Inalcanzable

Capítulo 1

-¿Por qué huele a desastre inminente?

Murmuré, mientras intentaba sin éxito que mi tercer boceto de la mañana pareciera un rostro humano y no una papa maltratada por un artista de vanguardia. La respuesta, claro, estaba justo debajo de mi ventana.
Olfateé el aire. Carbón. Grasa de hamburguesa. Y la colonia de él.
No era el olor de la colonia lo que olía a desastre; ese aroma era, lamentablemente, delicioso: una mezcla de madera, cítricos y algo que mi cerebro adolescente seguía empeñado en identificar como "peligro, pero del bueno". El desastre era quién la usaba y por qué estaba en mi patio un sábado por la mañana.
Cameron Louis. O, como lo conocía mi familia: "el otro hijo que mis padres nunca supieron que querían".
Bajé el pincel, resignada a que la "Inspiration du Jour" había sido brutalmente asesinada por el ruido de la barbacoa familiar de fin de verano. Me acerqué a la ventana. El patio trasero de la casa Winster era un zoológico. Mis padres habían decidido que invitar a la mitad del vecindario y a todos los amigos de Evan era una "buena forma de fortalecer la comunidad". Lo que realmente querían decir era: "Queremos ver si Evan puede interactuar con humanos sin hablar de hojas de cálculo por más de cinco minutos".
Allí estaban, la sagrada trinidad de la mediocridad Winster: mi padre, Evan y Cameron. Mi padre gesticulaba con una espátula como si estuviera dirigiendo una orquesta de salchichas, Evan estaba a su lado, seguramente analizando la eficiencia térmica del carbón, y Cameron...
Cameron estaba apoyado contra la mesa de picnic, riéndose de algo que mi padre decía. Llevaba una camiseta verde oscuro que, por supuesto, le quedaba como anillo al dedo. El sol de la mañana atrapaba los destellos de su cabello castaño y... bueno, mis ojos no tenían vergüenza. Se quedaron allí. No por deseo, me repetía a mí misma con la madurez de mis dieciocho años recién cumplidos. No. Era pura observación artística. Estaba analizando la estructura ósea de su mandíbula. Por... por la ciencia.
Doce años. Llevaba doce años analizando esa mandíbula.

-¡¡Luna, si no bajas a ayudar con la ensalada, te juro que la que será asada serás TÚ!!

La voz de mi madre tronó desde la cocina, atravesando las paredes con la potencia de una señal satelital defectuosa.

-¡Ya voy, mamá! ¡Estaba... salvando el mundo con arte!

Grité de vuelta, aunque sabía que no me creía. Ella pensaba que mi arte era una fase; yo pensaba que su ensalada de repollo era un crimen contra la gastronomía.
Me eché un vistazo rápido en el espejo. Caos. Ese era mi estilo de hoy. Llevaba una camiseta gráfica desgastada, unos shorts de mezclilla que habían visto días mejores y mi moño desordenado de confianza. Sí. Definitivamente la imagen de una joven sofisticada e independiente que ya no estaba enamorada del mejor amigo de su hermano.
Bajé las escaleras a zancadas, esquivando al perro que corría en dirección opuesta con la sospechosa determinación de alguien que acaba de robarse un hot dog. Al salir al patio, el calor y el caos me golpearon en la cara.

-¡Allí está! ¡La artista en su hábitat natural!

Exclamó mi padre, saludándome con la espátula.
Evan se volvió, una ceja alzada.

-te tardaste más que el Wi-Fi en día de tormenta, ¿Qué estabas haciendo? ¿Pintando otro cuadro de...

Hizo una pausa dramática.

-...misteriosos ojos tristes y una nariz sospechosamente familiar?

Sentí que la sangre me subía a las mejillas. Evan era un idiota, pero a veces su idiotez rozaba la telepatía.

-¿Misteriosos ojos tristes?

Cameron se giró, su mirada intensa y... de repente, sentí que me faltaba el aire.

-¿De quién? ¿Tienes un nuevo modelo, Luna?
-sí, claro

Respondí con todo el sarcasmo que pude reunir, que por suerte era mucho.

-pinto a mi perro. Es el único que entiende la complejidad de mi genio

Traté de no mirar a Cameron a los ojos.

-hola, Cameron. Veo que sigues siendo el segundo hijo favorito de mi madre

Cameron sonrió, una de esas sonrisas que solían desintegrar mi cordura.

-hola, enana. Sí, alguien tiene que comerse los postres que Evan rechaza porque 'tienen demasiadas calorías para la eficiencia metabólica'
-¡Oye!

Protestó Evan.

-el equilibrio calórico es esencial para...
-...aburrir a todos en un radio de cinco kilómetros

Completé la frase, atrapando una lata de refresco que mi padre me lanzó.

-esa es mi chica

Dijo mi padre.

-oye, Cameron, ¿Leíste el artículo sobre la IA que puede predecir el mercado de valores con un 98% de precisión?
-no, no lo leí

Respondió Cameron.

-prefiero la precisión del 100% de que, si no te callas sobre finanzas, Luna va a derramar su refresco 'accidentalmente' sobre tu camisa favorita de administración de empresas

Evan y yo nos miramos. Bueno, no nos miramos de verdad. Yo miraba hacia donde estaba Evan pero trataba de no ver el reflejo del sol en su reloj.
La conversación familiar fluyó, rápida, caótica, llena de las pullas habituales que se dicen las personas que han compartido suero fisiológico y secretos vergonzosos. Por fuera, yo era la Luna de siempre: sarcástica, rápida con las respuestas, la "hermanita pequeña" que se metía con los chicos.
Pero por dentro, la barbacoa que había sido una rutina durante doce años, ya se sentía diferente. Cameron me había llamado "enana", como siempre. Se había reído con mi padre, como siempre. Había molestado a Evan, como siempre.
Pero cada vez que sus ojos se cruzaban con los míos, incluso si era solo por una fracción de segundo, había algo. Un eco. Una resonancia magnética que yo nunca había sentido antes. Y no era la única. Lo notaba en la forma en que su risa se sentía un poco forzada si yo no me unía. Lo notaba en la forma en que su cuerpo se tensaba cuando yo me sentaba a su lado en la banca.




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