Invitar a mis amigas fue una estrategia de supervivencia pura. Mis padres cumplían veintidós años de casados y habían decidido celebrarlo en un restaurante elegante fuera de la ciudad, dejándonos el campo libre. La ecuación era simple: Evan + Cameron + pizza equivalía a una noche donde la tensión entre Cameron y yo rompería el termómetro, ¿La solución? Sofía y Valentina. Un escudo humano de dos amigas chismosas pero efectivas para mantener la paz.
A las ocho de la noche, la sala era un caos perfectamente orquestado. La caja de pizza de pepperoni reinaba en la mesa de centro entre latas de refresco, patatas fritas y el ruido estruendoso de la consola.
-¡Es que no puedes doblar así en la última vuelta, es una falta de respeto a la física!
Gritaba Evan, tirándose hacia atrás en el sofá y lanzándole un cojín a Cameron.
-se llama estrategia, Winster. Acepta que tu vehículo parece un bote de basura con ruedas
Respondió Cameron, riéndose con esa soltura que dominaba tan bien. Llevaba las mangas de su camisa arremangadas hasta los codos, la corbata aflojada y el cabello ligeramente despeinado.
-a mí me parece que los dos manejan como ancianos con cataratas
Intervino Valentina desde el otro sillón, masticando una rebanada de pizza con absoluta compostura.
-Sofía las tres veces que agarró el control les sacó media pista de ventaja
-eso es porque Sofía no respeta las leyes del tránsito ni en la vida real
Atacó Evan, aunque sin poder ocultar una sonrisa torpe que delataba lo mucho que le divertía la presencia de mis amigas.
Las risas se multiplicaron, las bromas cruzadas volaban de un lado a otro de la sala y por un momento me convencí de que mi plan había funcionado. Yo estaba sentada en el suelo, apoyada contra las piernas de Sofía, riéndome de las tragedias al volante de mi hermano. Cada vez que alzaba la mirada, atrapaba a Cameron observándome. Era una pausa directa en medio de la conversación, un escaneo lento que me hacía arder las mejillas y me obligaba a refugiarme de inmediato en mi vaso de refresco.
El problema de las mentiras bien construidas es que siempre necesitan un respiro. Y el mío llegó cuando la combinación de refresco y risas me obligó a abandonar la seguridad del grupo.
-voy al baño. Si me roban el último pedazo de pizza de doble queso, habrá sangre
Advertí, poniéndome de pie y limpiándome las manos en el pantalón.
-tranquila, artista, yo te lo cuido
Dijo Cameron. Su voz sonó sospechosamente dulce, acompañada de una elevación de ceja que casi me hace tropezar con la alfombra.
Caminé por el corredor del segundo piso hacia el baño. La música y los gritos de la sala se volvieron un murmullo lejano en cuanto dejé atrás las escaleras. Me lavé las manos, me eché un poco de agua fría en el rostro para bajar el rubor y me miré al espejo. Todo bajo control. Solo es una cena. En un par de horas se van.
Al abrir la puerta para salir, el corazón se me salió del pecho.
Cameron estaba apoyado contra la pared del pasillo, justo al lado del marco de la puerta. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza inclinada, esperándome en la penumbra que dejaba la luz tenue de la escalera.
-casi me da un ataque al corazón, imbécil
Susurré, llevándome una mano al pecho mientras cerraba la puerta del baño tras mí.
-¿Qué haces aquí arriba? El baño de abajo está perfectamente funcional
El pasillo era estrecho. Demasiado estrecho. Cameron no tardó ni dos segundos en reducir la distancia, atrapándome entre su cuerpo y la pared. No me tocó, pero su cercanía era una presión física palpable.
-trajiste refuerzos
Dijo en un susurro suave, ladeando la cabeza.
-bastante cobarde de tu parte, Winster
-se llama optimizar la vida social, Louis
Retruqué, intentando mantener la voz firme a pesar de que las rodillas me temblaban.
-además, alguien tenía que evitar que Evan te aburriera hasta la muerte hablando de sus juegos
Cameron soltó una risita baja, una vibración que sentí casi en mis propios huesos. Levantó una mano y apoyó la palma en la pared, justo al lado de mi cabeza, acorralándome por completo.
-tus amigas no dejan de mirarnos
Comentó, inclinándose un poco más. Su aliento cálido me rozó la mejilla.
-si solo te vieran así conmigo, no demoran en decirle a Evan
Murmuré, clavando la mirada en su cuello, justo donde su pulso latía desbocado.
-quizás hasta les salgo de testigo
Soltó él, de forma inesperada.
Eso me hizo levantar la cabeza de golpe. Sus ojos estaban clavados en mis labios, fijos, hambrientos, con una intensidad que hizo que se me cortara la respiración por completo.
-¿Qué?
Pregunté en un hilo de voz.
-estoy harto, Luna
Susurró Cameron, acortando el espacio hasta que nuestras frentes casi se tocaron.
-llevo semanas intentando no mirar cómo te mueves, cómo te ríes, cómo me respondes cada maldita broma...
El silencio del pasillo se volvió atronador. El aire entre los dos era tan denso que se podía cortar con un bisturí. Mi mano, por puro instinto, subió hasta su pecho, sintiendo el ritmo acelerado de su corazón bajo la tela de la camisa. No lo empujé. Dios me perdone, me pegué más a él.
-Cameron...
Supliqué, sin saber si le estaba pidiendo que se detuviera o que me besara de una vez por todas.
Él bajó la cabeza un centímetro más, rozando apenas la comisura de mis labios con los suyos. El roce fue un latigazo eléctrico que me hizo cerrar los ojos. Bajar las escaleras después de casi besar al mejor amigo de tu hermano en la penumbra del pasillo requiere una cantidad sobrehumana de actuación. Respiré hondo, compuse mi mejor cara de "aquí no pasa nada" y regresé a la sala.
Cameron tardó exactamente dos minutos y medio en bajar. Apareció con tres platos desechables en la mano, la camisa sospechosamente bien abotonada y una expresión de serenidad tan ensayada que me dieron ganas de aplaudirle.