Dicen que el primer amor nunca se olvida, pero nadie te advierte lo agotador que es cuando ese primer amor vive prácticamente en el sofá de tu casa. Para mí, Cameron Louis nunca fue solo el chico del vecindario. Tenía seis años cuando lo vi por primera vez arrastrando a mi hermano Evan hacia el patio para jugar a los piratas, y desde ese instante, mi destino quedó sellado. Mientras Evan veía en él a un compañero de travesuras y videojuegos, yo veía al héroe inalcanzable que sonreía cada vez que me despeinaba el cabello y me llamaba "enana".
Durante años fui la sombra torpe de la casa Winster. Fui la hermanita a la que había que cuidar, la que estorbaba en sus tardes de entrenamiento y la que aprendió a ahogar sus suspiros detrás de lienzos, pinceles y bocetos hechos a escondidas en la privacidad de mi habitación. Me convencí de que lo mío era una causa perdida. Después de todo, Evan y Cameron eran una fortaleza impenetrable, unidos por una regla no escrita pero absolutamente sagrada en el código de los hombres: la familia del amigo no se toca. Así que crecí, dejé atrás las coletas y enterré mis sentimientos bajo capas de sarcasmo, ropa manchada de pintura y una actitud lo suficientemente independiente como para asegurarle al mundo que ya lo había superado. O eso intentaba hacerme creer.
Todo el frágil universo que había construido para protegerme se vino abajo durante la barbacoa familiar de comienzo de verano.
No hubo transformaciones mágicas ni entradas de película. Solo llevaba un vestido largo y fluido que yo misma había personalizado con bordados, el cabello suelto sin el habitual moño desordenado y una conversación fluida sobre mi entrada a la escuela de arte con un chico de la universidad. Fue un segundo. Levanté la mirada y me encontré con los ojos de Cameron. Por primera vez no me miró como a la niña que necesitaba que le abrieran el frasco de mermelada. Había tensión, sorpresa y una chispa ardiente de algo totalmente desconocido y peligroso. Algo que me erizó la piel y congeló el tiempo en medio del patio.
A partir de esa noche, la casa Winster se convirtió en un campo de minas. Cameron ya no sabe dónde poner las manos ni hacia dónde mirar cuando entra a mi taller. Intenta actuar como el protector de siempre, pero sus celos mal disimulados ante cualquier chico que se me acerque y esas miradas intensas cuando cree que no lo observo dicen todo lo contrario. Yo, por mi parte, disfruto hacerlo sudar frío, devolviéndole cada coqueteo con un comentario ácido que lo hace cuestionarse su propia cordura.
El verdadero desastre no es que finalmente haya descubierto que existo como mujer; el verdadero problema es que estamos jugando con fuego a espaldas de mi hermano. Evan es el ancla de nuestras vidas, completamente ciego a la electricidad que amenaza con incendiar la sala cada vez que nos quedamos a solas.