Imperfecto dominio

11. Las tonterías de mi madre

Roman

Mi madre llegó seis minutos después como solían llegar las mujeres Orlova: sin apuro, sin pedir disculpas y con la absoluta certeza de que cualquier habitación mejoraba cuando ellas entraban.

Yelena Orlova era una mujer de cabello oscuro con algunas hebras plateadas que jamás intentaba esconder, ojos grises más claros que los míos y una elegancia severa que no dependía de ropa cara, aunque por supuesto la ropa era cara. Llevaba un abrigo de lana color marfil, guantes negros y una bufanda de seda anudada con la precisión de alguien que podía preparar borscht, destruir reputaciones y rezar por ti en la misma tarde sin despeinarse.

Había hombres que se apartaban de su camino sin entender por qué y había mujeres que la miraban y enderezaban la espalda.

Mi madre no caminaba, mi madre avanzaba. Ese era un don de la elegancia misma.

Alma la acompañó hasta mi oficina y, pese a que se habían visto un par de veces antes, con respeto, cuidado, y el profesionalismo de Alma siempre como trato hacia mi madre, en ese segudno, en el transcurso del elevador a mi oficina, ocurrió algo desagradable.

Se gustaron. De inmediato.

Lo vi en la forma en que mi madre miró a Alma y en la forma en que Alma, contra toda lógica, sonrió con una calidez que yo llevaba semanas intentando arrancarle al mundo sin éxito.

No una sonrisa profesional, no esa curva educada que usaba con clientes para no matarlos con una engrapadora. Una sonrisa real, suave, venezolana, con cansancio en los ojos y luz en la boca.

Me pareció una traición. Alta traición.

—Señora Orlova —dijo Alma, con respeto—. Que bueno verla otra vez.

Mi madre le tomó la mano entre las suyas.

—Yelena. —La corrigió, pero no como me corregía a mí. Fue suave y amable—. Si mi hijo te obliga a llamarme señora, parpadea dos veces.

Alma no vaciló.

—¿Puedo parpadear tres? —preguntó, siguiendo su juego.

Mi madre soltó una risa baja.

Yo miré a ambas.

—No tienen que formar una coalición en mi oficina —les dije.

—Qué rápido te sientes amenazado —dijo mi madre en ruso.

—No estoy amenazado —respondí.

—Claro que no. Solo tienes esa cara porque tu asistente le cae mejor a tu madre que tú —dijo ella, quitándose un guante con elegancia.

Alma ladeó la cabeza.

—No hablo ruso tan rápido, pero entendí “asistente” y el tono de una acusación familiar —dijo Alma.

—Mi madre dijo una tontería —le dije.

Yelena me miró.

—Dije una verdad pequeña. —Corrigió, dura—. Las verdades pequeñas suelen irritarte más. —Hizo ese gesto con la mano que odiaba.

Alma bajó la mirada para ocultar una sonrisa. No lo consiguió del todo y mi madre lo vio.

También vio, porque nada se le escapaba, la forma en que Alma llevó una mano a la parte baja de su abdomen durante un segundo brevísimo antes de dejarla caer.

No fue un gesto fue evidente, y ni siquiera estoy seguro de que Alma supiera que lo había hecho. Fue apenas un roce, una costumbre nueva, algo íntimo escapándosele al cuerpo antes de que la mente pudiera corregirlo.

Yo lo había visto antes. Demasiadas veces para ignorarlo.

Mi madre también y su mirada cambió.

—¿Le preparo té o café? —preguntó Alma.

—Té —respondió mi madre antes que yo—. Y tú, corazón, ¿ya comiste?

Alma abrió los labios, sorprendida.

—Yo… —titubeó.

La palabra se le quedó corta.

Mi madre sonrió de una forma que parecía ternura, pero era autoridad disfrazada.

—Eso pensé. —Me miró furiosa—. Trae té para mí y algo para ti. Mi hijo puede sobrevivir cinco minutos sin hacer trabajar a alguien que parece que necesita sentarse —dijo, marcando bien las últimas palabras.

Alma se puso rígida cuando dijo:

—Estoy bien…

Odiaba esa frase. Mi madre también, al parecer.

—Todas las mujeres dicen eso justo antes de hacer algo estúpido por orgullo —dijo ella.

Alma soltó una risa bajita.

—Entonces sí, soy culpable —susurró Alma.

—Buena. —Mi madre la miró—. Admites delitos rápido. Me gustas. —Le sonrió.

—Madre —intervine.

—Roman —respondió ella, imitando mi tono con una crueldad perfecta.

Alma nos miró a ambos y, por primera vez en semanas, su rostro se relajó casi por completo.

—Traeré té —dijo—. Y algo de comer.

—Para ti también —insistió Yelena.

Alma asintió.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.