Imperfecto dominio

13. Cosas peligrosas

Alma

Al mediodía, pensé que la tregua había terminado.

Roman salió de su oficina con el teléfono en la mano y esa expresión de hombre que acababa de tomar una decisión sin consultar a nadie, lo cual en su caso significaba que el mundo debía prepararse para sufrir.

—Almuerzas conmigo —dijo.

Levanté la vista, confundida, pero también ofendida. No iba a negar lo último.

—Qué amable invitación. Casi no sonó como secuestro —le dije, y me escuché sarcástica, pero no lo corregí.

—No era una invitación —dijo él, sin inmutarse.

—Entonces definitivamente era secuestro —dije y quise reír, pero su cara no invitaba a nada agradable.

—Pedí comida.

—Y yo traje almuerzo. —Le sonreí—. Gracias.

Roman miró la bolsa pequeña sobre mi escritorio. Dentro había zanahorias, uvas, galletas, queso fresco y un recipiente con arroz que Valeria habría calificado de “depresión con sal”.

—Eso no es almuerzo —refutó el ruso.

—Es comida —le dije, terca.

—Es una colección de cosas que incluso una ardilla consideraría insuficiente —refutó.

—Estoy comiendo sano, Roman —dije, en mi defensa.

—No puedes llamar eso nutrición —protestó.

Yelena, que todavía seguía allí porque aparentemente había decidido adoptar Sokolov como centro de operaciones, levantó un dedo y dijo:

—Por una vez, estoy de acuerdo con mi hijo.

—Eso es preocupante —dije.

—Mucho —respondió ella—. Así que come con nosotros de todas formas.

Quise protestar, pero entonces llegó la comida, y no fue sushi, como imaginé y no fue ensalada corporativa. No fue una de esas cajas minimalistas que parecían diseñadas por alguien que odiaba el placer.

Fue comida venezolana.

El olor llegó antes que las bolsas. Maíz, queso, sopa, carne, plátano, algo frito y glorioso que me golpeó el pecho con una nostalgia tan fuerte que por un segundo no supe si tenía hambre o ganas de llorar. Un repartidor dejó varias bolsas sobre la mesa auxiliar de la oficina de Roman, y yo me quedé mirando como si hubiera visto aparecer una calle de Valencia en medio de Manhattan.

—¿Usted pidió comida venezolana? —pregunté.

Roman miró las bolsas con el ceño fruncido de quien había enfrentado un menú extranjero y sobrevivido con heridas.

—Pedí comida funcional —dijo, entregando propina con discreción.

—Roman, esto son arepas, tequeños, sopa de pollo, arroz, tajadas y jugo de parchita —dije, escarbando en las bolsas.

—El menú era confuso —respondió él.

—El menú tenía fotos —dijo su madre, sonriendo.

—Las fotos eran agresivamente optimistas —respondió Roman, complicado.

Me tapé la boca, pero la risa salió igual, y no una risa grande, no una de esas que antes llenaban su oficina sin permiso, pero fue una risa y Roman la miró como si hubiera ganado algo y no supiera qué hacer con la victoria.

—¿Por qué pidió seis arepas? —pregunté, revisando una bolsa.

—Había demasiadas variables —dijo, como si no le afectara probar una de cada una.

—Las variables eran queso, carne, pollo y reina pepiada —ennumeré todas las arepas en la bolsa.

—Exacto.

—Eso no justifica seis —me reí.

—No sabía cuál tolerarías —me dijo y eso, solo eso, me hizo tensarme.

No “cuál te gustaba”. No “cuál querías”. Cuál “tolerarías”.

Me había estado mirando de verdad y había notado que ciertos olores me daban náuseas, que algunas comidas ya no me entraban, que otras me calmaban, que estaba comiendo más seguido, pero menos cantidad, y que mi cuerpo había empezado a negociar con el mundo en condiciones nuevas. No sabía por qué y no podía saberlo, porque no era un maldito ruso adivino, pero había visto suficiente para intentar adaptarse.

Sentí al bebé moverse. Fue un aleteo breve, como si dentro de mí alguien también hubiera escuchado.

Bajé la mano, pero me detuve antes de tocarme el vientre. Roman estaba demasiado cerca. Sus ojos bajaron apenas, no lo suficiente para que otro lo notara, pero sí para que yo sintiera el peligro de su atención.

—Alma —dijo, más bajo.

—Tengo hambre —interrumpí.

Fue cobarde y fue necesario.

Yelena se levantó con la satisfacción de una general viendo a dos soldados torpes obedecer por fin.

—Coman. Yo iré a llamar a tu padre, que es un hombre que sí sabe admitir cuando necesita un médico —dijo, sarcástica.

Roman la miró.

—No necesito médico, madre.




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