Entrar a la cocina Winster pasadas las cuatro de la tarde era el equivalente a cruzar una frontera hostil sin pasaporte. Mi madre había abandonado el área tras la masacre del almuerzo, dejando un rastro de platos amontonados y una paz ficticia.
Aproveché la tranquilidad para prepararme un té helado y recuperar algo de la dignidad que había perdido en el jardín. Estaba apoyada contra la encimera, tarareando una canción y convenciéndome a mí misma de que lo del grifo había sido un simple espejismo producido por el calor, cuando la puerta trasera se abrió de golpe.
-se acabaron los hielos. Necesito la...
Cameron se frenó en seco en el marco de la puerta.
Se quedó paralizado al verme sola. Llevaba una bolsa de plástico vacía en la mano y la frente cubierta por una fina capa de sudor. Al percatarse de que no había rastro de Evan ni de mis padres en un radio de diez metros, su postura cambió por completo. Dio un paso hacia adentro y cerró la puerta a sus espaldas, amortiguando el ruido de la fiesta exterior.
El silencio que siguió fue denso, pesado y peligrosamente ruidoso.
-tu hermano está buscando el destapador de botellas
Dijo él, rompiendo la calma. Su voz sonó sospechosamente casual, pero no dio un solo paso hacia el congelador.
-está en el segundo cajón
Respondí, señalando con la barbilla sin moverme de mi sitio.
-junto a los utensilios que nunca usamos y las instrucciones de electrodomésticos de 2012
Cameron caminó despacio hasta la barra de la cocina. No fue a buscar el destapador. Se detuvo justo frente a mí, al otro lado de la barra de granito, apoyando ambas manos sobre la superficie limpia.
-¿Por qué me estás esquivando?
La pregunta cayó como una piedra en un estanque sereno. Pestañé, fingiendo una inocencia que ni yo misma me creía.
-¿Esquivarte? Por favor. Si quisiera esquivarte, me habría escondido en mi taller con llave. Solo estoy disfrutando de mi bebida en paz antes de que Evan decida darme una conferencia sobre el impacto ambiental de los popotes de plástico
Cameron inclinó la cabeza, acortando la distancia entre los dos sobre la barra. Su mirada bajó a mi cuello, luego a mis labios, y finalmente volvió a cruzarse con la mía. Tenía los ojos desorbitadamente oscuros.
-llevas toda la tarde mirándome como si fuera un fantasma... o un problema
Murmuró. La calidez de su aliento casi me rozó la cara.
-tal vez eres las dos cosas
Retruqué en un susurro, sintiendo que el corazón me martilleaba las costillas a una velocidad ridícula.
Cameron soltó una risita ahogada, una mezcla de frustración y diversión genuina. Se pasó la mano por el cuello, una clara señal de nerviosismo que jamás en la vida le había visto. El gran Cameron Louis, el chico seguro de sí mismo que siempre tenía el control, estaba sudando frío frente a la hermanita de su mejor amigo. Y, Dios me perdone, esa sensación me pareció exquisita.
-no te pongas filosófica conmigo, artista
Dijo, dando un rodeo a la barra.
Ahora no había ningún pedazo de granito que nos separara. Estaba a medio metro de mí. El aire en la cocina parecía haber aumentado diez grados de golpe. Mi cerebro gritaba peligro, pero mis pies estaban clavados al suelo.
-dime estoy imaginando cosas y me voy afuera ahora mismo
Pidió en voz muy baja, dando un paso más. Estiró la mano, dudando por un segundo, hasta que sus dedos rozaron apenas el dobladillo de la manga de mi vestido.
El roce de sus dedos en mi brazo envió una corriente eléctrica directo a mi vientre. Apreté el borde de la encimera tras de mí. Podía olerlo, podía sentir la tensión contenida en sus hombros, el deseo explícito de romper la única regla sagrada que había respetado durante años.
-¡Cameron! ¡Luna!
El grito de Evan resonó por el pasillo.
El impacto fue inmediato. Cameron saltó hacia atrás con la agilidad de un gato asustado, golpeando con la cadera la mesa de la cocina y haciendo volar un plato de galletas que mi madre había dejado enfriar. Yo me pegué de espaldas contra el refrigerador, agarrando el vaso de té helado como si fuera una granada a punto de explotar.
Evan entró a la cocina segundos después, sosteniendo una hielera roja sobre el hombro. Nos miró a los dos: a Cameron, que intentaba disimular el dolor del golpe en la cadera mientras miraba fijamente el techo, y a mí, que respiraba como si hubiera corrido un maratón. Luego miró el desastre de galletas en el piso.
-¿Pero qué demonios pasó aquí?
Preguntó Evan, frunciendo el ceño con sospecha.
Cameron se aclaró la garganta, con el rostro completamente rojo.
-una... una abeja
-¿Una abeja?
Repetí yo, mirando a Cameron como si le hubiera salido una segunda cabeza.
-sí
Improvisó él, alzando la voz un tono más alto de lo normal.
-una abeja enorme. Voló cerca de Luna y traté de... de salvar las galletas. Pero la abeja me atacó
Evan pestañó dos veces, procesando la historia más absurda que había escuchado en su vida.
-estamos en el interior de la casa, Cameron. Las ventanas están cerradas
-las abejas son muy astutas últimamente, Evan
Intervine rápidamente, dando un paso al frente para desviar la atención.
Evan nos observó a ambos en silencio durante tres segundos interminables. Por un momento pensé que lo había descubierto todo. Que el imperio de mentiras se venía abajo aquí mismo, entre galletas quemadas y excusas ridículas.
Finalmente, Evan suspiró y negó con la cabeza, mostrándonos una mirada cargada de profunda lástima.
-de verdad que la deshidratación les destruyó las neuronas a los dos
Dijo, dejando la hielera en el suelo.
-Cameron, recoge ese desastre antes de que mi mamá te obligue a pagárselo con trabajo comunitario
Evan dio la vuelta y salió hacia el patio, murmurando algo sobre la falta de lógica en la juventud actual. El problema de vivir en una ciudad donde todo el mundo se conoce es que "encontrarte por casualidad" con el mejor amigo de tu hermano deja de ser una coincidencia y se convierte en un deporte de alto riesgo.
Esa tarde de martes, la vida decidió ponerme a prueba en la cafetería del centro. Había quedado con Sofía y Valentina para hablar de proyectos universitarios, pero sobre todo para fingir que no pasaba las noches imaginando escenarios poco santos en la cocina de mi casa.
Estaba a mitad de una explicación detallada sobre mi nuevo lienzo cuando la campanilla de la puerta sonó. Levanté la vista por puro instinto y mi estómago dio un vuelco monumental.
Allí estaba Cameron. Y, para empeorar las cosas, venía con un par de chicos del equipo de fútbol.