió físico. Empecé a despertarme con náuseas y no náuseas sutiles, de esas que uno podía ignorar bebiendo agua fría y revisando el mercado europeo antes de las siete.
Náuseas reales, bajas, humillantes, de las que me obligaban a quedarme inmóvil frente al lavamanos del penthouse, con una mano apoyada en el mármol y la otra cerrada alrededor del borde, respirando como si estuviera negociando con mi estómago para que no cometiera un acto de traición antes de que pudiera ponerme la camisa.
El café, que durante años había sido una extensión razonable de mi sistema circulatorio y nervioso, se había convertido en mi enemigo.
El olor bastaba para que mi cuerpo reaccionara como si alguien hubiera abierto una fosa común bajo mi nariz. Los perfumes fuertes me parecían agresiones químicas. La comida demasiado elaborada me daba asco. Los ascensores cerrados, los pasillos con ambientadores de vainilla, los salones de reunión llenos de ejecutivos bañados en fragancias italianas y seguridad masculina falsa, todo eso me resultaba intolerable.
Y luego estaba el cansancio. El cansancio inútil y el cansancio indecente.
Yo no me cansaba de esa forma. Me agotaba, sí. Dormía poco, trabajaba demasiado, cruzaba husos horarios con la indiferencia de un hombre que consideraba el jet lag una debilidad moral, pero no me dormía sentado frente a una pantalla a las cuatro de la tarde.
No cerraba los ojos en el asiento trasero del coche y despertaba quince minutos después con la corbata floja y el conductor mirándome por el retrovisor como si hubiera presenciado una anomalía histórica.
No apoyaba la mano sobre un informe durante una reunión y me perdía tres frases enteras de un director financiero porque mi cerebro había decidido apagarse sin autorización.
Eso era inaceptable, pero también era preocupante y no porque yo estuviera asustado, por supuesto. Yo no me asustaba. Solo estaba haciendo una evaluación objetiva de riesgos ante una falla sistémica de origen desconocido.
La primera mañana en que vomité dos veces antes de llegar a Sokolov, consideré llamar a un médico durante aproximadamente seis segundos. Luego recordé que estaba en Estados Unidos y descarté la idea.
Los médicos americanos diagnosticaban con sonrisas, facturas y folletos impresos en colores tranquilizadores, siempre color pastel.
Uno entraba con una molestia y salía con doce formularios, tres recomendaciones de descanso y un hombre de treinta años diciéndote que debías reducir el ritmo de trabajo porque el cuerpo tenía límites.
Prefería morir con dignidad antes que llenar papeles para que alguien que probablemente bebía té verde o matcha me dijera que descansara.
Además, la palabra descanso siempre me había parecido sospechosa. En Rusia, uno descansaba cuando ganaba, cuando nevaba demasiado incluso para odiar la vida o cuando estaba muerto. No antes.
Aun así, a las diez y media de aquel jueves, después de haber devuelto el desayuno, rechazado el café, insultado en ruso a un perfume francés que nadie más parecía oler con intención homicida y quedarme dormido durante nueve minutos frente a una tabla de proyecciones trimestrales, hice algo que cualquier hombre razonable consideraría lógico: llamé a mi madre.
No porque estuviera asustado, eso sería ridículo.
Llamé porque Yelena Orlova estaba de paso por Manhattan, porque conocía remedios rusos que no venían con letras pequeñas, porque no confiaba en los médicos americanos y porque, si algo verdaderamente grave estaba ocurriéndome, prefería que fuera una mujer rusa de sesenta años con abrigo de lana y carácter imperial quien me lo dijera antes que un desconocido con estetoscopio, sonrisa y deuda universitaria.