
Roman
Alma Salazar dormía en mi oficina como si no tuviera idea de que acababa de alterar el eje de mi mundo.
Al principio, me dije que la dejaría descansar cinco minutos.
Cinco minutos razonables, medidos, eficientes. Una concesión mínima a una mujer que llevaba semanas moviéndose por Sokolov con una palidez cuidadosamente maquillada, una dignidad demasiado terca y ese cansancio silencioso que se le pegaba a los hombros al final del día, aunque ella siguiera caminando como si la vida no pudiera doblarla porque bastante había intentado ya.
Cinco minutos, pensé, mientras ella se acomodaba en el sofá de mi oficina con el abrigo nuevo sobre los hombros, los ojos cerrados y una mano medio escondida entre la lana suave y su vientre.
Cinco minutos, pero luego fueron diez y después veinte.
A la media hora, dejé de fingir que estaba trabajando.
Los correos seguían entrando, las cifras seguían cambiando, Manhattan seguía encendido al otro lado del cristal, vestido de Navidad, luces blancas y una indiferencia elegante que jamás me había parecido más obscena.
Dentro de mi oficina, las luces estaban bajas, la puerta cerrada y Alma dormía con el rostro vuelto hacia el respaldo del sofá, una mejilla apoyada sobre la manga del abrigo, la boca apenas entreabierta y el cabello soltándose de su recogido en mechones oscuros que le rozaban la sien.
Esta escena se había repetido una par de veces esta última semana.
Me quedé mirándola como un idiota, como un hombre que no reconocía su propia respiración cuando ella estaba demasiado quieta.
Había imaginado a Alma durmiendo en mi oficina más veces de las que un hombre decente habría admitido, y yo nunca había tenido aspiraciones particulares de decencia.
La había imaginado tarde, después de una jornada interminable, rendida en mi sofá, con el calor de las lámparas sobre la piel y mi abrigo cubriéndole las piernas.
La había imaginado en mi penthouse, en mi cama, en mi coche, en esos espacios míos donde todo era mármol, cuero, vidrio y silencio, como si su cuerpo pudiera convertir cualquier lugar frío en algo habitable, pero mis fantasías habían sido siempre controladas, oscuras, inconvenientes; nunca habían tenido este matiz cruelmente sencillo de verla dormir porque estaba agotada y no porque me perteneciera de ninguna forma.
Eso era lo que me desarmaba.
Alma no estaba allí para mí.
No había elegido quedarse en mi oficina para provocarme, ni para permitirme contemplarla, ni para darme una ternura que yo no había ganado.
Se había quedado dormida porque su cuerpo no podía más. Porque había pasado meses sosteniendo algo que yo no entendía del todo. Porque su orgullo era más fuerte que su resistencia y porque, durante un segundo, mi sofá le había parecido menos peligroso que la calle, el metro, el frío, su departamento diminuto o su propia soledad.
La idea me provocó una furia inútil, pero no contra ella, unca contra ella, sino contra todo lo demás.
Contra la ciudad, contra su sueldo, contra su abrigo viejo, contra los médicos a los que iba sin decírmelo, contra los recursos humanos que la protegían de mí con una eficiencia que cada día me resultaba más insoportable, contra el hombre que existía en algún lugar de su vida privada y que, si mi sospecha tenía forma, la había dejado cargar sola con algo que la estaba consumiendo en silencio.
El hombre. Esa palabra me irritaba incluso antes de conocerlo.
Si existía. Si no era una sombra inventada por mi miedo.
Si mi madre no había sembrado una idea absurda en mi cabeza para después marcharse con la tranquilidad de las mujeres que lanzan granadas y esperan que los hombres descubran qué hacer con los restos.
Embarazada.
La palabra volvía una y otra vez desde aquella tarde en que Yelena la había dicho con esa ligereza venenosa de las madres que ven más de lo que sus hijos soportan.
La había rechazado.
La rechacé de nuevo mientras miraba a Alma dormir. Rechacé la palabra con la disciplina de un hombre acostumbrado a convertir la negación en estrategia.
Alma estaba cansada, estaba enferma y estaba triste. Alma había cambiado y tenía una vida fuera de mí.
Alma no estaba embarazada, pero llevaba meses evitando el café.
Llevaba meses comiendo galletas saladas, frutas y pequeños recipientes de comida como si su cuerpo fuera un país en racionamiento.
Llevaba meses yendo a clínicas, ocultando folletos, vistiendo ropa más amplia, poniendo límites donde antes había confianza.
Llevaba meses tocándose el vientre cuando creía que nadie la veía.
La miré otra vez.
Las luces bajas suavizaban su rostro y le quitaban algo de la tensión que llevaba despierta. Dormida parecía más joven. No inocente; Alma jamás había sido inocente de esa forma barata que los hombres confunden con pureza, pero sí desprotegida, humana y dulce.